CAPITULOS I a XXIII

CAPITULO XXIV

De los bienes de que el Criador llenó también esta vida sujeta a la condenación

Pero consideremos ahora esta misma miseria del linaje humano (la cual redunda en alabanza de la justicia del Señor que la castiga) de cuán grande y cuán innumerables bienes la llenó la bondad de aquel mismo que gobierna con su prudencia divina todo lo que crió. Lo primero, aquella bendición que le echó antes de pecar, diciendo «creced, multiplicaos y llenad la tierra», no la quiso revocar después del pecado, y así quedó y perseveró en la generación y descendencia condenada al don de la fecundidad concedida; aquella admirable virtud de las semillas, o, por mejor decir, aquella más admirable con que se crían las misma semillas, impresa en los cuerpos humanos, y en cierto modo engastada y entretejida, no nos la quitó el vicio de pecado, el cual pudo imponernos la necesidad de morir, sino que lo uno y lo otro corre juntamente con este casi inagotable río del linaje humano; así el mal que heredamos de nuestro padre, como el bien de que el Criador nos hizo merced.
En el mal original hay dos cosas: el pecado y el castigo. En el bien original hay otras dos: la propagación y conformación. Pero en lo tocante a los males, que es de lo que al presente tratamos, el uno de los cuales nos provino de nuestro atrevimiento, esto es, el pecado, y el otro es justo juicio de Dios, esto es, el castigo, ya hemos dicho lo suficiente.
Ahora pretendo hablar de los bienes que Dios: hizo, y no deja de hacer todavía a la misma naturaleza, aún corrompida y condenada; porque cuando la condenó no la quitó todo lo que la había dado, pues de otra suerte totalmente dejara de ser y existir, ni la apartó de su jurisdicción y potestad, aun cuando la sujetó penalmente al demonio, puesto que ni aun al mismo demonio le eximió de la jurisdicción de su dominio, pues el que subsista la naturaleza del mismo demonio lo hace Aquel que tiene ser sumamente infinito y da ser a todo lo que en algún modo tiene ser.
De aquellos dos bienes que dijimos dimanaban como de una caudalosa fuente de su bondad inaccesible, y se comunicaban aún a la naturaleza corrompida con el pecado y condenada con el castigo, le dio la facultad de propagarse cuando la bendijo entre las primeras obras del mundo, de cuya creación descansó al séptimo día. Pero la conformación anda con aquella su obra con que todavía obra. Porque si privase a las cosas criadas de su potencia operativa, ni podrían pasar adelante ni con sus ciertos y tasados movimientos haría los tiempos, ni podrían permanecer en lo que fueron criadas.
Crió Dios al hombre de manera que puso en él fecundidad para propagar otros hombres, coengendrando asimismo en ellos, no la necesidad, sino la posibilidad de recrear; y aunque ésta se la quitó a los que quiso, y, por consiguiente, quedaron esterilizados, con todo, no despojó generalmente al linaje humano de aquella bendición de engendrar una vez concedida a los dos primeros casados. Esta propagación, aunque el pecado no se la quitó al hombre, tampoco es cual sería si ninguno hubiera pecado, pues el hombre, que se vio honrado y engrandecido, después que pecó «se hizo semejante a las bestias», y engendra como ellas, aunque no se extinguió del todo en él una como centella de razón con que fue criado a semejanza de Dios. Y si a esta propagación no se le aplicase la conformación, tampoco ella se multiplicaría en las formas y modos de su especie. Pues aun cuando no se hubiesen juntado los hombres para la generación, y, no obstante, quisiera Dios llenar la tierra de hombres, así como crió uno sin tener necesidad de la unión del hombre y de la mujer, así también pudiera criarlos a todos; y los que se juntan, si el Señor no crea, ellos no engendran.
Así como dice el Apóstol de la institución espiritual con que el hombre se forma en la piedad y justicia, que «ni el que planta es alguna cosa, ni el que riega, sino el que le da virtud para que crezca, que es Dios», así también puede decirse aquí: ni el que se junta con la mujer, ni el que siembra es alguna cosa; sino el que le da la forma y el ser que es Dios; ni la madre que trae la criatura en el vientre y le sustenta, es alguna cosa, sino el que le da incremento, que es Dios. Pues el Señor, con aquella operación «con que todavía obra» hace que las semillas desplieguen sus números y tomen su perfección, y de ciertos envoltorios secretos e invisibles se desenvuelvan en las formas visibles de tanta hermosura, como vemos; y él mismo, uniendo con admirable modo la naturaleza incorpórea con la corpórea, señora aquella y ésta sujeta, hace al animal. Y esta obra de sus manos es tan grande y tan estupenda, que no sólo al que la considerase en el hombre, que es animal racional y por eso el más excelente y aventajado de todos los animales de la tierra, sino en el más diminuto mosquito del mundo, le causará estupor y le hará dar mil alabanzas y bendiciones a su Criador.
Así que Él mismo concedió al alma del hombre entendimiento; en la cual la razón e inteligencia, en los niños, está en cierto modo adormecida, como si no la hubiera, para que la despierten y ejerciten cuando llegue la edad en que viene a ser capaz de las ciencias y doctrina y hábil e idónea para entender la verdad y aficionarse a le bueno, con cuya capacidad aprenda la sabiduría y alcance las virtudes, con que pelee prudente, fuerte, templada y justamente contra los errores y los demás vicios naturales, y a éstos los venza, no pretendiendo ni deseando otra felicidad que la posesión y visión intuitiva de aquel sumo e inmutable bien.
Lo cual, aunque no lo haga la misma capacidad que Dios crió de semejantes bienes en la naturaleza racional, con todo, ¿quién podrá decir como conviene, quién imaginar cuán grande sea el bien, y cuán admirable esta obra estupenda del Omnipotente? Porque además de las ciencias necesarias para vivir bien y llegar a conseguir la felicidad inmortal, a las cuales llamamos virtudes, y se conceden únicamente por la gracia de Dios, que está en Cristo a los hijos de promisión y del reino ¿acaso no son tantas y tan estimable las artes que ha inventado y ejercitado el ingenio humano, parte necesarias parte voluntarias, que la fuerza y natural tan excelente del espíritu y Ia rezón, aun en las cosas superfluas o por mejor decir, en las peligrosas perniciosas que apetece, declara y da testimonio de cuán grandes bienes tenga la naturaleza con que pudo inventa estas artes, aprenderlas y ejercerlas? A cuán maravillosas y estupendas obras haya llegado la industria humana el materia de vestidos y edificios: cuánto hayan aprovechado y adelantado en la agricultura, cuánto en la navegación, los proyectos que ha inventado y experimentado felizmente en la fábrica y construcción de todo género de vasos, en la hermosa variedad de las estatuas y pinturas; las cosas que ha maquinado para hacer y representar en los teatros, admirables a los que las vieron e increíbles a los que las oyeron; tantas y tan grandes cosas como ha hallado para cazar, matar y domar fieras y bestias agrestes; y contra los mismos hombres, tanta especie de venenos, armas y máquinas; y para conservar y reparar la salud de los mortales, cuántos medicamentos y auxilios ha descubierto; para el gusto y apetito del paladar, cuántas salsas y excitantes del gusto ha inventado; y para declarar y persuadir sus conceptos y pensamientos, cuán gran multitud y variedad de señales, en las cuales tienen el primer lugar las palabras y las letras; y para deleitar los ánimos, qué de expresiones donosas; graciosas y elocuentes; para suspender el oído, cuánta abundancia de diferentes poemas, qué de órganos e instrumentos músicos, qué de tonos y canciones ha inventado; qué admirables reglas de dimensiones y números, y con cuánta sagacidad ha comprendido los movimientos, orden y curso de los astros; cuán exacta noticia ha alcanzado acerca de las cosas más señaladas del mundo, ¿quién será bastante a referir todo esto, especialmente si quisiésemos no amontonarlo todo en un breve resumen, sino detenernos en cada asunto en particular? Finalmente, en defender los mismos errores y falsedades, ¿cuán sutil ingenio han manifestado los filósofos y herejes?
Hablamos ahora de la naturaleza del entendimiento humano con que se ilustra y adorna esta vida mortal, no de la fe y del camino de la verdad con que se adquiere aquella inmortal. Siendo el autor de esta tan esclarecida naturaleza Dios verdadero y sumo, administrando sabiamente Él mismo todo lo que crió y teniendo en todo suma potestad y suma justicia, sin duda que jamás el hombre cayera en estas miserias, ni de ellas (exceptuados sólo los que se han de salvar) viniera a dar en las penas eternas, si no hubiera precedido un pecado tan execrable y trascendente a la posteridad. Pues aun en el mismo cuerpo, aunque en ser mortal, le tengamos común con las bestias y sea más débil que muchas de ellas, ¿cuán grande hondad de Dios se descubre, cuán grande providencia campea del Sumo Criador? ¿Acaso los lugares propios de los sentidos, y los demás miembros, no están tan ordenados y bien organizados en él; la misma figura y la constitución de todo el cuerpo no está modificada de manera que muestra haberse hecho para el ministerio de un alma racional? Por que no como a los animales irracionales, que van inclinados a la tierra, crió Dios al hombre, sino que la forma del cuerpo, elevada al cielo, le está diciendo que atienda y procure las cosas celestiales. Pues la maravillosa agilidad de la lengua y de las manos, tan acomodada y conveniente para hablar y escribir y para poner en su punto y perfección las obras de tantas artes y misterios, ¿acaso no nos manifiesta claramente cuán excelente cuerpo vemos acomodado para el ministerio y servicio de un alma tan excelente? Aun omitidas las necesidades y utilidades de sus obras, es tan armoniosa la congruencia de todas sus partes y tienen entre sí tan bella y tan igual correspondencia, que no sabréis si en su fábrica fue mayor la consideración que se tuvo a la utilidad o a la hermosura. Porque verdaderamente no observamos en este cuerpo cosa criada para la utilidad que no tenga también su hermosura.
Y mucho más se nos descubrirá esto, y lo echaremos de ver, si conociéramos los números de las medidas con que toda esta fábrica está entre sí trabada y acomodada, los cuales, quizá, poniendo diligencia en las partes que se dejan ver por de fuera, los podría investigar y conocer la humana industria. Pero en las que están encubiertas y lejos de nuestra vida, como es la grande combinación de las venas, arterias, nervios y entrañas, nadie podrá hallarlos, Pues aunque la diligencia, alguna vez inhumana y cruel, de los médicos que llaman anatómicos ha hecho anatomía de los cuerpos muertos, o también de los que se les han ido muriendo entre las manos, andándolos cortando e inspeccionando menudamente, y en los cuerpos humanos, inhumanamente, han buscado todos los escondrijos y secretos para saber qué, cómo y en qué lugares habían de curar, con todo, los números de que voy hablando y de que consta la trabazón interior y exterior de todo el cuerpo, como de un órgano, que en griego se dice armonía, ¿para qué tengo de decir que nadie los ha podido hallar puesto que nadie se ha atrevido a buscarlos? Los cuales si se pudieran conocer aun en las mismas entrañas que no ostentan en canto alguno, tanto nos deleitara la hermosura de la razón, que a cual quiera forma aparente, visible y agra dable a los ojos se aventajara y antepusiera, a juicio y dictamen de la misma razón que se sirve de los ojos. Hay algunas cosas en el cuerpo que sólo sirven de ornato, sin tener uso ni utilidad alguna, como en el pecho del hombre los pezones, en el rostro las barbas, que no nos sirven de fortaleza, sino de ornato varonil, como nos lo demuestran las caras tersas y limpias de las mujeres, a las cuales, sin duda, como a más débiles, conviniera más el fortalecerlas. Luego si no hay miembro alguno, a lo menos en éstos que se ven (de que no hay duda), acomodado a algún oficio que no sirva también de algún adorno, y si hay algunas cosas que sólo sirven de ornato y no sirven para destino alguno, pienso que fácilmente se deja entender que en la fábrica del cuerpo prefirió el autor la hermosura a la necesidad. Porque, en efecto, la necesidad se ha de acabar, y llegará el tiempo en que gocemos uno de otro de sólo la hermosura, sin ningún género de malicia; la cual, particularmente, lo debemos referir a gloria del Criador, a quien decimos en el Salmo: «que se ha vestido de alabanza y hermosura».
Toda la demás belleza y utilidad de las cosas criadas de que la divina liberalidad ha hecho merced al hombre, aunque postrado y condenado a tantos trabajos y miserias, para que la goce y se aproveche de ella, ¿con qué palabras la referiremos? ¿Qué diré de la belleza, tan grande y tan varia, del cielo, de la tierra y del mar; de una abundancia tan grande y de la hermosura tan admirable de la misma luz en el sol, luna y estrellas; de la frescura y espesura de los bosques, de los colores y olores de las flores, de tanta diversidad y multitud de aves tan parleras y pintadas, de la variedad de especies y figuras de tantos y tan grandes animales, entre los cuales los que tienen menor grandeza y cuerpo nos causan mayor admiración? Porque más nos admiran las maravillas que hacen las hormigas y abejas que los disformes cuerpos de las ballenas. ¿Y qué diré del hermoso espectáculo del mar cuando se viste como de librea de diferentes colores variando su color de muchas maneras, ya de un verde rojo, ya de un verde azul? ¿Con cuánto deleite no le miramos cuando se embravece y nos causa en ello mayor suavidad siempre que le veamos sin exponernos al combate de las olas? ¿Qué diremos de la abundancia tan copiosa de manjares contra los asaltos del hambre? ¿Qué de la diversidad de los sabores contra el fastidio de la Naturaleza, comunicada del cielo, no buscada en el artificio e industria de los cocineros? ¿Qué de los auxilios y remedios de tanta diversidad de objetos para conservar y alcanzar la salud? ¿Cuán agradable no es la sucesión del día y de la noche y la suave templanza del blando y fresco viento? En las plantas y animales, ¿cuánta materia y abundancia para adornar y vestir nuestra desnudez? ¿Y quién será bastante a referirlo todo? Esto sólo, que brevemente he como aglomerado, si lo intentase extender y desenvolver, y ponderarlo y examinarlo circunstancialmente, ¿cuánto convendría detenerme en cada ser de por sí, donde se encierra tanta infinidad de virtudes? Y todo esto con suelo es, y alivio de gente miserable y condenada, no premio de los bienaventurados. ¿Qué tales serán aquellos bienes, si éstos son tantos, tales y tan grandes? ¿Qué dará a los que predestinó para la vida el que dio éstos aun a los que predestinó para la muerte? ¿Qué bienes hará que alcancen en aquella vida bienaventurada aquellos por quienes en esta miseria quiso que Su Unigénito padeciese tantos males e infortunios hasta la muerte? Así dice el Apóstol, hablando de los predestina dos para aquel reino: «El que no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar también con él todo cuanto hay? ¿Cuáles seremos? ¿Qué bienes recibiremos en aquel reino, pues muriendo Cristo por nosotros hemos recibido ya tal prenda? ¿Cuál será el espíritu del hombre cuando no tenga género de vicio a quien poder estar sujeto, ni a quien poder ceder, ni contra quien, aunque sea con honra y gloria suya, pueda luchar, estando en la perfección de una suma y tranquila virtud? ¿Cuán grande, cuán hermosa, cuán cierta ciencia tendrá allí de todas las cosas, sin error ni trabajo alguno, donde gustará y verá la sabiduría de Dios en su propio origen con suma felicidad y sin ninguna dificultad? ¿Qué tal será el cuerpo, que estando del todo sujeto al espíritu, y con él suficientemente vivificado, se verá sin tener necesidad de alimentos? Porque no será animal, sino espiritual, y aunque tendrá substancia de carne la tendrá sin ninguna corrupción carnal.

CAPITULO XXV
De la pertinacia de algunos en contra decir la resurrección de la carne, que, como queda dicho, la cree todo el mundo

Pero en lo tocante a los bienes, de que el espíritu gozará después de esta vida, dichoso y bienaventurado, no se diferencian de nosotros los filósofos celebrados, que nos contradicen y debaten el punto de la resurrección de la carne. Esto, en cuanto pueden, lo niegan; pero los infinitos que lo han creído dejan muy disminuido el número de los que lo niegan, y vemos que a Cristo, quien en su resurrección hizo demostración de lo que a estos insensatos les parece absurdo, se han con vertido con corazón fiel doctos y necios, sabios e ignorantes de este mundo. Por eso creyó el mundo lo que dijo Dios, el cual también dijo que este punto había de creerlo todo el orbe. No le compelieron a que lo dijese tanto tiempo antes, con tan singular gloria de los creyentes, los maleficios y hechicerías que dicen de San Pedro, pues Él es aquel Dios (como lo he dicho ya algunas veces, y no me arrepiento de repetirlo, puesto que lo confiesa Porfirio, y procura probarlo con los oráculos de sus dioses) a quien temen y de quien tienen horror los mismos demonios; a quien elogió dicho filosósofo de tal suerte que le llama no sólo Dios Padre, sino también Rey.
De ningún modo debemos entender  lo que Dios dijo de la manera que quieren aquellos que no han creído lo que anunció que había de creer el mundo. Y pregunto: ¿Por qué no creen como el mundo, y no como unos pocos bachilleres que no han querido creerlo, lo que dijo que había de creer el mundo? Porque si dicen que se debe creer de otra manera, asegurando que es vano lo que dice la Escritura, por no agraviar a aquel Dios a quien dan un tan singular testimonio, el agravio, sin duda, lo hacen aun mayor diciendo que debe entenderse de otra manera, y no como lo creyó el mundo, a quien él mismo alabó porque había de creer, y se lo prometió y cumplió.
Y ¿por qué, pregunto, no podrá hacer que resucite la carne y viva para siempre? ¿Acaso creemos que no permitirá esto porque es cosa mala e in digna de Dios? Pero de su omnipotencia, con que obra tantas y tan grandes maravillas increíbles, ya hemos insinuado muchas. Y si buscan alguna que no pueda practicar el Todopoderoso, hay una, yo lo diré, que no puede mentir. Creamos, pues, lo que puede, y no creamos lo que no puede. Creyendo que no puede mentir, crean que hará lo que prometió que 'había de hacer. y créanlo como lo creyó el mundo, de quien dijo que lo había de creer, a quien alabó porque lo había de creer, prometiendo que lo había de creer, y de quien efectivamente ha manifestado ya que lo ha creído.
Que esto sea cosa mala, ¿por dónde lo muestran? Porque allí no ha de haber corrupción, que es el mal del cuerpo Del orden de los elementos ya hemos disputado, y de las conjeturas de los hombres bastante hemos hablado. Cuánta facilidad ha de tener en el movimiento el cuerpo incorruptible, del temperamento de la buena disposición y salud de esta vida, la cual en ninguna manera debe compararse con aquella inmortalidad, bastantemente, a lo que entiendo, lo he tratado en el libro XIII; lean lo que queda dicho en esta obra los que no lo han leído, o no quieren acordarse de lo que leyeron.

CAPITULO XXVI

Cómo la sentencia de Porfirio: que a las almas bienaventuradas les conviene huir de todo lo que es cuerpo, queda destruida con la de Platón de que el Sumo Dios prometió a los dioses que jamás se despojarían de los cuerpos

Opina Porfirio (replican) que, a fin de que el alma sea bienaventurada, debe huir de todo lo que es cuerpo. Luego no aprovecha lo que insinuamos, que había de ser incorruptible el cuerpo si el alma no ha de ser bien aventurada si no es huyendo de todo lo que es cuerpo. Sobre este punto ya disputamos cuanto pareció necesario en el libro XIII; no obstante, diré aquí sólo una cosa.
Corrija sus libros Platón, maestro de todos estos espíritus ilusos, y diga que sus dioses, para que sean bienaventurados, habrán de huir de sus cuerpos, esto es, habrán de morir los que dijo que estaban dentro de los cuerpos celestiales; a quienes Dios, que los crió para que pudiesen estar seguros, les prometió la inmortalidad, esto es, que permanecerían eternamente en los mismos cuerpos, no porque tengan esta cualidad por su naturaleza, sino porque prevalecerá en esto la traza y disposición divina. Donde destruye asimismo aquello que dicen, que por ser imposible no debe creerse la resurrección de la carne. Pues con la mayor claridad conforme al mismo filósofo, donde el Dios increado prometió a los dioses que él crió la inmortalidad, dijo que había de hacer lo que es imposible. Pues de esta manera refiere Platón que habló: «Porque habéis nacido, no podéis ser inmortales e indisolubles; con todo, no seréis disolubles, ni os acabará hado alguno de la muerte, ni serán más poderosos los hados que mi orden y disposición establecida, la cual es un vínculo mayor y más poderoso para vuestra perpetuidad, que aquellos con que estáis ligados.» Si es que no sólo son absurdos, sino también sordos los que oyen este anuncio, sin duda que no pondrán duda en que, según Platón, aquel Dios prometió a los dioses que él hizo lo que era imposible, pues el que, dice: «Aunque vosotros no podéis ser inmortales», ¿qué otra cosa da a entender sino que lo que no puede ser, lo seréis haciéndolo yo? Resucitará, pues, la carne incorruptible, inmortal y espiritual, el que, según Platón, prometió que hada lo que era imposible. ¿Por qué lo que prometió Dios, y lo que, prometiéndolo Dios que lo había de creer, todavía claman que es imposible, pues nosotros clamamos que el que ha de obrar este portento es aquel Dios, que, aun, según Platón, hace cosas imposibles? Así, pues, para que las almas sean bien aventuradas, no es necesario huir de todo lo que es cuerpo, sino recibir y tomar aquel cuerpo incorruptible. ¿Y en qué cuerpo inmortal e incorruptible es más conveniente y conforme a razón que se alegren y gocen, que en el mismo mortal e incorruptible en que gimieron y padecieron? Porque de esta manera no habrá en ellos aquella cruel codicia que supone Virgilio siguiendo a Platón, cuando dice: «Y volverán otra vez a desear restituirse a los cuerpos.» En esta conformidad, digo, no tendrán deseo o codicia de volver a los cuerpos, puesto que. tendrán consigo los cuerpos donde desean regresar, y los tendrán de tal configuración, que nunca se hallarán sin ellos, nunca los dejarán por muerte, ni aun por un mínimo espacio de tiempo.

CAPITULO XXVII

De las definiciones contrarias de Platón y de Porfirio, en las cuales, si ambos cedieran, ninguno se apartará dela verdad

Platón y Porfirio, cada uno estableció su opinión, que si las pudieran comunicar entre sí, se hicieran acaso cristianos.
Platón dijo que las almas no podían estar eternamente sin los cuerpos; por eso sentó que las almas de los sabios, al cabo de algún tiempo, por largo que fuese, habían de volver a los cuerpos. Y Porfirio dijo que cuando el alma volviese purificada al Padre, nunca más regresaría a los males actuales del mundo.
Si lo verdadero que vio Platón se lo comunicara a Porfirio, que las almas, y aun las más purificadas, de los justos y sabios habían de restituirse a los cuerpos humanos; y. por otra parte, si lo verdadero que vio Porfirio se lo expusiera a Platón, que las almas san tas jamás habían de volver a las miserias del cuerpo corruptible, de forma que no dijera cada uno de por sí una de estas dos cosas sola, sino ambas y cada uno de ellos dijera las dos, presumo que advertirían que era ya consecuencia legítima el que volviesen las almas a los cuerpos, y que recibiesen y adquiriesen tales cuerpos, que en ellos viviesen bienaventurada e inmortalmente.
Porque, según Platón, hasta las al mas santas han de regresar a los cuerpos humanos, y según Porfirio, las almas santas no han de volver a pasar los males presentes del siglo. Diga, pues, Porfirio con Platón, que volverán a los cuerpos, y diga Platón con Porfirio que no volverán a los males, y concordarán así en que volverán a unos cuerpos en que no padezcan mal alguno. Estos no serán sino aquellos que prometió Dios, es decir, que las almas bienaventuradas habían de vivir eternamente con sus cuerpos eternos, cosa que, a lo que entiendo, los dos nos
concederían ya fácilmente, supuesto que confiesan que las almas de los santos han de volver a cuerpos inmortales, permitiéndoles volver a los mismos en que sufrieron los males de este siglo, y en que para librarse de estas penalidades, sirvieron a Dios piadosa y santamente.

CAPITULO XXVIII

Las opiniones de Platón, Labeón y Varrón, reunidas, confirman lo que creemos de la resurrección de la carne

Algunos de nuestros cristianos aficionados a Platón por cierta excelencia que tiene en el decir, y por algunas máximas ciertas que estableció, dicen que opinó también algo que frisa y corresponde con lo que nosotros opinamos acerca de la resurrección de los muertos. Así lo toca Tulio en los libros De Republica, dando a entender haberlo dicho Platón, más por vía de ficción y fábula que porque quisiese decir que era verdad. Porque supone que revivió un hombre, y refirió algunas particularidades que convenían con la doctrina de Platón. También Labeón refiere que en un mismo día acertaron a morir dos, a quienes después les mandaron volver a sus cuerpos, y encontrándose después en la encrucijada de una calle, pactaron mutuamente vivir en perpetua amistad, y que así se verificó, hasta que, pasado algún tiempo, volvieron a morir. Pero estos autores no refieren que acaeció la resurrección de éstos del mismo modo que fue la de aquéllos, que sabemos resucitaron y volvieron a esta vida, pero no para que nunca ya muriesen.
Un prodigio más admirable cuenta Varrón en los libros que escribió sobre el origen de las familias del pueblo romano, cuyas palabras tuve por conveniente insertar aquí: «Algunos astrólogos escriben, dice, que hay para renacer los hombres la que llaman los griegos Palingenesia o regeneración: ésta escriben que se hace en cuatrocientos y cuarenta años, para que el mismo cuerpo y la misma alma que una vez estuvieron juntos en un hombre vuelvan otra vez a incorporarse. »
Este Varrón, o aquellos no sé qué astrólogos, porque no declara los nombres de aquellos cuya opinión refiere, dijeron algo que. Aunque sea falso (porque en volviendo las almas una vez a los cuerpos que tuvieron, jamás las han de volver a dejar después), con todo, deshace y destruye muchos argumentos relativos a la imposibilidad de la resurrección, conque se irritan contra nos otros. Porque a los que opinan u opinaron esto, no les pareció imposible que los cuerpos muertos que se convirtieron o resolvieron en exhalaciones, en polvo, en ceniza, en agua, en los cuerpos de las bestias o fieras que los comieron, o de los mismos hombres, vuelvan nuevamente a lo que fueron. Por lo cual Platón y Porfirio, o, por mejor decir, cualquiera de sus adictos que todavía viven, si creen con nosotros que las almas santas han de volver a los cuerpos (como lo dice Platón), y que no han de volver a pasar males algunos (como lo dice Porfirio), de forma que de aquí se siga lo que predica la fe cristiana, que han de volver a cuerpos de tal calidad en que vivan bienaventuradamente para siempre, sin ningún mal, tomen también de Varrón que han de volver a sus mismas cuerpos en que estuvieron antes, y entre ellos quedará resuelta la cuestión de la resurrección de la carne para siempre.

CAPITULO XXIX

De la visión con que en el futuro siglo verán los santos a Dios

Veamos ya, auxiliados del divino Espíritu, qué es lo que harán los santos en los cuerpos inmortales y espirituales, al volver a su carne, no carnal, sino espiritualmente. Por lo respectivo a aquella acción, o, por mejor decir, quietud y descanso, qué tal ha de ser, si quiero decir la verdad, no lo sé, porque nunca lo he visto por los sentidos corporales. Y si dijese que lo he inspeccionado con el espíritu, esto es, con la inteligencia, ¿qué es nuestra comprensión, comparada con aquella excelencia? Reinará allí la paz de Dios, la cual, como dice el Apóstol, «supera todo entendimiento», ¿Cuál sino el nuestro, o quizá también el de los santos ángeles? Porque no hemos de decir: que sobrepuja igualmente al entendimiento de Dios. Luego si los santos han de vivir en paz de Dios, sin duda vivirán en aquella paz que excederá todo entendimiento. Que sobrepuje al nuestro no hay duda, y si supera también al de los ángeles, pues tampoco a éstos parece que los exceptúa el que dice «todo entendimiento, debemos entender que la paz de Dios la conoce Dios, pero no la podemos conocer nosotros, ni tampoco ángel alguno. Sobrepuja a todo entendimiento, es decir, exceptuando el suyo.
Mas porque también nosotros, según nuestra capacidad, cuando nos hiciere participantes de su paz hemos de tener en nosotros y entre nosotros y con él suma paz, según a lo que se extienda nuestro estado, también según su, capacidad la saben los santos ángeles. Pero los hombres ahora sin comparación mucho menos, por más excelentes que Sean en espíritu; porque debemos considerar cuán grande era el Apóstol, quien decía: «En parte y no del todo sabemos en la actualidad, y en parte profetizamos hasta que llegue lo que es perfecto»; y vemos ahora por espejo en enigma, pero entonces será cara a cara».
Gozan ya de esta vida los santos ángeles, los cuales se llaman asimismo nuestros ángeles, porque, libres del poder de las tinieblas y trasladados al reino de Cristo, habiendo recibido la prenda del espíritu, hemos comenzado ya a ser de la parte de aquellos ángeles en cuya compañía gozaremos de la misma santa y dulcísima ciudad, de la cual hemos escrito tantos libros. De la misma conformidad, pues, son ángeles nuestros los que son ángeles de Dios, corno Cristo de Dios es nuestro Cristo. Son de Dios, porque no dejaron a Dios; son nuestros, porque comenzaron a tenemos por sus ciudadanos, y así dijo nuestro Señor Jesucristo: «Mirad, no despreciéis a uno de estos pequeñuelos, porque os digo ciertamente que sus ángeles en los Cielos siempre están viéndola cara de mi Padre, que está en los Cielos. » Como la ven los espíritus angélicos, así también la veremos nosotros; pero no la vemos ahora asÍ. Porque eso dijo el Apóstol lo que antes indiqué: «Yernos al presente por espejo, en enigma, pero entonces veremos cara a cara;» Esta visión intuitiva se nos guarda por me dio de nuestra fe, de la cual, hablando el Apóstol San Juan, dice: «Cuando apareciere, seremos semejante a Él porque le veremos como es en sí.» Por la cara de Dios hemos de entender su manifestación, y no algún miembro como el que tenemos en nuestro cuerpo y le llamamos cara.
Así que cuando me preguntan qué han de hacer los santos en aquel cuerpo espiritual, no digo lo que veo, sino lo que creo, conforme a lo que leo en el real Profeta: «Creo, y conforme a esta creencia hablo. » Digo, pues, que han de ver a Dios en el mismo cuerpo: pero no es cuestión pequeña la de si le veremos por el cuerpo por él como vemos ahora al sol, luna y estrellas, el mar, la tierra y cuanto hay en su ámbito. Es cosa dura decir que los santos tendrán entonces tales cuerpos, que no puedan cerrar y abrir los ojos cuando quisieren; pero más duro es decir que quien cierra los ojos no verá a Dios. Porque si el Profeta Eliseo, estando ausente del cuerpo, vio a su criado Giezi cómo tomaba los dones que le presentaba Naamán Siro, a quien dicho Profeta había curado de la lepra, cosa que el perverso siervo, como no le veía su señor, pensaba que lo había ejecutado en secreto, ¿cuánto más los santos en aquel cuerpo espiritual verán todas las cosas, no sólo cerrados los ojos, sino también estando con los cuerpos ausentes? Porque estará entonces en su colmo y perfección aquello de que ha hablado el Apóstol, diciendo: «En parte, y no del todo, sabemos ahora, y en parte vaticinamos, pero cuando viniere lo que es perfecto, lo que es en parte se deshará.»
Después, para manifestarnos del modo que podía con alguna semejanza lo mucho que dista esta vida de la otra que esperamos, no sólo de cual quiera persona, sino de los que en la tierra florecieron con particular santidad, dice: «Cuando era pequeño, como pequeño sabía, como pequeño hablaba, como pequeño discurría; pero hecho ya hombre, dejé las cosas que eran de niño. Yernos ahora por espejo en enigma, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré, así como soy conocido.» Luego si en esta vida (donde la profecía de los hombres admirables debe compararse a aquella vida corno la de un niño respecto de la de un hombre), vio, sin embargo, Eliseo cómo tomaba su criado los dones en parte dónde él no estaba, ¿es posible que cuando venga lo que es perfecto, y cuando el cuerpo corruptible no agravará ya ni comprimirá el alma, sino que, siendo incorruptible, no estorbará aquellos santos han de tener necesidad de ojos corpóreos para ver lo que hubieren menester, de los que no tuvo necesidad Eliseo, estando ausente, para ver a su criado? Porque, según los setenta intérpretes, éstas son sus palabras que dijo el profeta a Giezi: «¿Acaso no iba mi espíritu contigo y vi que volvió aquel personaje de su carroza a encontrarte y recibiste el dinero, etc.?» O como las interpretó del hebreo el presbítero Jerónimo: «¿Acaso mi espíritu no estaba presente cuando volvió aquel personaje de su carroza a encontrarte?» Con su espíritu, pues, dijo el profeta que vio esto sin duda ayudado milagrosamente de Dios. Pero ¡con cuánta mayor abundancia gozarán entonces todos de este don cuando Dios «será todo en todos!» Y, sin embargo, conservarán también aquellos ojos corporales su ministerio, estarán en su propio lugar, y usará de ellos el espíritu por medio del cuerpo espiritual Porque tampoco aquel Profeta, no porque no tuvo necesidad de ellos para ver al ausente no usó de ellos para ver las cosas presentes, las cuales podía ver con el espíritu, aunque los cerrara, como vio las ausentes, adonde con ellos no estaba. Luego sería absurdo decir que aquellos somos en aquella vida no han de ver a Dios, cerrados los ojos, a quien siempre verán con el espíritu.
Pero la duda consiste en si le han de ver también con los ojos del cuerpo cuando los tenga abiertos, porque si han de poder tanto en el cuerpo espiritual los ojos espirituales cuanto pueden éstos que ahora tenemos, sin duda no podremos con ellos ver a Dios. Serán, pues, de muy diferente potencia, si por ellos hemos de ver aquella naturaleza incorpórea, que no ocupa lugar, sino que en todas partes está toda. Pues no porque decimos que Dios está en el cielo y en la tierra (pues él dice por el Profeta: «Yo lleno el cielo y la tierra»), hemos de decir que tiene una parte en el cielo y otra en la tierra, sino que todo está en el cielo y todo en la tierra, no alternativamente en diferentes tiempos, sino todo juntamente, lo cual no es posible a ninguna naturaleza corpórea. Aquellos ojos tendrán una virtud más poderosa, no para que vean más perspicazmente dejo que se dice que ven algunas serpientes o águilas (porque estos animales, por más fina vista que tengan, sólo pueden ver cuerpos), sino para que vean también las cosas incorpóreas. Quizá esta tan singular virtud de ver se la dio por tiempo en este cuerpo mortal a los ojos del santo varón Job, cuando dice a Dios: «Con el oído de la oreja te oía primero; pero ahora mis ojos te ven, por lo cual me tuve en poco a mí mismo, y me consumí y me tuve por tierra y ceniza.» Aunque no hay obstáculo para entender aquí los ojos del corazón, de los cuales dijo el Apóstol: «que os alumbre los ojos de vuestro corazón». Que con ellos veremos a Dios cuando le hubiéremos de ver, no hay cristiano que lo dude si fielmente entiende lo que dice nuestro Divino Maestro: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. »
Pero la cuestión de que ahora tratamos es si también con los ojos corporales vernos a Dios. Lo que dice la Escritura: «que toda carne verá al Salvador de Dios», sin género de dificultad se puede entender así, como si dijera: y todo hombre verá al Cristo de Dios; el cual, sin duda se dejó ver en cuerpo, y en cuerpo le veremos cuando viniere a juzgar los vivos y los muertos. Hay otros muchos testimonios de la Escritura que comprueban que él sea el Salvador de Dios; pero los que con más evidencia lo declaran, son las palabras de aquel venerable anciano Simeón, que habiendo recibido en sus manos al Niño Cristo, dijo: «Ahora despides, Señor, a vuestro siervo en paz, ya que han visto mis ojos a vuestro Salvador. » Y también lo que dice Job, como se halla en los ejemplares que están traducidos del hebreo: «y en mi carne veré a Dios», es, sin duda, profecía de la resurrección de la carne; con todo, no dijo por mi carne. Lo cual si dijera se pudiera entender Dios Cristo, a quien se verá por la carne en la carne; mas puede también entenderse: «en mi carne veré a Dios», como si dijera, en mi carne estaré cuando veré a Dios. Lo que dice el Apóstol: «cara a cara», no nos excita a creer que hemos de ver a Dios por esta cara corporal donde están los ojos corporales, a quien sin intermisión veremos con el espíritu. Porque si no hubiera. cara interior del hombre, no dijera el mismo Apóstol: «Pero nosotros, habiéndose quitado el velo de la cara, representando como espejos la gloria del Señor, nos transformamos en una misma imagen con Él, creciendo de gloria en gloria, como a la presencia y comunicación del Espíritu del Señor». Ni de otra manera se entienda lo que dice el real Profeta: «Allegaos a Él, y seréis alumbrados, y no se confundirán vuestras caras de vergüenza», porque con la fe nos allegamos a Dios, la cual está claro que es del espíritu y no del cuerpo. Mas porque no sabemos cuán grande será el acrecentamiento y mejora del cuerpo espiritual, porque hablamos de cosa de que no tenemos experiencia, cuando la Sagrada Escritura no nos muestra claramente sino como por señas nos apunta algunas particularidades que no se puedan entender de otra manera es fuerza que nos suceda lo que leemos en el libro de la Sabiduría: «que los discursos de los mortales son tímidos e in ciertas nuestras providencias o invenciones».
Porque si el argumento de los filósofos por el cual pretenden que las cosas inteligibles de tal conformidad se ven con los ojos del entendimiento y con el sentido del cuerpo las sensibles, esto es, las corporales, que el entendimiento no puede ver ni las inteligibles por el cuerpo, ni las corporales por sí mismo; si pudiera, digo, ser argumento cierto, sin duda sería también cierto que de ningún modo se pudiera ver a Dios por los ojos del cuerpo, aun espiritual. Pero de este argumento se burla la razón y la autoridad profética, porque ¿quién hay tan encontrado con la verdad que se atreva a decir que Dios no sabe o no conoce estas cosas corporales? ¿Tiene acaso cuerpo por cuyos ojos las pueda aprender? Y lo que poco ha decíamos del Profeta Eliseo, ¿no nos muestra bastante que se pueden ver las cosas corporales, no sólo por el cuerpo, sino también por el espíritu? Pues cuando aquel siervo tomó los dones, sin duda los tomó corporalmente, y, sin embargo, el Profeta lo vio, no por el cuerpo, sino por el espíritu. Así como consta que se ven los cuerpos con el espíritu, ¿quién sabe si será tan grande la potencia del cuerpo espiritual, que con el cuerpo veamos también el espíritu? Porque espíritu es Dios. Además, cada uno conoce y tiene noticia de la vida con que ahora vive en el cuerpo, y con que vegeta estos miembros terrenos y los hace que vivan, lo conoce, digo, con el sentido interior y no por los ojos corpóreos, y las vidas de los otros, siendo invisibles, las ve por el cuerpo, porque ¿cómo diferenciamos los cuerpos vivientes de los no vivientes, si no vemos los cuerpos juntamente y las vidas, las cuales no podemos ver sino por el cuerpo? Pero las vidas sin los cuerpos no las vemos con los ojos corpóreos.
Por lo cual puede ser y es muy creíble, que de tal manera veamos entonces los cuerpos del cielo nueva y de la tierra nueva, como veremos a Dios en todas partes presente y gobernando todas las cosas, aun las corporales, con los cuerpos que tendremos: y lo que viéremos por dondequiera que extendiésemos la vista, lo veremos con clarísima perspicacia, no como en ahora, «que las cosas invisibles de Dios las vemos como un espejo en enigma y en parte», conociéndolas por las cosas criadas; valiéndonos más la fe con que creemos que las especies de las cosas
corporales que vemos por los ojos corporales. Así como vemos a los hombres entre los cuales vivimos y ejercitamos nuestros movimientos vitales; y, viéndolos, no creemos que viven, sino que los vemos, sin que podamos ver su vida sin los cuerpos, y la vemos por los cuerpos, sin que haya en ello duda alguna, así, por dondequiera que lleváremos aquellos espirituales ojos de nuestros cuerpos, veremos también por los cuerpos a Dios incorpóreo, que lo rige y gobierna todo.
Si veremos, pues, a Dios con ojos que tengan algo semejante al entendimiento, con el cual se vea también la naturaleza incorpórea, cosa es muy difícil o imposible de mostrarlo con testimonio de la Sagrada Escritura. Más fácil de entender es que de tal manera nos será Dios notorio y visible, que se vea con el espíritu, y lo vea uno en los demás, y lo vea en sí mismo; se vea en el cielo nuevo y en la tierra nueva, y en todas las criaturas que entonces hubiere; se vea también por los cuerpos en todo cuerpo, dondequiera que dirijamos la vista de los ojos del cuerpo espiritual. También veremos patentes los pensamientos unas de otros. Porque entonces se cumplirá lo que el Apóstol indica después de aquellas palabras: «No queráis antes de tiempo juzgar y condenar a ninguno»; y luego añade: «hasta que venga el Señor y alumbre los secretos de las tinieblas, manifieste los pensamientos del corazón, y entonces tendrá cada uno su alabanza de Dios».

CAPITULO XXX

De la eterna felicidad y bienaventuranza de la Ciudad de Dios, y del sábado y descanso perpetuo

¿Cuán grande será aquella bienaventuranza donde no habrá mal alguno, ni faltará bien alguno, y nos ocuparemos en alabar a Dios, el cual llenará perfectamente el vacía de todas las cosas en todos? Porque no sé en qué otra ocupación se empleen, donde no estarán ociosos por vicio de la pereza, ni trabajarán por escasez o necesidad. Esto misma me lo insinúa también aquella sagrada canción donde leo u oigo: «Los bienaventurados, Señor, que habitan en tu casa. para siempre te estarán alabando.»
Todos los miembros y partes interiores del cuerpo incorruptible que ahora vemos repartidas para varios usos y ejercicios necesarios (porque entonces cesará la necesidad y habrá una plena, cierta, segura y eterna fe licidad) se ocuparán y mejorarán en las alabanzas de Dios. Porque todos aquellos números de la armonía corporal de que ya he hablado, que al presente están encubiertos y secretos, no lo estarán, y estando dispuestos por todas las partes del cuerpo, por dentro y por fuera, con las demás cosas que allí habrá grandes y admirables, inflamarán con la suavidad de la hermosura y belleza racional los ánimos racionales en alabanza de tan grande artífice. Qué tal será el movimiento que tendrán allí estos cuerpos, no me atrevo a definirlo, por no poder imaginario. Con todo, el movimiento y la quietud, como la misma hermosura, será decente cualquiera que fuere, pues no ha de haber allí cosa que no sea decente. Sin duda que donde quisiere el espíritu, allí luego estará el cuerpo, y no querrá el espíritu cosa que no pueda ser decente al espíritu y al cuerpo.
Habrá allí verdadera gloria, no siendo ninguno alabado por error o lisonja del que le alabare. Habrá verdadera honra. que a ningún digno se negará, ni a ninguno se le dará; pero ninguno que sea indigno la pretenderá por ambición, porque no se permitirá que haya alguno que no sea digno. Allí habrá verdadera paz, porque ninguno padecerá adversidad, ni de sí propio ni de mano de otro. El premio de la virtud será el mismo Dios que nos dio ]a virtud, pues a los que la tuvieren les prometió a sí mismo, porque no puede haber cosa ni mejor ni mayor. Porque ¿qué otra cosa es lo que dijo por el Profeta: «yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo», sino yo seré su satisfacción. yo seré todo lo que ]os hombres honestamente pueden desear. vida y salud, sustento y riqueza. gloria y honra. paz y todo cuanto bien se c.onoce? De esta manera se entiende también lo que dice el Apóstol: «que Dios nos será todas las cosas en todo». El será el fin de nuestros deseos. pues le veremos sin fin, le amaremos sin fastidio y le elogiaremos sin cansancio. Este oficio. este afecto. este acto, será. sin duda. como la misma vida eterna. común a todos.
Por lo tocante a los grados de los premios que ha de haber de honra y gloria, según los méritos, ¿quién será bastante a imaginarlo, cuanto más a decirlo? Pero es indudable que los ha de haber, y verá también en sí aquella ciudad bienaventurada, aquel gran bien que ningún inferior tendrá envidia a ningún superior, así como ahora los ángeles no tienen emulación de los arcángeles. No apetecerá cada uno ser lo que no le dieron viviendo unido con aquel a quien se lo dieron con un vínculo apacible de concordia; como en el cuerpo no querría ser ojo el miembro que es dedo, hallándose uno y otro con suma paz en la unión y constitución de todo el cuerpo. De tal suerte tendrá uno un don menos que otro, como tendrá el de no desear ni querer más.
No dejarán de tener libre albedrío porque no puedan deleitarse con los pecados. Pues más libre estará de la complacencia de pecar el que se hubiere libertado hasta llegar a conseguir el deleite indeclinable de no pecar. Pues el primer libre albedrío que dio Dios al hombre cuando al principio le crió recto, pudo no pecar, pero pudo también pecar; mas este ultimo será tanto más poderoso cuanto que no podrá pecar. Este privilegio será igualmente por beneficio de Dios, no por la posibilidad de su naturaleza. Porque una cosa es ser uno Dios, otra participar de Dios. Dios, por su naturaleza, no puede pecar; pero el que participa de Dios, de Dios le viene el no poder pecar. Fue conforme a razón que se observasen estos grados en la divina gracia, dándonos el primer libre albedrío con que pudiese no pecar el hombre, y el último con que no pudiese pecar, a fin de que el primero fuese para adquirir mérito y el segundo para recibir el premio. Mas porque pecó esta naturaleza cuando pudo pecar, con más abundante gracia la pone Dios en libertad hasta llegar a aquella libertad en que no puede pecar. Porque así como la primera inmortalidad que perdió Adán pecando fue el no poder morir, y la última será no poder morir, así el primer albedrío fue el poder no pecar, y el último no poder pecar. Así será inadmisible y eterno el amor y voluntad de la piedad y equidad, como lo será el de la felicidad. Pues, en efecto, pecando no pudimos conservar la piedad ni la felicidad; pero la voluntad y amor de la felicidad, ni aun perdida la misma felicidad la perdimos. Por cuanto el mismo Dios no puede pecar, ¿habremos de negar que tenga libre albedrío?
Tendrá aquella ciudad una voluntad libre, una en todos y en cada uno inseparable, libre ya de todo mal y llena de todo bien, gozando eternamente de la suavidad de los goces eternos, olvidada de las culpas, olvidada de las penas, y no por eso olvidada de su libertad, por no ser ingrata a su libertador.
En cuanto toca a la ciencia racional, se acordará también de sus males pasados; pero en cuanto al sentido y experiencia, no habrá memoria de ellos; como un médico perito en su facultad sabe y conoce casi todas las enfermedades del cuerpo según se han descubierto y se tiene noticia de ellas por esta ciencia, pero no sabe cómo se sienten en el cuerpo muchísimas que él no ha padecido. Así como se pueden conocer los males de dos maneras, una con las potencias del alma y otra con los sentidos de los que los experimentan; porque, en efecto, de una manera se saben y se tiene noticia de todos los vicios por la doctrina de la sabiduría, y de otra por la mala vida del ignorante; así también hay dos especies de olvido de los males, porque de un modo los olvida el erudito y docto, y de otro el que los ha experimentado y padecido, el primero olvidándose de la pericia y ciencia, y el otro dejando de sufrirlos. Según este género de olvido que puse en último lugar, no se acordarán los santos de los males pasados, porque carecerán de todos los males, de forma que totalmente desaparezcan de sus sentidos.
Con aquella potencia de ciencia, que la habrá muy singular en ellos, no sólo no se les encubrieran sus males pasados, pero ni aun la eterna miseria de los condenados. Porque, de otra suerte, si no han de saber que fueron miserables, ¿cómo, conforme a la expresión del real Profeta, «han de celebrar eternamente las misericordias del Señor, puesto que aquella ciudad, en efecto, no tendrá objeto de más suavidad y contento que el celebrar esta alabanza y gloria de la gracia de Cristo, por cuya sangre hemos sido redimidos»?
Allí se cumplirá: «descansad y mirad que yo soy Dios», que dice el Salmo, lo cual será allí verdaderamente un grande descanso y un sábado que jamás tenga noche. Este nos lo significó el Señor en las obras que hizo al principio del mundo, donde dice la Escritura: «Descansó Dios al séptimo día de todas las obras que hizo, y bendijo Dios al día séptimo y le santificó, porque en él descansó de todas las obras que comenzó Dios a hacer.» También nosotros mismos vendremos a ser el día séptimo, cuando estuviéremos llenos de su bendición y santificación.
Allí, estando tranquilos, quietos y descansados, veremos que Él es Dios, que es lo que quisimos y pretendimos ser nosotros cuando caímos de su gracia, dando oídos y crédito al engañador que nos dijo: «seréis como dioses", y apartándonos del verdadero Dios, por cuya voluntad y gracia fuéramos dioses por participación, y no por rebelión. Porque ¿qué hicimos sin Él, sino deshacemos, enojándole? Por Él, creados y restaurados con mayor gracia, permaneceremos descansando para siempre, viendo cómo Él es Dios, de quien estaremos llenos cuando Él será todas las cosas en todos. Aun nuestras mismas obras buenas, que son antes suyas que nuestras, entonces se nos imputarán para que podamos conseguir este sábado y descanso, porque si nos las atribuyéramos a nosotros, fueran serviles, puesto que dice Dios del sábado: «que no practiquemos en él obra alguna servil». Y por eso dice también por el Profeta Ezequiel: «Les di mis sábados en señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy el Señor que los santificó». Esto lo sabremos perfectamente cuando estemos descansando y perfectamente veamos que Él es Dios.
El mismo número de las edades, como el de los días, si lo quisiéramos computar conforme a aquellos períodos o divisiones de tiempo que parece se hallan expresados en la Sagrada Escritura, más evidentemente nos descubrirá este Sabatismo o descanso; porque se halla el séptimo, de manera que la primera edad, casi al tenor del primer día, venga a ser, desde Adán hasta el Diluvio, la segunda desde éste hasta Abraham, no por la igualdad del tiempo, sino por el número de las generaciones, porque se halla que tienen cada una diez. De aquí, como lo expresa el evangelista San Mateo, siguen tres edades hasta la venida de Jesucristo, las cuales cada una contiene catorce generaciones: una desde Abraham hasta David, otra desde éste hasta la cautividad de Babilonia, y la tercera desde aquí hasta el nacimiento de Cristo en carne. Son, pues, en todas cinco, número determinado de generaciones, por lo que dice la Escritura: «que no nos toca saber los tiempos que el Padre puso en su potestad». Después de ésta, Cómo en séptimo día, descansará Dios, cuando al mismo séptimo día, que seremos nosotros, le hará Dios descansar en sí mismo. Si quisiéramos discutir ahora particularmente de cada una de estas edades, sería asunto largo. Con todo, esta séptima será nuestro sábado, cuyo fin y término no será la noche, sino el día del domingo del Señor, como el octavo eterno que está consagrado a la resurrección de Cristo, significándonos el descanso eterno, no sólo del alma, sino también del cuerpo. Allí descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. Ved aquí lo que haremos al fin sin fin; porque ¿cuál es nuestro fin sino llegar a la posesión del reino que no tiene fin?
Me parece que, auxiliado de la divina gracia, ya he cumplido la deuda de esta grande obra; a los que se les hiciere poco, o a los que también mucho, les pido que me perdonen, y a los que pareciere bastante, no a mí, sino a Dios conmigo, agradecidos, darán las gracias. Amén.

La Ciudad de Dios
por San Agustín

Libro Vigésimosegundo
El Cielo, Fin De La Ciudad De Dios
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