CAPITULO NUEVE

LOS PROFETAS

La segunda división del canon del Antiguo Testamento se llama los profetas, no primordialmente debido a que el contenido de los libros sea profético, sino porque los autores poseían el oficio profético. La primera parte de esta sección lleva el título de los profetas anteriores, y comprende a Josué, Jueces, I y 2 Samuel, y 1 y 2 Reyes. En el arreglo hebreo, I y 2 Samuel y 1 y 2 Reyes son considerados como un solo libro cada uno.
Los cuatro profetas anteriores son anónimos. Sus escritos son una historia interpretativa de los tratos de Dios con la nación teocrática desde su entrada a la tierra de Canaan hasta la disolución de la teocracia en el exilio. Esta historia sirve para complementar y para aportar los antecedentes necesarios para la comprensión adecuada de los profetas posteriores. Sin esta historia interpretativa, mucho de lo que se encuentra en los profetas posteriores permanecería incomprensible.
Sin embargo, no solamente tenemos aquí un complemento a los libros proféticos posteriores, sino también poseemos una parte necesaria que complementa La historia contenida en el pentateuco. Esta historia de Israel se interpreta aquí de acuerdo con la ley básica de Israel. Se ha dado ya el gran fundamento constitucional de la nación, y ahora se hace necesario presentar la historia de esta nación a la luz de su constitución. De ahí la importancia de los profetas anteriores.
A la segunda división de los profetas se le conoce como los profetas posteriores o escritores. La palabra “posterior” evidentemente no se refiere a la cronología histórica, sino más bien al hecho de que esta sección está precedida por los profetas anteriores. A estos Profetas también se les menciona como los Profetas Escritores, debido a que ellos también son autores de eminentes producciones literarias que comprenden el contenido de esta sección. Estas profecías fueron escritas (Is. 8:1 y siguientes: 30:8; Hab. 2:2 y siguientes) para conservarlas en forma permanente (cf. también Jer. 30:2; 36:1 y siguientes). Tal vez pasajes como Jer. 36:4; Isa. 8:16; etc., nos iluminen algo acerca del método que se empleó para escribirlas. En algunos casos, el profeta bajo la inspiración protectora del Espíritu de Dios, pudo haber escrito grandes secciones de su mensaje poco tiempo después de haberlas pronunciado oralmente. Por otra parte, pudo ser que algunas de las profecías nunca se pronunciaron oralmente, sino que más bien fueron producciones literarias.
La escuela de la “Historia de Tradición” presenta objeciones a este punto de vista. Esta escuela, siguiendo la obra precursora de Hermann Gunkel, afirma que la forma original del mensaje profético es la palabra hablada. Gunkel piensa que los profetas no fueron escritores, sino oradores. Si al leer las profecías pensamos en papel y tinta, estaremos equivocándonos desde el principio. Además la declaración de cada profeta era corta e inconexa. Es nuestra tarea el desenvolver los pliegos de la tradición, tanto oral como escrita, hasta que lleguemos a la declaración independiente y original que fue pronunciada por el profeta con entusiasmo extático.
De acuerdo con esta escuela se reunió alrededor de cada uno de los grandes profetas un grupo de discípulos que fueron quienes transmitieron los poemas y oráculos del profeta. Al principio, esto se llevó a cabo en forma oral, pero más tarde estas porciones se sometieron a la escritura. Es importante observar el concepto de “personalidad corporal” que de acuerdo con esta escuela existió entre el profeta y su discípulo, considerándoseles como personas que mantenían una relación como el cuerpo y la cabeza. Por tanto hay diferencias de opinión entre los eruditos que defienden estos puntos de vista, acerca de la posibilidad de recuperar las palabras textuales de los profetas. Engnell dice que no, mientras que Bentzen dice que es difícil, pero no imposible, y Mowinckel dice que si.
En opinión del autor de esta Introducción, debemos rechazar el método de la escuela “Historia de Tradición”. Básicamente es sólo una forma de escepticismo, siendo a la vez intensamente subjetivo. En realidad niega y destruye la bella unidad y armonía que aparece en los libros proféticos. (Si se desea una introducción a la oposición de esta escuela también llamada de critica-forma, Gattungsforschung, investigación de tipos, etc.-véase Sigmund Mowinckel: Prophecy and Tradition: The Prophetic Books in the Light of the Study of the Growth and History of the Tradition, 1946, y mi crítica de este libro en WThJ, Vol. XI, págs. 80-85. La declaración de Gunkel, acerca de esta opinión, cómo se aplica a los libros proféticos, apareció en SAT, II, 2, 1923, págs. IX-LXX. He discutido la aplicación de Schmidt de este método a Is. 7:10-16 en SI, págs. 73-81).
Los libros de los profetas posteriores son Isaías, Jeremías, Ezequiel, y los doce profetas menores. Los judíos los consideraban como un solo libro. Este es el orden general en los manuscritos hebreos, y también en la Septuaginta. En Baba Bathra, 14b, sin embargo, encontramos la siguiente declaración: “Nuestros rabinos enseñaron: El orden de los profetas es, Josué y Jueces, Samuel y Reyes, Jeremías y Ezequiel, Isaías y los Doce”.
Pero este arreglo está basado en razones teológicas. En el mismo Baba Bathra, aparece una explicación: “Pero sin duda Isaías es anterior a Jeremías y Ezequiel; a Isaías se le debe colocar al frente. Contestación: El libro de Reyes termina con desolaciones, y en todo Jeremías se habla de desolaciones, y por lo que toca a Ezequiel, comienza con desolaciones y concluye con desolaciones, y en Isaías se habla de consolaciones. Colocamos juntas a desolaciones con desolaciones, y consolaciones con consolaciones”. En algunos manuscritos alemanes y franceses se ha conservado este orden. Pero no existe razón alguna para salirse del orden “masorético” tradicional: Isaías, Jeremías, Ezequiel, los Doce.
Una Introducción
al
Antiguo Testamento

por
Edward J. Young

Profesor de Antiguo Testamento en el
Seminario Teológico Westminster
Filadelfia, Pennsylvania, EE.UU.

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