CAPITULO UNO

ESTUDIO DE LA INTRODUCCIÓN
BÍBLICA

¿Qué es Introducción Bíblica?

La palabra "introducción" se deriva del Latín introducere (guiar, introducir) y denota la acción de traer o guiar. También implica la iniciación en el conocimiento de una materia y se refiere particularmente al material que abre el camino para el estudio de alguna materia física.
En su sentido más amplio, el término "Introducción Bíblica" se refiere a todos aquellos estudios y disciplinas que son preliminares al estudio del contenido de la Biblia. Sin embargo, se ha llegado a usar este término en un sentido mucho más restringido. Se le puede considerar como una palabra técnica y como tal se obtuvo de Alemania donde en tiempos relativamente recientes se comenzó a usar como una designación de ciertos estudios preparatorios y preliminares a la interpretación de la Biblia.1 Es precisamente en este sentido que se utiliza la palabra en este libro. La Introducción Bíblica es entonces, aquella ciencia o disciplina que es preliminar al estudioe interpretación del contenido de la Biblia. Algunas veces se le designa con el nombre de "Isagoge".
La introducción como disciplina pertenece al departamento del estudio teológico que podemos designar como Bibliológico, ya que tiene que ver directamente con las Sagradas Escrituras.2 Además está dividida en dos partes, General y Especial. La Introducción General tiene que ver con los tópicos que se relacionan con toda la Biblia, como por ejemplo el canon y el texto. La Introducción Especial, por otra parte, trata de materias que se refieren a partes separadas o libros individuales de la Biblia por lo que, trata tales asuntos como unidad, autografía, fecha, autenticidad y carácter literario. Con la excepción de algunas observaciones iniciales, la presente obra se limitará al asunto de la Introducción Especial.

HISTORIA DEL ESTUDIO DE LA
INTRODUCCIÓN AL ANTIGUO TESTAMENTO

I. El periodo de la iglesia primitiva

Los padres de la iglesia primitiva no se preocuparon con asuntos tales como una Introducción científica. Sus mentes se ocuparon más que nada en la exposición del contenido de las Escrituras y en formular la doctrina. Sin embargo a veces, se vieron obligados a volver su atención para considerar la Introducción. Cuando, por ejemplo, Porfirio atacó el libro de Daniel y declaró que era falsificado, Jerónimo estaba listo con una respuesta, pero esta respuesta fue escrita sencillamente en relación con su propio comentario y no como una Introducción formal al Libro de Daniel.
El primer intento de una Introducción lo encontramos probablemente en los escritos de Agustín, "De doctrina cristiana". Esta obra contiene valiosa información sobre el asunto de interpretación y Agustín mismo habla de ello como "praecepta tractandarum scripturarum". En los primeros dos libros, Agustín presenta y desarrolla las características de la correcta interpretación de la Biblia. De considerable interés e importancia es su refutación de los Donatistas y sus falsos puntos de vista sobre determinada materia, como por ejemplo, la innecesaria importancia que daban a la Septuaginta. Entre estos Donatistas había un Ticonio Afer quien poco antes había escrito una obra presentando siete reglas que creía eran necesarias para comprender las Escrituras. La refutación de Agustín a estos principios erróneos es muy valiosa.
Jerónimo, al oponerse a Rufino, habló acerca de ciertos principios de interpretación. Su obra, titulada Libellus de óptimo interpretandi genere, es sin embargo, muy inferior a la de Agustín.
El primer uso conocido del término "Introducción" aparece en Eisagoge eis tas theias graphas (Introducción a las Santas Escrituras) escrito por un tal Adrián de quien se sabe poco. Adrián discute primero las características del idioma de las Escrituras, tales como antropomorfismos y antropopatismos, expresiones peculiares, metáforas, etc., y después considera la estructura de las Escrituras. Hace una distinción entre la forma histórica y la profética y clasifica ésta en palabras, visiones y acciones simbólicas. Por último presenta ciertas observaciones sobre interpretación.
En el siglo VI el obispo africano Junilio escribió dos libros, De partibus legis divinae, en el cual trató de clasificar el idioma de las Escrituras e inculcar su comprensión más metódica.
De particular interés fue la obra de Magno Aurelio Casiodoro (murió aproximadamente en 562 de nuestra era) quien escribió dos libros, De institutione divinarum scripturarum, en los cuales mencionó ideas para la comprensión de la Biblia y dio intrucciones para copiar manuscritos. Especialmente en los capítulos 12-15, discute el canon y el estudio del texto; de otra manera su obra es más o menos una Introducción a la teología.
Podemos mencionar dos obras más, el Prolegómeno de Isidoro Hispaleno y sus declaraciones preliminares "de libris canonicis et non canonicis" las cuales se encuentran en la Postilla Perpetua de Nicolás de Lyra (murió en 1340).
Todas las obras arriba mencionadas fueron escritas bajo la influencia de y en común acuerdo con la tradición dominante de la Iglesia. Por esta razón tienen un carácter más o menos teológico. Posiblemente a la obra de Junilio se le puede considerar como una excepción, porque contiene algunos pensamientos de naturaleza independiente y estos se deben a la influencia de cierto sacerdote de la escuela de Nisibis, llamado Pablo. No debemos pensar, sin embargo, que estas primeras obras no fueron eruditas. Sin duda lo fueron, pero la razón por la que no trataron las preguntas y problemas que encontramos hoy día en Introducciones al Antiguo Testamento es que estos problemas en su gran mayoría no habían surgido aún. (Véase en pp. 113-117 una investigación de la crítica primitiva de la Biblia).

II. La reforma y los años subsecuentes

El fin del periodo medieval presenció cambios de gran trascendencia aun en el estudio de la Introducción Bíblica. En 1536 el Isagoge ad sacras litteras de Santes Paginus había aparecido en Lyon, Francia y era una obra de carácter bastante medieval. Muy diferente, sin embargo, fue la Biblioteca Divina (Biblioteca sacra) de Francisco Sixto de Sierra que fue publicada en 1566, la cual a través de publicaciones continuas, siguió ejerciendo una vasta influencia. En este libro se hace un esfuerzo por presentar una historia de la literatura bíblica y poner particular énfasis sobre la historia de la interpretación.
Una fase del texto hebreo que hasta ese tiempo había sido ignorado casi totalmente, se presentó prominentemente al aparecer en 1642 Arcanum punctationnis revelatum, de Ludwig Cappellus. Este autor mostró que los puntos de las vocales en el texto no eran originales, sino de un origen posterior. En esta opinión estuvo respaldado por J. Morinus, mientras que el punto de vista opuesto lo defendieron los dos Buxtorfs, padre e hijo.
En 1627 Rivetus, el erudito protestante, publicó una Introducción a toda la Biblia. Su punto de vista sobre inspiración era tan elevado que consideraba carente de todo significado cualquier discusión de los asuntos de la Introducción Especial. Otro que mantenía también un elevado punto de vista sobre la inspiración de las Escrituras, fue el Superintendente General Luterano de Friesland de Oriente, Michael Walther, quien parece haber sido el primero en establecer una distinción clara entre la Introducción General y la Especial. Por tanto a su obra (Officina bíblica noviter adaperta, 1636) se le puede considerar como la primera Introducción en el sentido moderno de la palabra.
El profesor de teología en Zurich, J. H. Hottinger, publicó en 1649 su Thesaurus Philologicus seu Clavis en el cual dijo mucho acerca de los manuscritos de la Biblia, cada uno de los libros, comentarios y versiones. Hottinger estaba bien familiarizado con la literatura Arábica y Rabínica, y conservó innumerables extractos de esas fuentes, dadas en las palabras de los autores originales. De aquí que su Thesaurus sea de gran valor, aún en el día de hoy.
En las décadas subsecuentes, un antiguo estudiante de Buxtorf, creyente en la fe reformada y profesor de hebreo en Utrecht, llamado Juan Leusden, publicó dos importantes libros. El primero de estos (Philologus Hebraeus, 1657) trata acerca del canon y el texto del Antiguo Testamento, y el segundo (Philologus Hebraeomixtus, 1663) discute en su mayor parte varias traducciones.
De particular importancia fue la aparición en el año 1657 de la lamosa Biblia Políglota editada por el Obispo de Chester, Brian Walton. Tan valiosos fueron los prolegómenos de Walton, que Heidegger los publicó separadamente (1673). Discuten con gran cuidado el texto y los manuscritos del Antiguo Testamento, y sirven como un excelente manual a la Introducción General.
Debemos de hacer mención asimismo de Agusto Pfeiffer, quien editó la bien conocida Crítica Sacra (1680), una verdadera mina de información sobre el texto y las traducciones de la Biblia, así como Juan Heinrich Heidegger, quien en 1681 editó su Enchiridion Biblicum.
Del breve estudio anterior habrá quedado en claro que la Reforma sacó a luz la importancia de estudiar el texto hebreo original. Esta fue una enorme ventaja. Los grandes reformadores Lutero y Calvino estudiaron hebreo y sin duda hicieron mucho por estimular su estudio. De aquí que las obras sobre Introducción que provienen de este período y poco tiempo después, revelan un profundo interés en el importantísimo asunto del texto. En la opinión de este escritor, algunas de estas obras revelan también un profundo conocimiento de los problemas relacionados con tal estudio. Como Haevernick dijera: "Algunas porciones de Introducción General, tales como la historia del Texto, fueron cultivadas por estos teólogos del siglo XVII con los más felices resultados" (Intro. ET, pág. 10). En la providencia de Dios, la Reforma fue la causa de un verdadero progreso en el estudio de la Introducción al Antiguo Testamento.

III. El nacimiento de la crítica moderna

Después de la Reforma aparecieron puntos de vista filosóficos que eran en si mismos, hostiles al sobrenaturalismo del Cristianismo revelado. Algunos de éstos se expresaron en el Leviathan de Tomás Hobbes (1651), el deísta inglés. Hobbes en sus obras, atacó algunas de las tradiciones del origen y de la fecha de ciertos libros del Antiguo Testamento. Basado también sobre ciertos principios antisobrenaturalistas parecidos, estaba el Tractatus Theologico-Politicus de Benedicto Spinoza (1670).
A estas obras siguió la extensa Histoire Critique de Vieux Testament de Ricardo Simón (1678), un sacerdote católico romano. Simón nació en Dieppe en 1638, y por algún tiempo fue profesor de filosofía en Juilly.
En su primera sección de su Historia Crítica, Simón discute la edad de varios libros, en especial los del Pentateuco. Afirma que el Pentateuco, en su forma actual, no puede ser la obra de Moisés, y considera los libros históricos como extractos de los anales públicos. 
Las últimas dos secciones o libros, como Simón las llama, contienen mucha información valiosa, y sus declaraciones sobre los expositores de su tiempo son de importancia. Simón es algunas veces injusto hacia los escritores protestantes, aunque también critica la Vulgata.
Bossuet, obispo de Condum, condenó esta obra, y por tanto fue destruida. Sin embargo, se volvió a imprimir, considerándose que la mejor edición fue la que Simón mismo supervisó (bajo el disfraz de teólogo protestante) y publicó en Roterdam en 1685.
Era de esperarse que la obra de Simón levantara oposición. Algunas de sus declaraciones acerca del texto de las Escrituras eran, sin ninguna exageración, muy indiscretas. Por ejemplo, afirmó que la religión cristiana podía haberse mantenido por medio de la tradición sin ningunas Escrituras, y que no tenía ninguna importancia si el texto de las Escrituras hubiera sido preservado inadecuadamente o no, ya que se podía recurrir a éste solamente cuando estaba de acuerdo con la doctrina eclesiástica.
Entre las contestaciones dadas a Simón había una de Ezequiel Spanheim, quien expresó dudas sobre la autenticidad de los puntos de vista de Simón sobre los libros históricos. De particular importancia, sin embargo, fue la obra de Juan Clericus (Le Clerc), Sentiments de quelques Théologiens de Hollande sur l'Histoire Critique du V. T. par R. Simón (1685), en la cual su autor, un profesor arminiano de Amsterdam, atacaba a Simón por tratar a los escritores protestantes injustificadamente. Le Clerc, sin embargo, daba una fecha para el Pentateuco y los libros históricos, posterior aun a la dada por Simón. Simón contestó con vehemencia y pasión.
El camino quedaba ahora abierto para la introducción de dudas acerca de la integridad de las escrituras del Antiguo Testamento. Hobbes y Spinoza claramente escribieron bajo la influencia de la filosofía no cristiana y Simón, aunque era católico romano, sin embargo escribió desde el punto de vista que aun los católicos consideran que es hostil a su propia opinión.
Quedaba aún vida y vigor en la iglesia protestante, sin embargo, y en su divina voluntad el Señor levantó a un fuerte soldado de la Fe. Se llamaba Juan Gottiob Carpzov, profesor de hebreo en Leipzig quien publicó dos obras extraordinarias: Introductio ad Libros Canónicos (1714-21) y Crítica Sacra (1724). Los escritos de Carpzov son apologéticos y sirven para descubrir las opiniones de Spinoza, Le Clerc, Simón y otros. Pero también contienen una profunda comprensión de la naturaleza de la Introducción, y Haeveruick se ha referido a ellos acertadamente como "una obra maestra de la ciencia protestante", (op. cit. pág. 12).
La obra de Simón rindió fruto en los escritos de J. S. Semler, profesor de teología en Halle (muerto en 1791), quien desarrolló los principios presentados por Simón con un espíritu definitivamente i locativo. Parece haber estado de acuerdo con el deseo de considerar a la mente humana como una ley en si misma. Pero aun ruando minó puntos de vista conocidos, no tuvo nada positivo que ofrecer en su lugar. Se puede aliticar su obra como de tendencia destructora.
Una rebelión parcial a esta posición apareció en la obra del poeta Juan Gottfried Herder (quien murió en 1803). Herder poseía cierto gusto por la belleza literaria del Antiguo Testamento, y esto trató de comunicarlo en sus escritos. El, sin embargo, estaba muy alejado del verdadero espíritu religioso de las Escrituras. Sus ideas las propagó Juan Gottfried Eichhorn, quien preparó una Introducción al Antiguo Testamento (1780-83). En lo general, Eichhorn mantenía los mismos puntos de vista tradicionales, aunque influyó en él la ola creciente de la crítica. Trató de llamar la atención a la belleza literaria del Antiguo Testamento, pero no manifestó un auténtico entendimiento de su carácter sobrenatural. Por tanto, la obra de Bichhorn contribuyó a que se considerara a las Escrituras, más y más, como únicamente la literatura nacional de los hebreos, y se descuidó aun más el estudio de las Sagradas Escrituras con tal carácter.
Algo parecida fue la labor de J. D. Michaelis (1787). Sin embargo, no terminó su obra—consideró solamente la introducción al Pentateuco y a Job. Los comentarios que Haevernick hace son definitivos (op. cit. pág. 14): "Por lo que toca a profundidad y erudición, J. D. Michaelis fue el único hombre que se podía enfrentar a Eichhorn en este campo; pero fue inferior a este último en gusto y cultura y le faltaba un sentido vivo, y penetrante de las verdades interiores de las Escrituras.

IV. El siglo diecinueve

Para poder apreciar correctamente la actitud hacia la ciencia de la Introducción al Antiguo Testamento que apareció en el siglo XIX es necesario entender algo del espíritu de aquella época y los movimientos filosóficos que entonces existían. El siglo XVII había presenciado el levantamiento de una exaltación de la razón
humana.3 Durante la reforma, surgió una rebelión contra la autoridad arrogante de la Iglesia Católica Romana, y ahora los hombres se rebelaban también contra la autoridad de la misma Biblia. A esta edad se le conoció como la edad de la Cultura. Immanuel Kant habló de esa fase de la Cultura que se conoce con el nombre de Neologia, como el éxodo del hombre de su propia minoría estorbosa.4
El término "Cultura", sin embargo, cuando se juzga desde el punto de vista cristiano, es absolutamente erróneo. Si el hombre es criatura de Dios, se deduce que puede ser libre y culto sólo cuando actúa de acuerdo con la revelación que Dios le ha dado. El rechazar la revelación externa y considerar la mente humana como una ley a si misma no es hacerse culto, sino caer en la más enorme de las decepciones. Ya que el hombre ha sido creado por Dios, no puede vivir sin Dios. El enaltecer la razón humana, como si fuera el arbitro final de todas las cosas, es en realidad substituir la criatura por el Creador.
El siglo XIX sufrió grandemente debido a la aridez de la filosofía y teologia del siglo XVIII. De allí que muchas Introducciones de este siglo se escribieron bajo la suposición que el Antiguo Testamento era sólo un libro humano y debía ser tratado como otros libros humanos. Ya que tenemos la intención de hablar muy detalladamente del desarrollo de la crítica del Pentateuco durante el siglo XIX, por ahora no haremos otra cosa que llamar la atención a algunos de los más sobresalientes escritores de Introduciones de este periodo.
(1) Wilheim Martín Lebrecht de Wette (1780-1849) acometió un ataque vigoroso contra los puntos de vista tradicionales acerca de los autores de los libros del Antiguo Testamento. Escribió su obra desde un punto de vista racionalista, y en cierto sentido fue negativo en sus conclusiones.
(2) Heinrich Ewaid (quien murió en 1875), rechazó, como de Wette, puntos de vista tradicionales. Sus escritos sin embargo, tuvieron un carácter positivo y procuró suplir otro juicio. Ewald se puede decir que fundó una escuela, la cual también está representada hasta cierto punto en las obras de Ferdinand Hitzig.
(3) Ernesto Wilheim Hengstenberg, H. Ch. Haevernick, y C. F. Keil protestaron contra los tratamientos "críticos" del Antiguo Testamento. Estos hombres eran eruditos fieles que escribieron con un gran respeto por la integridad y seguridad de la Biblia. Sus escritos han tenido una gran influencia, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos.
(4) Federico Bleek (1793-1859), un antiguo alumno de de Wette, Neander, y Schieiermacher, escribió una Introducción meditativa. Su obra apareció en 1875, y se tradujo al inglés la segunda edición que fue publicada en 1869 (An Introduction to the Oíd Testament, 1869, traducida por G. H. Venables). Contiene mucho material útil
que sirve para corregir la critica extrema. Sin embargo, aun esta excelente obra no es completamente satisfactoria, porque se deja llevar demasiado por la crítica negativa.
(5) K. H. Graf al principio dio expresión clara en la llamada escuela moderna. Esta escuela sin embargo, recibió un gran ímpetu e influencia a través de los trabajos de Julio Wellhausen y Abraham Kuenen. De allí que se llama comúnmente la escuela de Graf-Kuenen-WeIlhausen. En inglés estuvo representada por las conferencias de Guillermo Robertson Smith, The Oíd Testament in the Jewish Church (1881). Esta escuela de pensamiento propone un desarrollo evolucionista en la vida religiosa de Israel. Concuerda muy bien con el punto de vista liberal del Nuevo Testamento y la escuela teológica de Ritschiian; descansa también en la posición filosófica de Hegel. Se mantiene en una antitesis muy definitiva contra la religión cristiana histórica.
(6) Samuel Rolles Driver (1891) escribió una de las más grandes obras sobre Introducción. En su mayor parte, este libro sigue los principios de la escuela de Graf-Kuenen-WeIlhausen, pero está caracterizada por una sobriedad y una limitación singulares. A veces intenta seguir un curso intermedio y por eso es que ha ejercido una vasta influencia.
(7) La escuela crítica moderna encontró oponentes aun entre aquellos que rechazaban el punto de vista tradicional cristiano del Antiguo Testamento. Tales como Eduardo Reihm (Einleitung in das Alte Testament, 1889) y en cierto sentido F. E. Koening (Einleitung in das Alte Testament, 1893) y W. W. Baudissin (Einleitung in die Bücher des Alten Testaments, 1901).

V. Las sombras amenazantes de la noche

Es difícil definir el estudio de la Introducción durante el siglo XX. Una reacción contra ciertos principios del Wellhausenismo clásico, ha aparecido en los escritos de Hermán Gunkel (1862-1932) y Hugo Gressmann (1877-1927). A estos dos eruditos probablemente siempre se les considerará como los dos principales exponentes de la escuela de crítica de causa. Gressmann y Gunkel han asestado en realidad un golpe severo contra ciertos principios de la escuela crítica moderna, por medio de un esfuerzo para descubrir la situación en la vida que demandaba declaraciones individuales y por medio de una comparación de la mitología antigua. Su influencia se ha extendido bastante y su posición ha recibido una expresión clásica en Die Schriften del Alten Testaments (1911).
También de importancia ha sido la traducción en inglés (1907) de la obra de Carlos Cornill llamada Introduction (la cual primero apareció en 1891). A Cornill se le puede considerar como un representante de la escuela de Wellhausen. El mismo punto de vista ha sido expresado en la obra de Harían Creelman (An Introduction to the Old Testament Chronologically Arranged, 1917). También se debe mencionar a Julio A. Bewer (The Literature ofthe Old Testament, 1912), quien también proclama el Wellhausenismo clásico.
El año de 1934 presenció la aparición de tres Introducciones, dos de las cuales fueron muy parecidas en su naturaleza. Otto Eissfeldt (Einleitung in das Alte Testament) trata de clasificar la literatura del Antiguo Testamento dividiéndola en varias categorías (Gattungen), y se esfuerza por establecer el desarrollo (la prehistoria literaria) de los varios libros. La obra de Eissfeldt manifiesta grandemente la influencia de Wellhausen, y también la de la escuela de Gunkel-Gressmann. Parece que no poseyó una concepción adecuada sobre la revelación, sino más bien considera la literatura del Antiguo Testamento como de origen humano únicamente.
Algo parecido a esto es el libro de W. O. E. Oesterley y Teodoro H. Robinson (An Introduction to theBooks of the Old Testament). La característica más sobresaliente de esta obra es la atención que dedica a la estructura métrica en el Antiguo Testamento. Trata sin embargo, de explicar las Escrituras sólo como literatura humana, y esencialmente se adhiere al punto de vista de la escuela crítica dominante.
Completamente distinto es el libro de Wilheim Moeller (Einleitung in das Alte Testament). Moeller cree en la integridad de las Escrituras, y presenta argumentos convincentes en defensa de su opinión. Su obra, aunque algo breve, sin embargo es de mucho valor.
Pero la más grande Introducción aparecida en el idioma inglés durante el presente siglo, es de R. H. Pfeiffer (Introduction to the Old Testament, 1941). Este libro de Pfeiffer se caracteriza por su minuciosidad y cuidadosa erudición. Y todavía más, exhibe una sencillez que resulta sumamente agradable. Por ejemplo, a un escritor que está dispuesto a afirmar que tres de los escritos de más influencia en el Antiguo Testamento eran técnicamente fraudulentos (pág. 745) vale la pena que se le oiga. Sin embargo, el libro es básicamente anticristiano; y sin duda sirve como una apologética para el punto de vista antiteista.5 Así por ejemplo, Pfeiffer escribe: “Esta teoría tradicional, el aceptar el libro (Daniel) al pie de la letra, necesariamente presupone la realidad de lo sobrenatural y el origen divino de las revelaciones que contiene. Milagros (como los descritos en Daniel) están fuera del campo de los eventos históricos. . . La investigación histórica puede tratar solamente hechos autenticados que se hallan dentro de la esfera de las posibilidades naturales y necesita abstenerse de defender la verdad de eventos sobrenaturales. Lo que toca a la historia del libro de Daniel, es un artículo de fe, no una verdad científica objetiva. . . . En un estudio histórico de la Biblia, a las convicciones basadas en la fe se les debe juzgar sin pertinencia, como pertenecientes al conocimiento subjetivo más que al objetivo” (pág. 755).
La sinceridad del autor al hablar tan claramente resulta admirable. La posición misma sin embargo, es básicamente anticristiana. A la vez sería probablemente correcto decir que sobre este punto de vista se basa todo estudio del Antiguo Testamento en nuestros días.
La Introducción danesa de Aage Bentzen (1941) fue traducida al inglés primeramente en 1948, y la segunda edición apareció en 1952. Esta magnífica obra ha puesto a nuestro alcance un estudio crítico histórico en inglés que dedica mucha atención a la investigación de las supuestas formas de la literatura del Antiguo Testamento. 6
Se le da gran importancia al valor de la tradición oral, la cual supuestamente fundamenta a los libros del Antiguo Testamento en la Introducción de Iván Engnell, el principal representante de la llamada escuela de Uppsala (Ganila Testamentet, en traditions-historik iniedning, 1, 1945). Esta obra aún no ha sido traducida al inglés. (Véase en página 147 una discusión de este punto de vista).
En el año de 1945, se publicó en idioma finlandés, una Introducción escrita por A. F. Puukko (Vanhan Testamentin johdantooppi). Presenta un estudio crítico-literario del Antiguo Testamento. Se publicó en 1949 una segunda edición revisada de la obra de Arturo Weiser llamada Einleitung. Esta obra, la cual expresa el punto de vista básico de Weiser, es un estudio de la tradición oral y de la literatura escrita, e incluye una discusión de la literatura apócrifa y seudoepigráfica.
En 1950 H. II. Rowley editó un volumen compacto llamado The Growth of the Old Testament en el cual se le da al escritor una declaración clara de la crítica literaria de los libros del Antiguo Testamento. En ese mismo año, apareció la octava edición de la obra Einleitung de Sellin; distinguiéndose particularmente por su tratamiento de los tipos literarios.
Una voz potente en defensa del origen sobrenatural y la absoluta integridad del Antiguo Testamento se dejó escuchar en 1952 con la aparición de una obra sumamente completa, Oud Testamentische Kanoniek, por G. Ch. Aalders. Este libro es por completo conservador, pero sí manifiesta algunas tendencias, especialmente al discutir el Pentateuco y Daniel, las cuales, en opinión de este autor, tratan de modificar su básica posición conservadora.
De particular interés y valor es la obra A Critical Introduction to the Old Testament (1959), de O. W. Anderson. En este libro, el lector encontrará una discusión de las más recientes fases de la erudición del Antiguo Testamento. Lo mismo sucede en el caso de A Light to the Nations de Norman K. Oottwald (1959). Este último libro, es una historia interpretativa de Israel y de los escritos del Antiguo Testamento, con presentación de los puntos de vista de la crítica negativa.
En los círculos católico romanos, se han publicado varias Introducciones de distintas calidades. A Companion lo Scripture Studies (Vol. II, 1942) por J. E. Steinmüller, está escrito desde un punto de vista conservador y perfectamente consciente del significado del Antiguo Testamento como una revelación divina especial. De naturaleza distinta es la Introducción Specialis in Vetus Testamentum por H. Höpfl (ed. rey. 1946). En algunos casos esta obra rechaza el punto de vista conservador sobre los autores de los libros bíblicos. De España salió una obra bastante popular por A. Ulecia, Introducción General a la Sagrada Biblia (1950). Una Introducción fuertemente conservadora es la de B. Mariana, Introductio in libros sacros Veteris Testamenti (1958). Con raras excepciones, Mariani defiende la paternidad literaria de Moisés sobre el Pentateuco.
Entre los escritores de la Iglesia Ortodoxa Oriental (Rumana), podemos mencionar la Introducción escrita en Rumano por y. Prelipcean, N. Neaga, y G. Barna (1955). Esta es una obra absolutamente conservadora y erudita.
Dos obras de la iglesia protestante representan el estudio conservador del Antiguo Testamento: An Introductory Guide to the Old Testament (1951) por Merrill Unger, la cual es de naturaleza popular y Einleitung (ed. rev. 1959) de Möller, escrita en alemán, la cual es una excelente declaración de la posición conservadora.

Como debemos considerar el Antiguo Testamento

El breve estudio que acabamos de hacer, especialmente con respecto a los siglos XIX y XX, debe dejar en claro que se han hecho estudios de la Introducción desde distintos puntos de vista.
Ha habido quienes que han propuesto un punto de vista demasiado inferior de las Escrituras. Las han considerado sólo una literatura nacional de los hebreos, una producción literaria puramente humana a la altura de otras producciones literarias de antaño. Esta posición no es satisfactoria, porque es un error básico. Considera a la Biblia sólo como un libro de origen humano, mientras que, en realidad, la Biblia es básicamente un libro de origen divino.
Hay aquellos que en su estudio de la Introducción, desean limitarse al elemento humano en la Biblia. Aparentemente creen que es posible descuidar por completo el asunto de la inspiración y divinidad de la Biblia, y limitar su consideración a lo que se podría llamar un ‘‘método empírico científico’’. Permitasenos decir categóricamente, que esto no se puede hacer a satisfacción, y que aquellos que adoptan tal método, se encuentran en acuerdo esencial con los que malamente afirman que la Biblia es un producto humano y nada más.
Por una parte, tal limitación no es científica. Un verdadero método científico de investigación toma en cuenta todos los hechos, y no se limitará de antemano a la sola consideración de aquellos que pueden ser comprendidos a través de los sentidos. ¿Por qué habremos de considerar como solamente legítimos aquellos hechos que se descubren por los sentidos?
Un verdadero método científico de estudio no se limitará en tal forma. En cualquier estudio provechoso de Introducción será necesario considerar todos los hechos, tanto el hecho de Dios y su revelación, como los llamados hechos empíricos. El no considerar todos los hechos es errar desde el principio.
También hay aquellos que aparentemente piensan que es posible acercarse a la Biblia con una actitud neutral. Su posición parece ser: “Estudiemos la Biblia como se estudia cualquier otro libro. Sujetémosla a las mismas pruebas a que sujetamos otros escritos. Si comprueba ser la Palabra de Dios, bien y bueno; pero si no, aceptemos la realidad”. Especialmente, esta posición no resulta distinta a las otras dos. La llamada actitud neutral hacia la Biblia, no es verdaderamente neutral, porque principia rechazando los elevados principios de divinidad que la Biblia hace, y asume que la mente humana puede actuar como juez de la revelación divina. Esto viene a ser, de hecho, colocar la mente del hombre como juez definitivo y punto de referencia en lugar de Dios mismo.
El punto de vista que se adopta en esta presente obra es que, el Antiguo Testamento es la Palabra del Dios de Verdad. También es obra de hombres. “. . . santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo” (II Pedro 1:21b). En su inescrutable sabiduría Dios escogió y preparó para la tarea de escribir a aquellos agentes a quienes El deseó revelar su voluntad. Después, en forma misteriosa, su Espíritu les inspiró de tal manera que cuando escribieron, aunque en un sentido estaban escribiendo ellos, era sin embargo precisamente lo que el Espíritu de Dios deseaba. A la Biblia por tanto, en un sentido se la puede considerar como un libro humano. Básicamente sin embargo, es divino, y Dios mismo es el autor.
¿Cómo podemos saber que la Biblia es la Palabra de Dios? Hay, por supuesto, muchas razones para creerlo. La Biblia misma testifica de su divinidad tan claramente que no hay excusa para el incrédulo. También lleva sobre si las marcas de esta divinidad. Su contenido entonces,—la gloriosa doctrina del Dios verdadero y viviente, el Creador del cielo y de la tierra, la caída del hombre en el pecado y la maravillosa redención que Dios ha traído al hombre—clara y convincentemente testifica de su origen divino. Lo mismo es verdad de todas sus otras “incomparables excelencias”.7 No tienen paralelo en ningún otro escrito, y manifiestan en forma convincente que la Biblia es en un sentido único la Palabra de Dios.
Sin embargo, lo que trae completa seguridad y persuasión de que las Escrituras son divinas, es la obra del Espíritu Santo de Dios testificando a nuestros corazones por medio de la Palabra. Dios nos declara que El es el autor de la Biblia. En palabras sencillas, creemos que la Biblia es de Dios, porque El nos lo ha dicho.8 Sólo Dios puede testificar adecuadamente sobre lo que ha hablado.
Con respecto al Antiguo Testamento, debemos poner especial énfasis en la actitud y en las palabras de Jesucristo. Hay algunos que dicen que nuestro Señor se ajustó al pensamiento de su día. Cuando, por ejemplo, dijo que Moisés escribió de El, se nos dice que estaba solamente hablando de tal manera que sus contemporáneos le pudieran comprender. O también se argumenta que no deseaba juzgar ninguna de las controversias que hoy embarazan a aquellos que estudian el Antiguo Testamento.
Con estas dos actitudes nos encontramos en completo desacuerdo. Jesucristo es la Verdad, y cuando habló, habló palabras de verdad. Es cierto que en su naturaleza humana, el conocimiento de nuestro Señor estaba limitado, como se puede observar claramente en el pasaje de Marcos 13:32. Pero esto no quiere decir que estaba sujeto a equivocación. Como hombre, su conocimiento pudo haber estado limitado, pero hasta donde llegaba su conocimiento era verdad. Nuestro Señor no habló sobre aquellos asuntos que su naturaleza humana desconocía. Todo lo que habló era verdad. Si Cristo estaba equivocado en cuestiones de crítica y paternidad literaria, ¿cómo sabemos que no se equivocó al hablar de su muerte salvadora en Jerusalén? Si admitimos error en algún punto, tenemos que admitirlo dondequiera. En esta presente obra, aceptamos la autoridad de Jesucristo sin reservas. Creemos que no se equivocó al hablar de su muerte substitucionaria, y que no se equivocó al hablar de la naturaleza del Antiguo Testamento. ¿Qué fue entonces lo que Cristo Jesús tuvo que decir acerca del Antiguo Testamento?9
Es claro, para quien lee los Evangelios cuidadosamente, que Cristo Jesús, durante sus días en este mundo, consideró el volumen de escritos conocidos como el Antiguo Testamento como un todo orgánico. Para El, las Escrituras eran una unidad armoniosa que poseía un mensaje y un testimonio singular. Nada puede estar tan lejos de la verdad, como el que diga que Cristo veía las Escrituras como un grupo de escritos en conflicto unos con otros, y que no poseían ninguna relación en particular hacia sí mismos, esto puede verse fácilmente si consideramos uno o dos pasajes pertinentes.
Cuando por ejemplo los judíos tomaron piedras para arrojarlas al Señor creyéndole culpable de blasfemia, El se opuso, apelando al Antiguo Testamento (Cf. Jn. 10:31-36). En esta apelación, citó el Salmo 82:6, y asumió la verdad que se declara en el Salmo al declarar que “la Escritura no puede ser quebrantada”. La fuerza de su argumento es muy clara, y la podemos parafrasear como sigue:
“Lo que se declara en este versículo de los Salmos es verdad, porque este versículo pertenece a ese volumen de escritos que se conoce como las Escrituras, y las Escrituras poseen una autoridad tan absoluta que no pueden quebrantarse”. Cuando Cristo utiliza aquí la palabra “Escrituras”, El tiene en mente por tanto, no un versículo en particular de los Salmos, sino más bien el grupo completo de escritos de los cuales este versículo es una parte.
El hecho de que Cristo consideró las Escrituras como formando una unidad, también lo podemos ver en la ocasión de la traición en su contra. Reconoció la necesidad de su arresto y sus sufrimientos si las Escrituras se iban a cumplir (Cf. Mt. 26:54). Y en verdad le interesaba que las Escrituras se cumpliesen. El consideraba que era más importante que esto se llevara a cabo a que pudiera escapar del arresto. Por la forma como usa el plural, deja perfectamente en claro que existía un número de escritos, cada uno de los cuales tenía esto en común con los demás: que pertenecía a la categoría de Escritura y que tomados en conjunto, tenían referencia directa a los sufrimientos que El estaba a punto de padecer. Así pues, por su forma de hablar rinde testimonio al hecho que el Antiguo Testamento es un todo orgánico y también implica el acuerdo y armonía de todas sus partes.
Este testimonio de nuestro Señor acerca de la naturaleza del Antiguo Testamento, no es por ningún motivo un fenómeno aislado. Más bien, otros pasajes individuales ponen esto en claro (Cf. Mt. 21:42; 22:29; Mr. 14:49; Jn. 6:45; 15:25), y más aun, sustenta todo el tratamiento que El hace de las Escrituras. Al tomar esta actitud, Cristo se pone directamente en contra de aquellos puntos de vista tan comunes en nuestros días, que consideran al Antiguo Testamento solamente como una colección de material heterogéneo, relacionado descuidadamente entre si, una biblioteca más que un libro.
Sin embargo, no sólo consideró Cristo Jesús al Antiguo Testamento como un todo orgánico, sino que también creyó que, tanto como una unidad o en sus distintas partes, poseía una autoridad absoluta y final. Se podía apelar a las Escrituras como una autoridad final. Su declaración era terminante. Cuando las escrituras hablaban, el hombre tenía que obedecer. Cuando por ejemplo, el tentador quería que el Hijo de Dios ordenara a las piedras hacerse pan, fue acallado con la declaración, “Escrito está”. Esta apelación al Antiguo Testamento terminó el asunto. Lo que estaba escrito era para Cristo la voz decisiva.
Sin embargo, no solamente se le atribuía tal autoridad a las Escrituras como una unidad y a ciertos versículos o declaraciones en particular, sino también comprendía palabras sueltas y aun letras. Esto queda demostrado por una declaración tal como la siguiente: “Empero más fácil cosa es pasar el cielo y la tierra, que frustrarse una tilde de la ley” (Lc. 16:17). En algunos casos Cristo basó su argumento únicamente en una palabra, como por ejemplo cuando argumentó contra los judíos distinguió la palabra “dioses” en el Salmo 82:6. Si leemos cuidadosamente los Evangelios, encontraremos que Cristo creía que las Escrituras del Antiguo Testamento poseían absoluta autoridad en todas sus partes.
¿Hay acaso algún método del cual podamos depender para determinar precisamente qué libros consideraba Cristo que pertenecían a la categoría de Escrituras? ¿No será posible que algunos libros a los cuales El dió su aprobación se hayan perdido irremisiblemente, mientras que otros que El no hubiera aprobado sean considerados ahora como parte del Antiguo Testamento?
Podemos decir con toda seguridad que Cristo reconoció como canónicos los mismos libros que componen hoy en día el Antiguo Testamento. Naturalmente que El no dejó una lista de estos libros, ni se refirió a cada uno de ellos expresamente; por tanto, es necesario buscar por otro lado la evidencia para respaldar nuestra declaración.
De las referencias que hizo nuestro Señor al Antiguo Testamento es posible determinar qué tanto del canon reconoció. Se refirió al Antiguo Testamento innumerables veces, y la naturaleza de sus palabras a menudo aprueba no sólo el libro al cual El se estaba refiriendo sino a toda la colección. La fuerza de esto nos impresiona cada vez más y más cuando notamos cómo Cristo tomaba de este y de aquel libro, declaraciones que respaldarían y darían énfasis a sus argumentos. Parece ser que su vida terrenal estaba empapada con las enseñanzas del Antiguo Testamento.
Sin embargo, hay un pasaje en particular, en el cual El nos da un indicio acerca del alcance del Antiguo Testamento en su día. Después de su resurrección dijo a sus acompañantes: “Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, yen los profetas, y en los salmos” (Le. 24:44). Aquí reconoce claramente que el Antiguo Testamento está dividido en tres partes, y que las cosas que se escribieron en cada una de estas partes, deben cumplirse. La expresión “ley de Moisés” se refiere por supuesto, a los cinco primeros libros de la Biblia; los “profetas” incluyen los libros históricos y los escritos de los grandes profetas. Por lo que toca a la identidad de estas dos divisiones, parece no haber duda.
¿Qué quiso decir Cristo, sin embargo, con “los salmos”? ¿Tuvo la intención de referirse a todos los libros de la tercera parte del canon, o estaba pensando únicamente en el libro de los Salmos? Creemos que la última alternativa es probablemente correcta. Aparentemente, Cristo distinguió el libro de los Salmos no tanto porque era más conocido y tenía más influencia de entre los otros libros de la tercera parte, sino porque en el libro de los Salmos se encontraban más profecías acerca de El. Este era el libro cristológico par excelence de la tercera parte del canon del Antiguo Testamento.
La mayoría de los libros de esta tercera parte, no contienen profecías mesiánicas directas.10 Por lo tanto, si Cristo hubiera usado una designación técnica para indicar esta tercera parte, hasta cierto punto, hubiera debilitado su argumento. Pero al referirse a los Salmos, dirige de inmediato la mente de sus oyentes a aquel libro en particular en el cual ocurren un mayor número de alusiones a El.
Esto no quiere decir necesariamente que Cristo no se refirió a las profecías mesiánicas que aparecen por ejemplo, en el libro de Daniel. Ni tampoco quiere decir que la tercera parte del canon no estaba completa aún. Parece ser más bien que por la forma en que habló, Cristo dió su absoluta aprobación a los libros del Antiguo Testamento que usaban los judíos en aquel entonces, y que este Antiguo Testamento consistía de tres partes definitivas, la Ley, los Profetas y una tercera división que probablemente no había aún recibido ningún nombre técnico.11

La canonización de las Escrituras

Al dar Cristo su completa aprobación a las Escrituras judías de su día, quería decir que las consideraba divinamente inspiradas. Sin embargo, ¿cuándo fue que el pueblo judío que vivió antes que El las consideró así? Se pueden dar innumerables respuestas a esta pregunta y es precisamente a este asunto al que ahora dirigiremos nuestra atención.
Al usar el término “escritos canónicos”, se quiere decir aquellos escritos que constituyen la regla inspirada de fe y vida. Los libros canónicos, en otras palabras, son aquellos a los cuales se les considera divinamente inspirados. El criterio de la canonicidad de un libro entonces, está medido por su inspiración. Si un libro ha sido inspirado por Dios, es canónico, ya sea que los hombres lo acepten como tal o no. Es Dios y no el hombre, quien determina si un libro pertenece o no al canon. Por lo tanto, si cierto escrito ha sido verdaderamente el producto de la inspiración divina, pertenece al canon desde el momento de su composición.
Que esto es lo correcto se deja ver por la misma naturaleza del caso. Si el hombre solamente por si mismo fuera capaz con su inteligencia de identificar adecuadamente la Palabra de Dios, entonces, sería igual en conocimiento a Dios. Si Dios es verdaderamente Dios, el Creador de todas las cosas y por completo independiente de todo lo que ha creado, es lógico pensar que sólo El puede identificar lo que ha hablado. Sólo El puede decir, “Esta es mi Palabra, y aquello no ha salido de mi boca”.
De aquí se podrá ver que la palabra “canon” quiere decir mucho más que sólo una lista de libros. Si se adopta este punto de vista tan limitado del significado de la palabra, de ninguna manera hacemos justicia a los distintos factores aquí comprendidos. La razón por la cual muchas discusiones sobre el asunto del canon son insatisfactorias que comienzan con la suposición de que el canon es solamente una lista de libros que el pueblo judío llegó a considerar divinos, y en esta forma descuidan el aspecto teológico del asunto casi por completo. Sin embargo, para el cristiano, la palabra “canon” posee un significado mucho más alto; para él, constituye la regla inspirada de fe y práctica. Los escritos de la Biblia declaran ser la Palabra de Dios, y su contenido está en completa armonía con esta declaración. El cristiano reconoce a las Escrituras como inspiradas, porque así son, y llevan sobre sí mismas las evidencias de su divinidad. Por lo tanto, para cualquier discusión de cómo llega el hombre a considerar la Biblia como la Palabra de Dios, el hecho de que en realidad es divina resulta básico.
Por supuesto que el hombre de por si, no puede considerar en esta forma a las Escrituras, porque su mente está afectada por el pecado. Sólo Dios puede identificar para beneficio del hombre aquella Palabra que ha salido de su boca. De allí que los hombres reconozcan la Palabra de Dios, porque El les ha dicho cuál es su Palabra. Les ha hablado de su verdad. Se las ha identificado. De gran importancia por tanto, para una comprensión correcta de todo el problema, es la doctrina del testimonio interior del Espíritu Santo.
Esta es una doctrina de la que se ha abusado mucho y en verdad que es muy misteriosa. No queremos decir que este testimonio interior se pueda usar como un criterio para determinar la canonicidad de cierto versículo o capítulo o a un libro. Pero sí queremos decir sin embargo, que el creyente posee una convicción de que las Escrituras son la Palabra de Dios, y ésta es una convicción que es implantada en la mente por la Tercera Persona de la Trinidad. El pueblo de Dios ha poseído esta convicción desde que se escribió la primera porción de las Escrituras. No hay duda de que el verdadero Israel reconoció la revelación de Dios.
Hay también evidencias secundarias sin embargo, que corroboran el testimonio interno del Espíritu y que han llevado a los creyentes a aceptar las Escrituras. Por una parte, el hecho de que muchos hombres devotos han declarado a la vez su creencia en la Biblia, es en sí una evidencia convincente. Por otro lado, el carácter del contenido, el “tema celestial” contenido en estos escritos es una valiosa evidencia. Asimismo, la “mayoría del estilo” y particularmente el “asentimiento de todas sus partes” impresionan al creyente. Además de las “muchas otras incomparables excelencias, y la perfección completa” de la Biblia, queda aún el testimonio de la Biblia acerca de sí misma.
Quizá podremos comprender mejor estos puntos, si examinamos la historia de la colección de las Escrituras del Antiguo Testamento. No se ha conservado una historia completa de este proceso, pero hay ciertas declaraciones importantes en la misma Biblia y es conveniente tomar en consideración estas declaraciones en cualquier discusión del asunto.

I. La ley de Moisés

En primer lugar, por tanto, volvemos a los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, a los cuales se les conoce comúnmente como el Pentateuco o la Ley de Moisés. Tanto judíos como cristianos han considerado tradicionalmente a Moisés como el escritor de estos libros. Creemos que esta tradición es correcta hasta este punto y que se puede sostener la paternidad literaria mosaica del Pentateuco. Naturalmente que pueden haber ciertas adiciones de menor importancia, tales como la muerte de Moisés, etc., las cuales fueron agregadas al Pentateuco bajo inspiración divina por un autor posterior; pero esto de ninguna manera contradice la tradición común de que Moisés fue el autor de estos libros. Cuando estos escritos se completaron los devotos de Israel los aceptaron como libros con autoridad divina. Se hizo una provisión especial para su custodia y protección. “Y como acabó Moisés de escribir las palabras de ésta ley en un libro hasta concluirse, mandó Moisés a los Levitas que llevaban el arca del pacto de Jehová, diciendo: Tomad este libro de la ley, y ponedlo al lado del arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y esté allí por testigo contra ti’’ (Dt. 31:24-26). A los sacerdotes se les ordenó leer la Ley al pueblo: “leerás esta ley delante de todo Israel a oídos de ellos” (Dt. 31:11). Cuando Israel tuviera un rey, ese rey debía poseer una copia de la Ley (Dt. 17:18, 19). A Josué se le ordenó guiar al pueblo de acuerdo con la Ley. “El libro de aquesta ley nunca se apartará de tu boca: antes de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito: porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Jos. 1:8).
A través de la historia de Israel, se consideró la Ley con autoridad divina. David encargó a Salomón que la obedeciera. A Jeroboam se le acusó de desobedecer los mandatos de Dios. A algunos de los reyes de Judá se les alabó por su apego a la Ley, mientras que a otros se les condenó por su falta de apego. Los escritores sagrados consideraron que el mismo exilio fue provocado por las infracciones a los estatutos y al pacto que Dios había hecho con los antepasados de Israel. Y al regreso del exilio, los Israelitas se gobernaron de acuerdo con la Ley de Moisés.
Se podrá ver entonces, que de acuerdo con el testimonio de los únicos escritos contemporáneos del antiguo Israel, la Ley de Moisés fue considerada desde un principio como inspirada divinamente y con autoridad absoluta. Era un escrito definitivo. Lo que ordenaba debía obedecerse, y lo que prohibía, no se debía hacer. Tal es el cuadro que nos presenta el mismo Antiguo Testamento, silo aceptamos tal como está.

II. Los libros proféticos
No sólo la Ley de Moisés era considerada como la Palabra de Dios, sino también se estimaba en igual forma las palabras y escritos de los profetas. En el Deuteronomio, había sido dicho por Dios acerca de los profetas, que pondría “mis palabras en su boca (esto es, la del profeta), y él les hablará todo lo que yo le mandare” (Dt. 18:18). Los profetas mismos estaban convencidos de que hablaban en nombre de Jehová y que declaraban su Palabra a los hombres. Con cuanta frecuencia exclaman, “Y vino a mí la palabra de Jehová, diciendo, “Así dice Jehová...”, ‘‘Oid la voz del Señor!” El mensaje que proclamaban era entonces, de acuerdo con su propio testimonio, no un mensaje de su invención sino la misma Palabra de Dios.
Los profetas exigieron la misma obediencia a sus palabras que la que se debía rendir a la Ley de Dios. No vacilaron en decir a Israel claramente que sus calamidades e infortunios le habían sobrevenido, no sólo por su desobediencia a la Ley, sino también porque había transgredido sus palabras. Y afirman francamente que a menos que escuchen su mensaje, les sobrevendrá gran sufrimiento y desgracia. La evidencia para respaldar estas declaraciones no es difícil de hallar. Más bien, si uno lee los escritos proféticos para ver cuál es el testimonio de los profetas a su autoridad, se encontrará con cuanta frecuencia y consistencia ellos afirman estar declarando la Palabra de Jehová, absoluta y final. (Cf., p. ej. Is. 8:5; 31:4; Jer. 3:6; 13:1; Ez. 21:1; Am. 3:1; 7:1; etc.).
Por lo tanto, si hemos de aceptar el testimonio de la propia Biblia, veremos que las palabras de los profetas fueron consideradas por Israel como inspiradas, decisivas y llenas de autoridad. Por consiguiente, se puede comprender con facilidad que estas palabras en su forma escrita serían preservadas en la Iglesia y consideradas como la palabra de Dios.
Es verdad que el Antiguo Testamento no narra cómo fue que los libros que comúnmente se conocen como los Antiguos Profetas (esto es, Josué, Jueces, 1-2 Samuel, 1-2 Reyes) fueron incluidos con los otros libros canónicos. Sin embargo, parece ser que la respuesta a esta pregunta, la tenemos a la mano. Los autores de estos libros, quienes hayan sido, eran hombres que tenían el oficio de profetas. En el Israel de aquel tiempo, era un oficio especial y único. El profeta era un israelita que actuaba como mediador entre Dios y el hombre. Así como el sacerdote representaba al pueblo ante Dios, así el profeta representaba a Dios ante el pueblo. En un sentido muy especial por lo tanto, era el que recibía la revelación. Dios implantaba sus palabras de tal manera en la boca del profeta, que el mensaje que éste entregaba, resultaba ser la misma Palabra de Dios.
No todos los profetas escribieron sus mensajes. Como hemos visto, Israel juntó y conservó las palabras de aquellos profetas que escribieron sus mensajes. Sin duda que hubo muchos mensajes predicados que nunca se escribieron. Sin embargo, cuando hombres de la categoría de los profetas escribieron una historia interpretativa de Israel, podemos entender fácilmente por qué la Iglesia Israelita aceptó tal historia como la Palabra de Dios; porque en su interpretación de la historia, estos escritores a menudo aseguraban hablar en nombre de Dios. Estos escritos por lo tanto, por lo que toca a su carácter, son históricos, y declaran mostrar la mano de Dios en la historia de Israel.
Y aun más, a pesar de las afirmaciones de algunos críticos, estos escritos están en armonía con las profecías escritas. No sólo son un complemento perfecto a esas profecías escritas, sino que son el cumplimiento necesario de la historia contenida en la Ley de Moisés. Basándonos en la Ley de Moisés, debemos esperar tal historia de los desarrollos subsecuentes en Israel. Sin esta historia interpretativa, mucho de lo que escriben los profetas sería incomprensible. Hasta donde podemos saber, a ninguno de estos libros se le ha discutido su canonicidad. Los libros de los Antiguos Profetas entonces, eran aceptados como parte de la Palabra de Dios, y por tanto como canónicos, ya que fueron escritos por hombres que poseían el alto oficio de profetas, y como profetas inspirados, interpretaban la historia de Israel.

III. “Escritos”

¿Cómo fue que la tercera parte del Antiguo Testamento, los llamados Hagiógrafos, o Escritos, llegaron a ser coleccionados y a considerárseles canónicos? En las Escrituras no existe una respuesta directa a la pregunta. La Biblia no nos dice quién juntó estos libros ni cuándo fueron juntados. Los libros que pertenecen a esta tercera división del canon, fueron escritos por hombres inspirados por Dios quienes sin embargo no ocupaban el oficio de profetas. Algunos de los escritores, tales como David y Daniel, poseyeron el don profético aunque no tenían la ocupación oficial de Daniel, como lo puede revelar un estudio cuidadoso del Antiguo Testamento no era la de profeta, sino la de estadista. Daniel, sin embargo poseyó el don de la profecía.
A menudo se objeta a este argumento diciendo que si es verdad que el oficio de los autores de los Hagiógrafos era el de hombres inspirados que no tenían la ocupación profética, entonces, se alega, Amós debería estar incluido entre los Hagiógrafos y no entre los Profetas. Se afirma que Amós, claramente declaró que no era ni profeta, ni hijo de profeta (Am. 7:14). Sin embargo, este argumento está basado en una interpretación errónea del pasaje en cuestión. En este pasaje. Amós está narrando su llamamiento profetice.
El niega estar ganándose la vida como profeta ya que es boyero y cogedor de cabrahigos. Sin embargo, Dios le llamó a ser profeta. "Ve, y profetiza a mi pueblo Israel". Con estas palabras fue enlistado en el oficio profetice. Esta objeción a nuestro argumento queda entonces sin valor.
En el prólogo a Eclesiástico (escrito por el año 130 a.C.) se menciona a "la ley misma, las profecías y el resto de los libros". He aquí un testigo a la tercera división, esto es, "el resto de los libros". La expresión no deja ver cuántos o cuáles libros consideraba el escritor que correspondían a esta categoría. Sin embargo, sí implica un grupo definitivo de libros, y también pensamos que implica que estos libros habían existido ya por algún tiempo. La forma como se designa a este tercer grupo, es entonces, tan definitiva y explícita como la que se da a las primeras dos partes del canon.
El escritor del prólogo también habla de la "ley y los profetas y los otros que seguían tras ellos" y declara que su abuelo, el autor de Eclesiástico, se dedicó casi por completo a la lectura de "la ley, los profetas y los otros libros de los padres". En la mente del escritor del prólogo existían entonces, tres divisiones definitivas de las Escrituras del Antiguo Testamento.
No debemos alarmarnos porque el escritor no utiliza el nombre técnico al referirse a la tercera parte. En realidad, tampoco es fiel al referirse a la segunda parte. A veces la menciona como "las profecías" (hai propheteai) y a veces como "los profetas" (ton prophetori). A estos libros no se les dio el nombre técnico de "Escritos" hasta mucho tiempo después. El carácter misceláneo de su contenido dificulta el uso de un nombre descriptivo adecuado, como el que se usó para la Ley y los Profetas. Basándonos en lo que se declara en el prólogo a Eclesiástico, parece que no hay garantía para creer que la tercera división del canon, estaba todavía en proceso de elaboración.
Con toda probabilidad, estos libros los coleccionó Esdras y quienes inmediatamente le siguieron. De este período muy poco se sabe, pero parece haber sido un periodo en el que se dedicó mucha atención a las escrituras, y muy bien pudo haber sido entonces que se coleccionaran estos libros. Tampoco quiere decir esto que algunas adiciones inspiradas no se hayan hecho a ciertos libros más tarde; esto, muy bien pudo haber sucedido.
En conclusión, podríamos decir que los libros del Antiguo Testamento, habiendo sido inspirados de Dios inmediatamente, fueron reconocidos como tales por su pueblo desde el momento en que aparecieron. Que haya habido ciertas preguntas o diferencias de opinión acerca de ciertos libros, esto no le quita nada a este hecho.
Es bien sabido que hubo ciertas disputas en las últimas escuelas judías acerca de la canonicidad de ciertos libros, especialmente los de Ester y Eclesiastés. Sin embargo, es dudoso que estas disputas hayan sido algo más que académicas. Es dudoso que representen la opinión del pueblo en general.
No se nos dice cómo se coleccionaron los libros. Aparentemente no hubo ningún concilio religioso de Israel que formulara una lista de libros divinos. Más bien, en la extraordinaria providencia de Dios, su pueblo reconoció su Palabra y la honró desde el momento que apareció. De esta manera se formó la colección de escritos inspirados, los cuales se conocen como los libros canónicos del Antiguo Testamento.

        NOTAS DEL CAPITULO UNO

1. Los términos correspondientes en alemán son Einleitung y Einführung.
2. Este término está tomado de A. Kuyper: Encyclopaedia of Sacred Theology:
It's principies. 1898, págs. 627-638. Bajo el departamento de Bibliología también
debo incluir (1) Los idiomas de la Biblia y sus familias lingüísticas, (2) Exégesis bíblica, (3) Historia bíblica (4) Teología bíblica (5) Hermenéutica bíblica, (6) Antigüedades bíblicas, esto es, el estudio de civilizaciones antiguas y de investigación arqueológica con relación a la Biblia. Kuyper divide el currículo teológico en los siguientes departamentos, los cuales proceden "de si mismos de la disposición orgánica de la teología" (p. 628), (1) Bibliológico, (2) Eclesiológico (3) Dogmatológico, (4) Diaconológico.
3. Para un estudio del desarrollo del pensamiento del Wolfianismo hacia la Neología y de la Neología hacia el Racionalismo, el estudiante debe consultar el libro de Karl Aner: Die Theologie der Lessingzeit, Halle, 1929.
4. "Ausgang des Menschen aus seiner selbstverschuldeten Unmündigkeit", en el
Berliner Monatschrift, 1784. Al usar la palabra Unmündigkeit Kant quiere decir:
"das Unvermogen, sich seines Verstande ohne Leitung eines Anderen zu bedienen".
5. Un extenso repaso de esta Introducción por el presente autor se encontrará en
el Wthj. Vol. V, págs. 107-115.
6. Compare la discusión entre el profesor Bentze y el presente autor en The Evangelical Quarterly, 1951, págs. 81-89.
7. WCI V.
8. Sobre una exposición de la doctrina del testimonio interno del Espíritu Santo ver IW, págs. 40-52.
9. Lo que sigue, de aquí hasta el final del capitulo, está copiado de un articulo por el autor, "The Authority of the Old Testament", en IW págs. 55-70.
10. Se supone que los siguientes libros pertenecen a los "Escritos" o Hagiógrafa: los tres libros poéticos, Salmos, Proverbios, Job; Megilot. Cantar de los Cantares, Rut, Lamentaciones, Eclesiastés, Ester; y Daniel, Esdras, Nehemias, 1-2 Crónicas.
Aparentemente sin embargo, no siempre se han clasificado así. Ver R. D. Wilson,
"The Rule of Faith and Life", en The Princeton Theological Review, Vol. xxvi, No.
3, July 1928; Salomón Zeitlin, An Historical Study of the Canonization of the
Hebrew Scripture (Philadelphia, 1933).
11. Existe completa seguridad para creer que el canon de Cristo, y el canon de los judíos de su día eran idénticos. No hay ninguna evidencia de disputa alguna entre El y los judíos sobre la canonicidad de alguno de los libros del Antiguo Testamento. A lo que Cristo se oponía, no era el canon que los Fariseos aceptaban, sino la tradición oral que invalidaba al canon. Por medio de las declaraciones de Josefo y del Talmud, es posible enterarse de la amplitud del canon judío en los días de Cristo.
www.iglesiareformada.com
Biblioteca
Una Introducción
al
Antiguo Testamento

por
Edward J. Young

Profesor de Antiguo Testamento en el
Seminario Teológico Westminster
Filadelfia, Pennsylvania, EE.UU.