CULTO DE COMUNION EN LA IGLESIA DE SAN PEDRO

Por R. M. McCheyne
sermones
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“Padre, aquéllos que me has dado, quiero que conde yo estoy, ellos estén también conmigo; para que vean mi gloria que me has dado: por cuanto me has amado desde antes de la cons2ucion del mundo” (Juan 17:21).

La oración de este capítulo es la más hermosa que se ':a elevado desde la tierra hasta el trono de Dios, y la petición de] versículo la más maravillosa de toda la oración. Consideremos:

I. LA MANERA DE SER ELEVADA.

"Padre, quiero". Nunca antes labios humanos habían orado así. Abraham fue amigo de Dios y estuvo muy cerca ir~ Dios en oración, pero se acercaba a Dios como de entre .﷓I polvo y la ceniza. "He aquí ahora que he comenzado a ha,lar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza...". Jacob, que fue un valiente luchando con Dios, que prevaleció, aun en su más atrevida petición, dice: "No te dejaré, a menos que me mendigas". Daniel, hombre muy amado, a quien fueron concedidas inmediatas respuestas a sus oraciones, clamaba a Dios como un pecador: "¡Oh, Jehová, óyeme﷓ oh, Jehová, perdóname; oh Señor, escucha y haz!" Pablo, hombre de comunión íntima con Dios, cuando se acerca a Él dice la corma en que lo hace: "Doblo mis rodillas al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo". Sin embargo, cuando Cristo oró. dijo: "Padre, quiero". ¿Por qué oró así? Porque era igual a Dios, era su socio, era su compañero. "Levántate, oh espada, sobre el pastor y sobre el hombre compañero mío". "No tuvo por usurpación ser igual a Dios". Él es el que dijo: "Sea la luz", y la luz fue. Del mismo modo ahora dice: "Padre, quiero".
Jesús habló como intercesor delante del Padre. Hablaba como si su obra estuviese ya completamente consumada. "He terminado la obra que me diste que hiciese". Se dirige a Dios como si ya hubiese sufrido la cruz y ahora reclamase la corona. "Padre, quiero". Así es la intercesión que ahora se oye en el cielo.
Jesús tenía, una voluntad con el Padre. ",Yo y mi Padre una cosa somos." Un Dios, un corazón y una voluntad. Desde luego, tenía un alma verdaderamente humana y una voluntad humana. Pero su voluntad humana era una con la voluntad divina. Las fibras de su corazón humano estaban en completa armonía con las del corazón de su voluntad divina.
Aprendamos cuán ciertamente será contestada esta oración, amados hijos de Dios. Es imposible que esta oración no reciba respuesta. E s la voluntad tanto del Padre como del Hijo. Si Cristo lo quiere, y si el Padre también lo quiere, podéis estar seguros de que nada podrá impedirlo. Si la oveja está en las manos de Cristo y en las del Padre, es bien seguro que no se perderá.
II. POR QUIÉN ORA
"Aquellos que tú me has dado". Seis veces llama a los suyos de esta manera en este capítulo. "Aquellos que me has dado." Parece como si ésta fuera una de las expresiones favoritas del Señor, especialmente cuando los presentaba en oración delante de su Padre. La razón parece ser que consiste en él hecho de que Cristo quería hacer notorio al Padre que ellos eran tanto del Padre como suyos, de Cristo mismo; que el Padre tenía en ellos tanto interés como Él mismo, habiéndoselos dado desde antes de la fundación del mundo. Así es que en el v. 10 repite: "Todas mis cosas son tus cosas y tus cosas son mis cosas". Antes de que el mundo fuese, el Padre escogió a su pueblo. Los dio a Cristo, encargándole que no perdiese ninguno y que, por ellos, cargase sobre sí en la cruz todos sus pecados y resucitase al tercer día. Y, de acuerdo con todo ello, dice: "A los que me diste, yo los guardé y ninguno de ellos se perdió".
¿Hay algo especial, alguna señal, en aquellos que son dados a Cristal No son mejores que los otros. A1 contrario, algunas veces escoge aún lo peor. "Todo lo que el Padre me da, vendrá a mi". Una señal segura que hay en todos los que el Padre ha dado al Hijo consiste en que todos vienen a Cristo: "Todos ellos vinieron a Jesús, el mediador del nuevo pacto, y a la sangre del esparcimiento". ¿ Has acudido a Cristo? ¿Has abierto tu corazón para recibir a Cristo? ¿ Ha sido precioso en tus ojos el Señor Jesucristo? Entonces puedes tener la completa seguridad de que tú has sido dado a Cristo desde antes de la fundación del mundo. Tu nombre se halla escrito en el Libro de la Vida del Cordero y también se halla sobre el pectoral del sumo y verdadero pontífice, Cristo. Él, en ese caso, ora por ti. "Padre, quiero que esta alma esté conmigo." Cristo nunca te perderá. E1 Padre que te dio a É1 es mayor que todos, y nadie podrá arrebatarte de las manos del Padre.
III. EL ARGUMENTO.
"Por cuanto me has amado." Jesús recuerda al Padre el amor que le tenía antes de que el mundo fuese. Cuando la tierra no existía, ni el sol, ni el hombre, ni los ángeles, entonces, aun entonces, "tú me amabas". ¿Quién puede comprender o imaginar este amor, el amor del Dios no creado para con su Hijo, no creado tampoco? El amor de Jonatán fue un amor muy grande que sobrepujó el de las mujeres; el amor de un creyente hacia Cristo es también muy grande, pues le ve todo codiciable y hermoso; el amor de un ángel hacia Dios es muy ferviente e intenso, como corresponde a su misma naturaleza, que es como llama de fuego. Pero todos estos son amores creados, todos ellos son solamente afluentes o ríos. E1 amor de Dios para con su Hijo es un océano de amor. Hay algo en el carácter de Cristo que conquista el amor de su Padre. Ahora, pues, expone su argumento: "Si me amas, haz esto por mi pueblo". Es la misma razón que le hizo decir a Saulo:"¿Por qué me persigues?", porque Jesús se sentía uno con sus miembros afligidos en la tierra, con los cristianos perseguidos. E s la misma idea que expuso cuando dijo: "Por cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos muy pequeños, a mí lo hicisteis". Reconoce a los creyentes como parte de sí mismo; lo que a ellos se hace, se hace a ÉL Así hace aquí en su oración. Cuando los toma y los presenta a su Padre, éste es su argumento, ésta es la razón de su petición. "Si me amas, ámalos a ellos, porque son parte mía."
Fijaos bien en la seguridad que ofrece esta oración de que será oída, muy amados. No pide que seáis buenos y santos, no pide que seáis dignos. Solamente pide que a los ojos del Padre seáis muy amados. No mires a ellos, mira a mí, dice Cristo. Tú me has amado desde antes de la fundación del mundo.
Aprendamos a usar el mismo argumento cuando acudamos a Dios, queridos creyentes. Esto es orar en el nombre y por los méritos de Cristo. Ésta es la oración que nunca es rechazada. Vigilad que no os acerquéis a Dios en vuestro propio nombre, a menos que queráis ser rehusados.
Venid hoy así a su mesa. Decid al Padre: "Acéptame, porque tú le amaste a É1 desde antes de la fundación del mundo".
IV. LA ORACIÓN MISMA.
1. "Que ellos estén también conmigo." Veamos primero lo que no quiere decir con estas palabras. É1 no quería decir que fuésemos arrebatados de este mundo ahora. Algunos de vosotros que habéis venido a Cristo podéis hoy ser tan favorecidos con su presencia, con el amor del Padre, con el gozo del cielo, que sintáis temor de ir después al mundo en donde traicionéis a Cristo con caídas muy dolorosas para vosotros, que os sintáis tentados a desear que este templo fuese realmente la puerta del cielo, que quizá deseéis que de esta mesa del Señor de aquí abajo peseis traladados a la de arriba. "Soy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor." Pero no es éste el deseo de Cristo; Cristo no lo quiere así. "No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal" "Donde yo voy, vosotros no me podéis seguir ahora." E1 creyente muchas veces siente como aquella mujer que decía: "Oh, bendito Señor, ven a mí; tómame ya, permíteme morir y partir para estar contigo. Tengo miedo de vivir, porque si vivo, sé que volveré a pecar".
Lo que ÉL quería decir. Pedía que cuando nuestra peregrinación hubiera concluido, fuésemos llevados hasta el lugar donde está ÉL Todo el que viene a Cristo, tiene un recorrido que hacer en este mundo. Algunos lo tienen largo, otros lo tienen corto. Ese camino atraviesa el desierto. Por eso Cristo pide que al final vosotros estéis con Él. Todo aquel que viene a Cristo tiene sus doce horas que llenar por Cristo. "Conviéneme obrarlas obras del que me envió entretanto que el día dura." Y una vez haya sido realizado el trabajo, Cristo pide que seas llevado hasta Él. É1 quiere que estés con É1 en la casa del Padre. "En la casa de mi Padre, muchas moradas hay." Moraréis en la misma casa con Cristo, oh creyentes. Nunca habéis intimado suficientemente con una persona hasta que no habéis estado en su misma casa, hasta que no la habéis conocido en el hogar. Esto es lo que quiere concedernos Cristo, que vayamos a morar con Él en su misma casa. Quiere llevarnos al mismo seno del Padre con Él. "Voy a mi Padre y a vuestro Padre." Quiere que gocemos de la misma complacencia de que goza É1, que nos sentemos en el mismo trono que Él, que seamos bañados en el mismo océano de amor en que É1 es bañado.
Aprendemos cuán ciertamente cercano está el día en que estaremos con Cristo. E s la voluntad del Padre y la del Hijo. Es la oración de Cristo. Si realmente habéis sido traídos a Cristo, no pereceréis. Podéis tener muchos enemigos que se os opongan en el camino de la gloria. Satán desea hacer presa en vosotros para examinaron y probaron a fondo. Vuestros compañeros del mundo hacen todo lo que pueden para embarazaros y estorbaron. A pesar de todo, estaréis con Cristo. Contemplaréis su rostro en la mesa celestial Aunque sentís que vuestro corazón es duro, muy duro aún, que está lleno todavía de incredulidad, que vuestro corazón es engañoso y que es desesperadamente malo más que todas las cosas, y a menudo teméis que vuestro corazón os llevará a traicionar a Cristo, con todo, si sois de Cristo estaréis con É1. Si sois de Cristo hoy, estaréis con É1 para siempre. Aunque hayáis vivido una vida impía e inmoral, aunque temáis que vuestros pecados os harán volver atrás, a pesar de todo, si realmente habéis acudido a Cristo, ésta es su promesa para vosotros: "Estarás conmigo en el Paraíso". Ciertamente Cristo os necesita, no puede estar sin vosotros. Vosotros sois sus joyas, su corona. Este pensamiento puede alentaron a acudir a la mesa del Señor. Quizá alguno de vosotros no se atreve a acudir hoy a la mesa del Señor, porque aunque ha acudido a Cristo hoy, teme que mañana le negará. No debiera temer el tal. "E1 que ha empezado en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo." Tú te sentarás en la mesa en el cielo cuando Cristo tomará el nuevo pan y el nuevo fruto de la vid. No debes temer y harás bien en venir confiado a la comunión si eres del Señor.
2. "Para que vean mi gloria que me has dado."
Existen tres épocas en la gloria de Cristo. Contemplarla será el dulce ministerio de los santos en el cielo.
Primero: la gloria primera, la, gloria original de Cristo. Su gloria desde su origen, desde el principio, su gloria no derivada de otro, gloria no creada, por la que Cristo es igual al Padre. Se habla de ella en Proverbios 8:30: "Con él estaba yo ordenándolo todo y fui su delicia todos los días". Y otra vez en la oración que comentamos: "...aquella gloria que tuve cerca de ti antes de que el mundo fuese". No puede ningún hombre hablar de esta gloria, ni ningún ángel, ni ningún arcángel. Sólo sabemos una cosa, y es que nosotros somos el honor del Hijo tanto como del Padre. Participaba Cristo con el Padre de todo su ser infinitamente perfecto cuando no existía nadie para contemplarlo, ni para adorarlo, ni ángeles para entonarle himnos, ni serafines para cantar sus alabanzas, ni querubines para aclamarle: "Santo, santo, santo". Antes que ninguna criatura fuese, É1 era, É1 era uno con el infinitamente perfecto, bueno y glorioso Dios. Él era entonces lo que después se ha mostrado ser. Ni la creación, ni la redención le cambiaron; no hicieron sino revelar lo que É1 era antes. Ambos no hicieron sino proveer objetos sobre los cuales se posasen sus rayos de gloria, rayos que habían brillado plenamente mucho antes desde la eternidad. La eternidad será el único margen adecuado para la santa ocupación de alabar a Dios que se ha revelado a sí mismo de forma tan plena.

Segundo: la gloria que tuvo cuando se hizo carne. "E1 Verbo se hizo carne." No es que Cristo obtuviese más gloria cuando se hizo hombre; lo que sucedió es que su gloria se manifestó por un nuevo camino. No ganó ninguna perfección más al hacerse hombre; ya antes tenía todas las perfecciones de Dios. Pero ahora todas aquellas perfecciones, antes encubiertas, las vemos derramadas en un corazón humano. La omnipotencia de Dios ahora se manifiesta en un brazo humano. E1 amor infinito de Dios ahora se manifiesta en un corazón humano. La compasión de Dios para con los pecadores se echa de ver en el ojo humano. Dios era amor antes, pero ahora Cristo en el mismo amor investido de carne. Del mismo modo que podéis ver el sol a través de los cristales de color de una ventana, que brilla y lo hace con un suave y nuevo fulgor, así en Cristo habita la plenitud de la divinidad corporalmente. La perfección de la divinidad brilla en cada poro, en cada acción, en cada palabra, en cada mirada. Es la misma perfección de Dios, aunque sea solamente brillando con una luminosidad suave. El velo del templo era figura de su carne, porque tapaba la radiante luz que inundaba el lugar santísimo. Pero del mismo modo que la brillante luz de la Shekina a menudo mostraba sus fulgores a través del velo, así la divinidad de Jesucristo se traslucía a través del corazón del hombre Jesús. En muchas ocasiones el brillo de su divinidad era demasiado intenso para que el velo pudiese cubrirlo completamente.
Cuando convirtió el agua en vino, "manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él". La omnipotencia divina hallaba expresión por medio de una voz humana, y el amor de Dios se reflejaba en tal poder, porque quería darnos a entender que vino a convertir nuestra agua en vino, el agua de nuestra vida natural en el vino de su vida espiritual en nosotros.
Cuando lloró sobre Jerusalén, también manifestó su gloria a través de su velo. El hecho de que llorase constituía una gran abertura a través de la que fluyó su gloria. Había en ello algo más que sólo lo humano. Los pies que ascendieron al monte Olivete eran humanos; humanos fueron los ojos que contemplaron la ofuscada y ciega ciudad; las lágrimas que cayeron sobre el suelo también eran humanas, pero ¡oh? que además había la ternura de Dios palpitando sobre aquella ciudad. Mirad, pecadores, y vivid. Mirad y vivid. ¡He aquí el Dios vuestro! Quien haya visto el llanto de Cristo, ha visto al Padre. Cristo es Dios manifestado en carne. Algunos de vosotros pensáis que el Padre no quiere traeros a Cristo para que seáis salvos. Pero ved aquí a Dios manifestado en carne. E1 que ha visto al Hijo, ha visto al Padre. Contemplad cómo laten al unísono el corazón del Padre y el del Hijo. ¡Oh?, ¿por qué, pues, habéis de desconfiar? Cada una de aquellas lágrimas vertidas procedían del mismo corazón de Dios.
Cuando Cristo fue expuesto en el vituperio de la cruz, sus heridas manifestaban ampliamente la gloria infinita de su ser. S u divina gloria se magnificó más en su muerte que lo que lo había hecho en su vida toda. Entonces el velo se partió en dos y todo el corazón de Dios se derramó a través él. Era un cuerpo humano el que agonizaba, cuerpo cálido y afligido sobre el árbol maldito de la cruz; fueron manos y pies humanos los por rudas manos traspasados; fue carne humana la hendida con mortal golpe de lanza en el costado; sangre humana fue la que brotó de las heridas de sus manos, píes y costado; los ojos que sumisos se elevaron al Padre fueron ojos humanos; el alma que se compadeció de su madre era humana. Pero ¡oh ?la gloria divina se manifestaba a través de todo esto. Cada herida era una voz que hablaba de la gracia y del amor de Dios.
También manifestó en todo la santidad de Dios. ¡Qué odio tan infinito hacia el pecado hubo en Cristo que se ofreció de aquella manera a sí mismo en sacrificio inmaculado de Dios! La divina sabiduría se evidenciaba por él: ninguna inteligencia creada hubiese podido hallar un plan tan maravilloso por el cual Dios fuese justo siendo justificador del impío. El amor de Dios se mostraba a los hombres: cada gota de sangre que caía sobre el suelo era un mensajero que proclamaba el amor de Dios. Tal es el amor de Dios. El que ha visto a Cristo crucificado ha visto el amor de Dios. Contemplad el pan roto y veréis la misma gloria brotando todavía. He aquí al descubierto el corazón del Padxe; Dios ha sido manifestado en carne. Hay algunos de vosotros que andáis examinándoos a vosotros mismos, vuestros sentimientos e indigencia para con Cristo. Desviad vuestros ojos de vosotros mismos. ¡ He aquí, aquí estoy yo, heme aquí! clama Cristo. "¡ Miradme a mí y sed salvos! ¡Contemplad la gloria de Cristo! Hay demasiados obstáculos en vuestro corazón; en el de Cristo no hay tinieblas. Contemplad su amor a través de sus heridas, y creed lo que veáis en Él.
Tercero: la gloria de Cristo que se ha de manifestar. No puedo hablar de ella, pero confío en que no tardaré mucho en verla. No ha dejado la gloria que tuvo cuando estuvo en la tierra. Todavía es el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo. Pero ahora tiene más gloria. Su humanidad ahora no constituye ya ningún velo que oculte ninguno de los rayos de'su divinidad. Dios brilla plenamente en ÉL Cristo ha sido ya coronado, ha sido ya ungido con el óleo de la alegría y ha sido dotado del cetro de la justicia.
El cielo proveerá adecuado marco, en lo que al tiempo se refiere, para contemplar su gloria. Para contemplarla tendremos necesidad de toda la eternidad en el cielo. Veremos al Padre eternamente en Él. Contemplaremos su faz y en su ojo humano leeremos el tierno y eterno amor de Dios para con nosotros. Sus labios humanos claramente nos hablarán entonces del Padre. "La hora viene cuando ya no os hablaré por proverbios, pero claramente os anunciaré del Padre". Contemplaremos sus heridas, ya cicatrizadas, aunque un tiempo hendidas, heridas de sus manos, pies y costado, y a través de su fulgor celestial comprenderemos su eterno odio contra el pecado y su amor eterno que le llevó a morir por nosotros. Y quizá algunas veces nos será dado reclinar la cabeza donde Juan la reclinó.¡Ohl,sitales han de ser las santas ocupaciones del cielo, ¿qué haréis vosotros, quienes nunca aquí en la tierra habéis visto su gloria, ni en tal contemplación halláis deleite?
Oh, muy amados, si en tan santo ministerio habéis de gastar ﷓digámoslo así﷓ la eternidad, ocupaos ya ahora tanto como podáis en hacerlo así. Si así habéis de acercaros a la mesa que hay en el cielo, procurad acercaros ahora de la misma manera a la de aquí en la tierra.

CUSTODIANDO LA PARTICIPACIÓN DE LA CENA DEL SEÑOR (Hechos 5:1﷓14).

En la iglesia de Cristo ha habido hipócritas desde el principio. Ya entre los doce discípulos hubo un Judas. Y en la iglesia apostólica hubo un Ananías y Safira. Consideremos.
1. Su pecado ﷓una mentira﷓. Cuando el Espíritu de Dios fue derramado en la iglesia fueron hechos todos de un alma y un corazón. Los que tenían posesiones las vendieron y trajeron el precio y lo pusieron a los pies de los apóstoles. ¡Cuán hermoso debía de ser contemplar aquel cuadro! Entre ellos también acudió uno, Ananías, que era rico. Por algún motivo humano se habían unido a los cristianos ﷓marido y mujer﷓, ambos sin Cristo. Vendió sus posesiones para ser como los demás, trajo una parte y dijo que era todo. Pretendía ser cristiano, quería aparentar que la gracia inundaba su corazón. Obrando así no mintió al hombre, mintió al Espíritu Santo. Venía a declarar que Dios había obrado un cambio en su alma, cuando en realidad no había habido ninguno; era todavía el antiguo Ananías.
2. Su castigo. ﷓ Ambos, él y su esposa, cayeron al suelo y murieron. ¡Oh! cuán terrible es que los pecadores mueran en el acto de su pecado, con la mentira en su boca, con la blasfemia en sus labios. Tal fue la tragedia del pobre Ananías y su esposa. En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, se hallaron en el lugar en que serán congregados los mentirosos.
3. Los efectos. ﷓ Gran temor invadió a la iglesia y a los demás. Nadie osaba juntarse a la compañía de los apóstoles.
Queridos amigos, estas cosas han sido escritas para nuestra enseñanza. ¿Hay alguien aquí hoy con un corazón lleno de mentira? ¿Hay alguien que no siendo cristiano se haga pasar como a tal?
El pan partido y el vino derramado representan el cuerpo roto y la sangre derramada de Cristo. ¡ Oh, contemplarlos es suficiente para derretir el duro corazón del más inflexible pecador! Participar de aquel pan y de aquel vino es declarar pertenecer a Cristo ﷓es declarar que le tenéis por vuestro Salvador﷓, es declarar que Dios ha abierto vuestro corazón para creer. En el matrimonio, el unir las diestras significa una declaración solemne, como señal de que aceptáis a la esposa o al esposo; lo mismo significa la cena del Señor. Si no es así contigo, si Cristo no es para ti tu Salvador, entonces eres un mentiroso, entonces estás mintiendo al Espíritu Santo. Ananías con su acto pretendía declarar que el Espíritu Santo había obrado en su corazón. Ocurrió todo en un tiempo en que el Espíritu Santo había sido dado abundantemente (v. 31, 32). Probablemente ambos habían tenido algunas convicciones. Pero desde luego eran falsas, desde luego ellos realmente no eran lo que pretendían ser; por esto se dice que "habían mentido al Espíritu Santo". Queridos amigos, el Espíritu Santo está de forma muy especial presente en esta ordenanza. Está para glorificar a Cristo. Ha convertido a muchos en este lugar. Mantenerse en pecado hoy en día es mentir al Espíritu Santo. Al acercares a la mesa profesáis que os halláis bajo el ministerio revelador del Espíritu, que É1 es quien os enseña. Si no es así, estáis mintiendo al Espíritu Santo.
Ahora bien: ¿conocéis vosotros que no sois de Cristo porque nunca habéis acudido a Cristo? ¿habéis llegado a conocer vuestra condición de no convertidos? ¿ Y os atreveréis asentares a la mesa del Señor para tomar así de aquel pan y de aquel vino? ¡Tened cuidado los Ananías de hoy que estáis aquí!¡ No estáis mintiendo al hombre, sino a Dios!
Quizá entre vosotros hay quienes son secretamente adictos a la embriaguez, a los falsos juramentos y a la obscenidad. ¿Participaréis vosotros del pan y del vino? ¡Ananías de ahora, andad con cuidado!
Quizá hay de vosotros dos, marido y mujer, que sabéis que ninguno de los dos sois convertidos. Nunca oráis juntos y, en cambio, os ponéis de acuerdo para acudir los dos aquí. !Ananías y Safira actuales, id con cuidado!
¿Hay entre vosotros alguien que, en muchos sentidos, es un perseguidor de los creyentes? Quizá hay algún padre cuyos hijos han acudido al Señor y cuyo cambio, en el fondo de su corazón, disgusta y odia; que se opone a ellos con duras e hirientes palabras imponiéndoles su autoridad. En cambio, con una cara que simula dulzura acude a sentarse con ellos ala misma mesa. ¡ Oh hipócritas, vuestra osadía puede sumergiros en la muerte, muerte espiritual más tremenda que la física! No tome vuestra mano de tales elementos para que no perezcáis de forma más tremenda.
E n cambio, amados hijos de Dios, alentaos a acudir a su santa mesa. Ha sido dispuesta para los pecadores que han acudido a Jesús. "¡Venid y comed!" Algunos de vosotros decís: "Yo no sé el camino a su mesa". Jesús dice: "Yo soy el camino". Algunos de vosotros decís: "Yo soy ciego; yo no puedo ver mis pecados; qué difícil me es verlos, ¡oh mi Salvador!".Id y lavaos en el estanque de Siloé. Algunos de vosotros decís: "Yo estoy desnudo". Jesús dice: "Te amonesto que de mí compres vestiduras blancas para que puedas ser vestido". Estáis contaminados en vuestra propia sangre,¿ pero no ha puesto Cristo sobre vosotros su manto de justicia?
No temáis, entonces. Venid vestidos de ÉL Venid así y seréis bien recibidos.
III SERVICIO DE COMUNIÓN .
"Mi amado es mío y yo soy suya". 1. En los brazos de mi fe Él es mío. Hubo un tiempo en que fui del mundo, frío y despreocupado de mi alma. Dios me despertó y me hizo sentir que estaba perdido. Intenté mejorarme a mí mismo, procuré enmendar mi conducta, pero hallé que me era imposible: entonces caí en la desesperación de sentirme aún más perdido que antes de intentar corregir mi vida. Y busqué creer con mi propio esfuerzo y buenos deseos. Empecé a leer libros devocionales y acerca de la fe, intenté aportar a mi alma todo argumento que me condujese a creer para obtener así el cielo, pero también fue en vano. Hallé entonces que estaba escrito que "la fe es el don de Dios", que "nadie puede llamar a Jesús Señor sino por el Espíritu Santo". Entonces me sentí más solo y desesperado que antes; me sentí perdido completamente. Estando así, entonces, sin esperanza alguna, Jesús se acercó a mí con las vestiduras bañadas en su sangre. Mucho tiempo había estado a la puerta, aunque yo no lo sabía. "Su cabeza estaba llena de rocío y sus cabellos de las gotas de la noche" (Cantar de los Cantares 5:2). Tenía cinco heridas profundas y me decía: "Yo he sido muerto en el lugar de los pecadores y todo pecador puede tenerme por su Salvador; tú eres un perdido pecador, sin esperanza; ¿no quieres que yo sea tu Salvador?" ¿Cómo podía yo resistirme si É1 era el Salvador que yo necesitaba? Trabé de É1 y no le dejé marchar. "Mi amado es mío".
"Mi amado es mío y yo soy suya". 2. En los brazos de ml amor, Él es mío. Hubo un tiempo en que yo desconocía el significado de amar a Jesús y consideraba ridículo que otros dijesen que le amaban. Siempre me quedaba con ganas de preguntarles cómo podía ser que amasen a uno que no habían visto. Pedro decía a los creyentes: "A quien no habiendo visto le amáis". Pero ahora que me he refugiado en Él, ahora que he sido hecho cercano a É1, ahora siento que no puedo hacer otra cosa sino amarle, y deseo verle para que pueda amarle más. Muchísimas veces caigo en pecado, y este hecho roba de mi corazón mi sentimiento de esperanza en Cristo. Las tinieblas me rodean y densas nubes me cubren; Cristo desaparece de mi vista. Aún entonces yo me siento enfermo de amor. Cristo no es entonces luz y paz para mí, pero yo tenazmente procuro ir en su busca en medio de las tinieblas. Él es precioso para mí, aunque me halle en las tinieblas y en el valle de sombra del pecado. Todavía sigue siendo mi amado. "Éste es mi amado y mi amigo".
3. ÉL es mío en los elementos, en el pan y en el vino. E n oración le he dicho muchas veces: "Tú eres mío". Muchas veces, cuando las puertas han sido cerradas y viene Jesús mostrándome sus heridas con su alentador mensaje "Paz a vosotros", mi alma acude a É1 exclamando: "Señor mío y Dios mío". "Mi amado, tú eres mío". Muchas veces me ha citado a estar solo con Él, en lugares en que no hay ningún ojo humano. Muchas veces me he hallado con sólo rocas y árboles por testigos de mi clamor a É1 que le aceptaba y proclamaba como mi Salvador. É1 me ha dicho: "Contigo me desposaré para siempre" y le he contestado: " Mi amado es mío". Muchas veces he ido con algún amigo cristiano y juntos hemos derramado nuestros trémolos corazones consultándonos si es que tenemos o no libertad para acercarnos a Cristo; gracias a Dios hemos llegado a la misma conclusión: que si realmente somos tan pecadores y ninguna esperanza hay en nosotros mismos, entonces tenemos abierto el camino para acercarnos al Salvador de los pecadores. Nos acercamos a É1 y le confesamos ser nuestro. En cambio, ahora nos hemos congregado públicamente para trabar de É1 ante todos, para testificar ante un mundo impío, para llamar como testigos cielos y tierra de que nosotros hemos aceptado a Cristo. Contempladle porta fe dándose para nosotros mismos; para recordarnos este hecho instituyó una cena y repartió el pan.¡ Helo aquí! Realmente le aceptamos a É1 y lo testificamos aceptando también su pan. Tened nuestro testimonio, hombres y ángeles, aceptad como fiel nuestro testimonio, universo todo. "Mi amado es mío"  .
IV.MENSAJE AL CERRAR EL CULTO DE LA SANTA CENA
"A aquel, pues, que es poderoso para guardaros sin caída y presentaron delante de su gloria, irreprensibles, con grande alegría, a É1 sea gloria" (Judas 24).
No hay fin para las ansiedades de un pastor. Nuestro primer cuidado es ganaron para Cristo y después guardaron sin caída. Tengo la gran esperanza, muy amados en Cristo, de que un buen número de vosotros estáis hoy unidos realmente a Cristo. Pero empieza también ahora una gran ansiedad y preocupación; que viváis píamente en Cristo, que andéis
según el Espíritu. Aquí hemos de declararon qué Dios, nuestro Salvador, es poderoso para: primero, guardaron sin caída en toda vuestra peregrinación; segundo, presentaron irreprensibles al final.
A. GUARDADOS SIN CAÍDA
1. Nosotros no podemos guardaron sin caída. ﷓ Quienes se apoyan en los pastores, se apoyan sobre una caña movida por el viento. Cuando un alma ha recibido !a buena salvación a través de un ministro, a menudo cree será guardada de caída por el mismo medio. Piensa: "¡Oh, si tuviese a este amigo siempre a mi lado para exhortarme y para avisarme!" No, los ministros, por fieles que sean, ni los piadosos hermanos que muchas veces os han ayudado, no estarán siempre; habrán de desaparecer. "Vuestros padres ¿dónde están? y los profetas ¿han de vivir para siempre?" (Zacarías, 1:15). Podemos pronto ser quitados de vosotros y puede sobreveniros una grande hambre de pan. Y, por otro lado, a nuestras palabras ¿haréis siempre caso? Cuando las tentaciones y las pasiones sean fuertes, ¿haréis caso de nosotros y de nuestras exhortaciones?
2. Vosotros no podéis guardaron sin caída a vosotros mismos. ﷓ Hasta ahora sabéis muy poco de vuestra flaqueza y de la perversión de vuestro corazón. Nada hay más engañoso que vuestra apreciación de vuestra propia fortaleza.¡ Oh si vieseis toda la enfermedad y flaqueza que vuestra alma padece!,¡oh si vieseis cómo cada pecado tiene su fuente en vuestro mismo corazón, si conocieseis cuán débil y cascada caña sois!, clamaríais: "¡Señor, sostén mis pasos!" Ahora quizá podéis ser fuertes, pero dejaréis de serlo cuando una compañía cualquiera os tiente; sólo lo seréis hasta que la oportunidad secreta os asalte. ¡Oh, cuántos caen entonces! En el momento presente se sienten fuertes, creen que sus pies son tan firmes como los del ciervo. Así de fuerte se sintió Pedro en la cena del Señor, pero su fortaleza se mantuvo hasta que este sentimiento se desvaneció. En tu caso, creyente, durará hasta que al unirte con los impíos te hagan alguna pregunta comprometedora, hasta que tengas una oportunidad secreta que nadie podrá ver, hasta que alguna provocación amarga despierte tu ira y mal genio, para que descubras que eres débil e inconsistente como la misma agua y que no existe pecado en el que tú no puedas caer.
3. Nuestro Salvador Dios es poderoso para guardarnos. ﷓ Cristo nos trata como nosotros tratamos a nuestros hijos. Ellos no pueden andar solos y vosotros los sostenéis. Lo mismo hace Cristo por medio de su Espíritu. "Yo con todo eso guiaba en pies al mismo Efraím, tomándolos de sus brazos" (Oseas 11:3). Eleva, por tanto, esta petición: "Señor, sostenme por mis brazos". Dijo Juan Newton: "Cuando una madre está enseñando a andar a su hijito sobre una suave alfombra, algunas veces lo dejará ir para que se caiga y así aprenda y conozca su debilidad, pero no hará lo mismo al borde de un precipicio". Así el Señor permitirá muchas veces que caigáis, como permitió que Pedro se hundiese en las aguas, aunque no lo permitirá para vuestro mal. El pastor coloca sobre su hombro ala oveja; no importa, entonces, cuán enorme sea la distancia a recorrer, no importa cuán altas puedan ser las montañas, no importa cuán estrecha pueda ser la senda: nuestro Salvador Dios es un poderoso pastor. ¡Cuántas montañas hay en vuestro camino hacia el cielo! Algunos de vosotros tenéis montañas de pasiones en vuestros corazones, otros montañas de oposición; no importa, afianzaos solamente sobre su hombro. Es poderoso para guardaros; aún el valle de sombra lo podrá atravesar sin temblar.
B. PARA PRESENTAROSIRREPRENSIBLES
1. Irreprensibles en justicia. ﷓ Todo el tiempo que viváis en vuestro cuerpo mortal estaréis llenos de faltas en vosotros mismos. Es mortal para el alma creer lo contrario.
Oh, si fueseis sabios, estaríais más a menudo contemplando la ropa de justicia del Redentor para contrastar vuestra propia injusticia! Si así lo hicieseis, tendríais en mayor estima sus vestiduras y con mayor fervor procuraríais acudir a la fuente de su sangre para lavar vuestras inmundicias y vestimentas viles. Ahora, cuando Cristo os presenta ante el trono de Dios os atavía con sus propios y finos atavíos de justicia y así os presenta sin falta. ¡Oh, cuán grato me es pensar cuán pronto seré investido de su justicia para ser presentado delante de Dios! ¡Cuán gloriosa es esa justicia que nos permite permanecer a la luz de la faz de Dios! A veces un vestido parece blanco en un lugar de luz escasa; sólo cuando se sale a la clara luz del día aparecen las manchas. Tened, pues, en alta estima esa justicia, la cual es vuestro vestido.
2. Irreprensibles en santidad. ﷓ A veces mi corazón se debilita cuando pienso en los defectos de los creyentes; en los creyentes frívolos, en los dados a las vanidades y la murmuración. ¡Oh! amad el ser cristianos santos, creyentes puros e irreprensibles. El firmamento tiene mayor adorno con las constelaciones y las galaxias que con muchas, pero sueltas e insignificantes estrellas. Así Dios puede recibir mucha más honra con la conducta de un fiel cristiano que con la de miles de cristianos indiferentes. Procurad y anhelad ser ese uno que honra a Dios.
Pronto seremos sin falta, irreprensibles. "El que empezó la buena obra la perfeccionará". "Seremos como É1 es porque le veremos como É1 es". Cuando vuestro cuerpo sea depositado en el lugar del sueño de la muerte ya podréis decir: "Adiós, pasiones, adiós para siempre; adiós, orgullo mío; adiós, mi propia suficiencia y vanagloria; adiós, peleas y envidias; adiós para siempre, mi tendencia a avergonzarme de Cristo".¡Cuán dulce hará ala muerte este hecho!¿No es cierto, creyentes? ¡ Oh, "deseo partir y estar con Cristo"!
C. A ÉL SEA LA GLORIA
1. Si algo hay bueno en tu alma, dale a Él toda la gloria. No des tu alabanza a nadie más que a Él.
2. Dale a Él el poder también. Rendíos a vosotros mismos a Él, en cuerpo y alma.