LOS ARTÍCULOS DE ESMALCALDA
Artículos de Doctrina Cristiana que debieron haber sido presentados por nuestros
partidarios en el concilio de Mantua, o en cualquier otro lugar en que debía de reunirse el
Concilio, y que habían de indicar lo que podíamos o no podíamos ceder. Escrito por el Dr.
Martín Lutero en el año 1537.
Prólogo del Dr. Martín Lutero
1 Puesto que el Papa Pablo III convocó por escrito1 un concilio el año pasado que tendría
lugar en Mantua por Pentecostés y después fue trasladado de lugar2, no sabiéndose aún
dónde o si se pueda celebrarlo, y como nosotros por nuestra parte, debíamos esperar que
siendo invitados o no, fuéramos condenados, me fue confiado3 componer y reunir los
artículos de nuestra doctrina, para que si se tratase de deliberaciones, se supiese dónde y
en qué medida queremos o podemos hacer concesiones a los papistas y sobre qué puntos
pensamos definitivamente perseverar y mantenernos.
2 En este sentido he compuesto estos artículos y los he entregado a los nuestros. Han
sido aceptados también por los nuestros y confesados unánimemente, y se ha decidido que
(si el Papa y los suyos alguna vez llegasen a ser tan valientes y serios, sin mentiras y
engaños, para convocar un concilio verdaderamente libre, como es su deber) se debía
presentarlos públicamente como confesión de nuestra fe. 3 Pero la corte romana tiene un
horrible temor ante un concilio libre y huye tan vergonzosamente de la luz, que ha llegado
a arrebatar a los suyos la esperanza de que puedan soportar jamás un concilio libre y
mucho menos convocarlo por propia iniciativa. Están, como es justo, muy enojados y se
sienten bastante molestos por ello, como los que notan que el Papa quisiera ver perdida a
toda la cristiandad y condenadas a todas las almas, antes que él y los suyos quisiesen
reformarse algo y dejar que se ponga un límite a su tiranía.
No obstante, yo he decidido hacer imprimir entretanto y publicar estos artículos para el
caso en que yo muera antes de que un concilio se cele bre (como lo aguardo y espero con
toda certeza), ya que esos bribones que huyen de la luz y temen el día tienen que darse una
miserable molestia en retardar e impedir el concilio. Con ello, los que vivan y subsistan
después de mí, pueden presentar mi testimonio y confesión4 fuera de la confesión que he
publicado anteriormente,5 la cual he permanecido fiel hasta ahora y a la cual espero
permanecer fiel con la Gracia de Dios. 4 En efecto, ¿Qué habría de decir?, ¿De qué habría
de quejarme? Estoy aún en vida, escribo, predico, y dicto clases diariamente. No obstante,
tales personas venenosas se encuentran no sólo entre nuestros adversarios, sino que
también hay falsos hermanos que quieren pertenecer a nuestro partido y que se atreven a
citar directamente contra mí mis escritos y mi doctrina y esto ante mis ojos y oídos,
aunque saben que enseño de otra manera. Quieren dar una bella apariencia a su veneno
con mi trabajo y seducir a la pobre gente bajo mi nombre. ¿Qué será más tarde después de
mi muerte?
5 ¿Hay una razón por qué yo deba responder a todo mientras viva?. Y, ¿cómo podré yo
solo cerrar los hocicos del diablo?. Y en particular a aquellos (todos ellos están
envenenados) que no quieren escuchar ni notar lo que escribimos, sino que se ocupan con
todo afán en trastocar y corromper nuestras palabras en todas sus letras de la manera más
vergonzosa. Dejo responder al diablo tal cosa o finalmente a la ira de Dios, tal como
merecen. 6 Pienso a menudo en el buen Gerson6, que dudaba de si se debía publicar algo
bueno. Si no se hace se abandonarán muchas almas que se podrían salvar. Pero, si se le
hace, ahí estará el diablo con incontables hocicos venenosos y perversos que todo lo
envenenan y trastocan, de modo que se impide el fruto. 7 Lo que ganan con ello, se ve
claramente: Ya que han mentido tan vergonzosamente contra nosotros y han querido
mantener en su partido a la gente con mentiras, Dios ha continuado su obra; hay
disminuido siempre el partido de ellos y aumentado el nuestro, y a ellos con sus mentiras
los ha avergonzado y los sigue avergonzando.
8 Tengo que contar una historia: Aquí en Wittenberg estuvo un doctor enviado de
Francia,7 que dijo públicamente ante nosotros que su rey estaba convencido y más que
convencido de que no había entre nosotros ni igle sia, ni autoridad, ni estado matrimonial,
sino que todo andaba como entre los animales,8 y que cada uno hacía lo que le placía. 9
Ahora bien, ¿te imaginas cómo nos mirarían a la cara en el día del juicio y ante el trono de
Cristo estos hombres que por sus escritos han hecho creer al rey y a otras autoridades
como pura verdad tales groseras mentiras? Cristo, Señor y juez de todos nosotros, sabe
muy bien que mienten y que han mentido. Tendrán que escuchar en su oportunidad el
juicio; lo sé ciertamente. En cuanto a los otros, sólo será su destino pena y dolor eternos.
10 Para volver a mi tema, deseo expresar que me agradaría ver ciertamente que se
celebrase un verdadero concilio, con el cual se ayudaría a muchas cosas y personas.
Nosotros no lo necesitamos, pues nuestras iglesias están ahora iluminadas y provistas por
la Gracia de Dios con la palabra pura y el recto uso del Sacramento, con el conocimiento
de todos los estados,9 y las obras buenas, de tal modo que por nuestra parte no buscamos
ningún concilio y en lo que se refiere a estas materias no podemos esperar ni estar a la
expectativa de nada mejor del concilio. Pero ahí vemos en todas partes en los obispados
parroquias vacías y desiertas que el corazón se le parte a uno. Y, sin embargo, no se
preguntan ni los obispos ni los canónigos cómo vive o muere la pobre gente, por la que,
no obstante, murió Cristo, y a quien no quieren permitir que le oigan hablar con ellos
como el buen pastor con sus ovejas10. 11 Me atemoriza y aterroriza el pensar que alguna
vez haga pasar sobre Alemania un concilio de ángeles que nos destruya a todos desde la
raíz, como Sodoma y Gomorra, puesto que nos burlamos tan insolentemente de El bajo el
pretexto del concilio.11
12 Además de estos asuntos necesarios de la iglesia, habría también cosas innumerables y
grandes que corregir en los estados seculares. Hay discordia entre los príncipes y los
estados,12 la usura y la rapacidad se han desencadenado como un diluvio, y se han
transformado en puro derecho, antojo, impudicia, extravagancia en el vestir, glotonería, el
juego, ostentación y los vicios de todas las clases, maldad, desobediencia de los súbditos,
servidumbre y obreros, extorsión por parte de los artesanos y campesinos13 (y quién puede
contar todo), se han extendido de tal forma que con diez concilios y veinte dietas no se
podría restablecer el orden. 13 Si se llegase a tratar tales asuntos principales de estado
eclesiástico y secular, asuntos que son contrarios a Dios, habría tanto que hacer que se
olvidarían puerilidades y bufonerías sobre el largo de las albas,14 sobre el diámetro de las
tonsuras, el ancho de los cinturones,15 sobre las mitras de obispo y los capelos
cardenalicios, los báculos16 y demás farsas. Si hubiéramos realizado primeramente el
mandamiento y la orden de Dios en el estado eclesiástico y secular, tendríamos suficiente
tiempo para reformar las comidas,17 los vestidos, las tonsuras y casullas.18 Más si
pensamos tragarnos tales camellos y colar los mosquitos,19 o dejar las vigas y censurar la
paja (Mt. 7:3-5), podemos contentarnos con el concilio.
14 Por eso he redactado pocos artículos. En efecto, ya de por sí tenemos tantos encargos
por parte de Dios para cumplir en la iglesia, en la autoridad, en lo doméstico,20 que nunca
podremos cumplirlos. ¿Para qué o de qué sirve que por añadidura se hagan muchos
decretos y ordenanzas en el concilio especialmente cuando estas cosas primarias
ordenadas por Dios no son respetadas ni observadas?. Precisamente como si Dios debiese
honrar nuestras bufonerías a cambio de que nosotros pisoteemos sus serios mandamientos.
Sin embargo, nos agobian nuestros pecados y no permiten que Dios nos dé de su Gracia,
pues lejos de arrepentirnos, queremos defender todas las abominaciones que cometemos.
15 ¡Oh, amado Señor Jesucristo, celebra Tú mismo un concilio y rescata a los tuyos
mediante tu retorno glorioso! Con el Papa y los suyos todo está perdido. A Ti no te
quieren. Socórrenos a nosotros pobres y miserables, que elevamos suspiros a Ti y te
buscamos sinceramente, según la Gracia que nos otorgaste por tu Espíritu Santo, el cual,
contigo y el Padre vive y gobierna alabado eternamente. Amén.
PRIMERA PARTE
Concerniente a los Altos Artículos de la Majestad Divina
1º Que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres personas distintas en una sola esencia y
naturaleza divinas, son un solo Dios que ha creado los cielos y la tierra, etc.
2º Que el Padre de nadie es nacido; el Hijo es nacido del Padre; el Espíritu Santo procede
del Padre y del Hijo.
3º Que el que se hizo hombre no es el Padre, ni el Espíritu Santo, sino el Hijo.
4º El Hijo se hizo hombre de este modo: Fue concebido por obra del Espíritu Santo, sin
intervención de un hombre, nació de la pura y santa Virgen María; después padeció; murió
y fue sepultado; descendió a los infiernos, resucitó de entre los muertos; subió a los cielos,
está sentado a la diestra de Dios, de donde vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos,
etc.; como lo enseña el Credo Apostólico, el de Atanasio y el catecismo infantil usual.
Dado que estos artículos no son motivo de discordia ni objeto de discusión, ya que
nuestros adversarios y nosotros los creemos y confesamos,21 es innecesario que nos
ocupemos ahora más extensamente en ellos.
SEGUNDA PARTE
Concierne a los Artículos relativos al Oficio22
y Obra de Jesucristo o a Nuestra Redención
ESTE ES EL ARTICULO PRIMERO Y PRINCIPAL
1Que Jesucristo, nuestro Dios y Señor “fue entregado por nuestras transgresiones y
resucitado para nuestra justificación” (Ro. 4:25). 2 Sólo Él es “el Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29), y “Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros”
(Is. 53:6). 3 De la misma forma, “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,
siendo justificados gratuitamente por Su Gracia, mediante la redención que es en Cristo
Jesús” (Ro. 3:23-25).
4Ya que esto es menester creerlo, sin que sea posible alcanzarlo o comprenderlo por
medio de obras, leyes o méritos, es claro y seguro que sólo tal fe nos justifica como dice
San Pablo en Romanos 3:28: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe, sin
las obras de la Ley”. Igualmente: “A fin de que Él sea el justo, y el que justifica al que es
de la fe en Jesús” (Ro. 3:26).
5Apartarse de este artículo o hacer concesiones no es posible, aunque se hundan el cielo y
la tierra y todo cuanto es perecedero. Pues, “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los
hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12), dice San Pablo. “Y por su llaga fuimos
nosotros curados” (Is. 53:5). Sobre este artículo reposa todo lo que enseñamos y vivimos,
en oposición al Papa, al diablo y al mundo. Por eso, debemos estar muy seguros de él y no
dudar; de lo contrario, está todo perdido y el Papa y el diablo y todos nuestros adversarios
obtendrán contra nosotros la victoria y la razón.
ARTICULO SEGUNDO
1 Que la misa debe ser considerada la mayor y más horrible abominación del papado,
pues ella se opone directa y violentamente a este artículo principal y es de todas las
idolatrías papistas la mayor y la más bella pues se admite que el sacrificio o la obra que es
la misa (aun celebrada por perversos indignos23) libra24 al hombre de los pecados, tanto
aquí en la vida como en el purgatorio, lo cual no puede ni debe hacer sino el Cordero de
Dios únicamente, como se ha dicho anteriormente. Respecto a este artículo no hay que
apartarse ni hacer concesiones, ya que el primer artículo no lo permite.
2 Si hubiera papistas razonables, se podría hablar con ellos de la siguiente manera en
forma amistosa: ¿Por qué se aferran tanto a la misa? No es sino una invención humana no
ordenada por Dios y todas las invenciones humanas las podemos abandonar, como Cristo
dice en Mateo 15: “En vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de
hombres” (Mt. 15:9).
3 En segundo término la misa es una cosa innecesaria, de la cual se puede prescindir sin
pecado y peligro.
4 En tercer término, el Sacramento se puede recibir de modo mucho mejor y saludable,
según la institución de Cristo, y más aún, este es el único modo saludable.25 En efecto,
¿por qué querer arrojar al mundo a la extrema miseria por causa de una cosa innecesaria e
inventada siendo que hay una manera mejor y más salutífera de obtenerlo?
5 Que se predique a la gente públicamente que la misa, como cosa humana, se puede
abandonar sin pecado y que no puede ser condenado el que no la respete; podrá ser salvo
sin la misa de una manera mejor. ¿No decaería entonces la misa por sí misma, no sólo
entre el populacho loco, sino también entre todos los piadosos, cristianos razonables,
temerosos de Dios? Mucho más debería ocurrir cuando escucharan que la misa es una
cosa peligrosa, imaginada e inventada sin la Palabra y la voluntad de Dios.
6 En cuarto lugar, ya que han surgido en todo el mundo tales incontables e indecibles
abusos con la compra y venta de misas, se tendría razón en abandonarla solamente para
evitar tales abusos, aun cuando tuviese en sí misma algo de útil y bueno. ¡Cuánto más
debería abandonársele para prevenir abusos para siempre, ya que ella es completamente
innecesaria, inútil y peligrosa, en circunstancias que se puede obtener todo de una manera
más necesaria, más útil y más cierta sin la misa.
7 En quinto lugar, dado que la misa no es ni puede ser otra cosa (como el Canon26 y
todos los libros27 dicen) que una obra de los hombres (celebrada también por perversos
indignos), una obra por la cual uno mismo, el hombre que la celebra, puede obtener por sí
mismo y por otros reconciliación con Dios, adquirir y merecer el perdón de los pecados y
la Gracia (así es, en efecto, cuando se celebra de la mejor manera; De lo contrario: ¿Qué
sería entonces?), se debe y es menester condenarla y reprobarla, pues esto está
directamente contra el artículo principal que afirma que el que lleva nuestros pecados no
es un oficiante de misa28 con su obra, sino el Cordero de Dios y el Hijo de Dios (Jn. 1:29).
8 Si alguien para justificar su proceder quisiera pretextar que para su propia edificación29
se da la comunión a sí mismo, éste no habla en serio, pues si quiere comulgar con
seriedad, lo encontrará seguramente y de la mejor manera en el Sacramento administrado
según la institución de Cristo. Pero darse la comunión a sí mismo es incierto e innecesario
y además prohibido. El que actúa así no sabe lo que hace, porque sigue a falsas ilusiones e
invenciones humanas sin la Palabra de Dios. 9 Tampoco es justo (aunque todo lo demás
estuviese en orden) que un hombre quiera usar del sacramento común de la iglesia según
su necesidad religiosa30 y con ello hacer un juego a su gusto sin la Palabra de Dios y al
margen de la comunidad con la iglesia.
10 Este artículo de la misa será el punto decisivo en el concilio. En efecto, aunque fuere
posible que nos hicieran concesiones en todos los otros artículos, no pueden en este
hacernos concesiones, como dijo Campegio en Augsburgo31: se dejaría hacer pedazos
antes que abandonar la misa.32 También yo prefiero, con ayuda de Dios, ser reducido a
cenizas antes que permitir que un oficiante de misa, malo o bueno, y su obra sean iguales
y mayores que mi Señor y Salvador Jesucristo. Por consiguiente, estamos y
permanecemos eternamente divididos y opuestos. Bien lo sienten ellos: Si la misa cae, el
papado sucumbe también.33 Antes que dejen que ocurra esto, nos matan a todos si tuviesen
la posibilidad.
11 Además de todo lo indicado, esa cola de dragón, la misa, ha engendrado muchos
parásitos y ponzoñas de idolatrías de diversa clase.
12 En primer lugar: El purgatorio34. Misas para los difuntos35, vigilias, servicios fúnebres
celebrados el séptimo día, el trigésimo, al cabo de un año36, la semana común,37 el día de
todos los muertos38 y el baño de las almas:39 todo esto se ha relacionado con el purgatorio,
de modo que la misa se usa casi exclusivamente para los muertos, mientras Cristo
instituyó el Sacramento sólo para los vivos. Por eso hay que considerar el purgatorio con
todas sus ceremonias, cultos y maquinaciones como un puro fantasma diabólico, pues
nuevamente está contra el artículo principal, según el cual sólo Cristo y no las obras del
hombre pueden ayudar a las almas. Además, nada se nos ha mandado u ordenado en
relación con los muertos; por ello, se haría bien si se dejase de lado todo esto, aun cuando
no fuera error o idolatría.
13 Los papistas citan aquí a San Agustín y a ciertos padres40 que habrían escrito sobre el
purgatorio y piensan que no vemos para qué y con qué intención ellos mencionan estas
citas. San Agustín no dice que existe un purgatorio,41 ni tiene pasajes bíblicos que lo
obliguen a aceptarlo, sino que deja sin definir si existe o no. Dice que su madre ha
deseado que se le recordase en el altar o en el sacramento. Todas estas no han sido sino
expresiones de devoción humana por parte de algunas personas que no instituyen artículos
de fe, lo cual sólo le corresponde a Dios. 14 Pero nuestros papistas utilizan tales pala bras
humanas para que se deba creer en su vergonzoso, sacrílego, maldito mercado de misas
que se ofrecen por los muertos, cuyas almas están en el purgatorio, etc. Están lejos de
probar tales cosas por San Agustín. Cuando hayan abolido el mercado de misas por las
almas del purgatorio –sobre lo cual nunca soñó San Agustín- entonces podremos hablar
con ellos sobre si las palabras de San Agustín sin la Escritura son aceptables y si los
muertos deben ser conmemorados en el Sacramento. 15 No es válido que de las obras o
palabras de los santos padres se hagan artículos de fe; de lo contrario, tendrían también
que hacerse artículo de fe los alimentos, los vestidos, las casas, etc., que ellos tuvieron,
como se ha hecho con las reliquias. Está escrito42 que la Palabra de Dios debe establecer
artículos de fe y nadie más, ni siquiera un ángel.
16 En segundo término, es una consecuencia que los malos espíritus han realizado la
perversidad de haber aparecido como almas humanas43 y exigido con mentiras indecibles
y malignidad, misas, vigilias, peregrinaciones, 17 y otras limosnas que todos hemos
estado obligados a aceptar como artículos de fe y a vivir de acuerdo con ellas. Tales cosas
las ha confirmado el Papa, como también la misa y todas las otras abominaciones. En este
punto tampoco es posible ceder o hacer concesiones.
18 En tercer lugar: las peregrinaciones. Aquí también se ha buscado misas, perdón de los
pecados y Gracia de Dios, pues la misa lo ha gobernado todo. Es indudable que tales
peregrinaciones, sin la Pala bra de Dios44 no nos han sido mandadas, y tampoco son
necesarias, porque podremos obtener la Gracia de Dios de una manera mejor, y nos
podemos dispensar de ellas sin pecado ni peligro. ¿Por qué razón se echa a un lado a la
propia parroquia, la Palabra de Dios, la mujer y los hijos, etc., que son necesarios y
mandados por Dios, por ir detrás de manejos diabólicos innecesarios, inciertos,
perjudiciales, solamente porque el diablo haya convencido al Papa de que los ensalce y
confirme, para que la gente se aparte más y más de Cristo y confíe en sus propias obras y
se vuelva idólatra, lo que es peor?. 19 Pero, fuera de ser cosas innecesarias, no mandadas,
ni aconsejadas e inciertas, son además perjudiciales. 20 Por eso, en este punto no es
tampoco posible ceder o hacer concesiones. ¡Que se predique diciendo que las
peregrinaciones son cosas innecesarias, y además peligrosas, y luego veremos dónde
quedan!
21 En cuarto lugar, las cofradías. Aquí los conventos, los capítulos y los vicarios45 se han
comprometido por escrito (según un contrato justo y honrado) a compartir todas las misas,
buenas obras, etc., tanto por los vivos como por los muertos. Esto no es solamente una
pura invención humana, sin la Palabra de Dios, totalmente inútil y no mandada, sino
también en contra del artículo primero, sobre la redención. Por ello, no podemos de
ningún modo tolerarlo.
22 En quinto lugar, las reliquias. En esto se han inventado tan diversas mentiras y
necedades manifiestas, tales como los huesos de perro y caballo,46 que por la misma razón
de estas imposturas,47 de las que el diablo se reía, deberían estar condenadas desde hace
mucho tiempo, aunque hubiera algo de bueno en ellas. Además, sin la Palabra de Dios, no
siendo prescriptas ni aconsejadas, son una cosa enteramente innecesaria e inútil. 23 Pero
lo peor es que se les considera como eficaces para la obtención de indulgencias y el
perdón de los pecados, como si fueran una buena obra o un culto divino, como la misa.
24 En sexto lugar, las queridas indulgencias48 que son concedidas a los vivos y a los
muertos (pero a cambio de dinero). En las tales ese miserable Judas que es el papa, vende
los méritos de Cristo al mismo tiempo que los méritos superabundantes de todos los
santos49 y de la iglesia entera. Todo esto no podemos tolerarlo. No es solamente sin la
Palabra de Dios, innecesario y no mandado, sino también en contra del primer artículo,
pues los merecimientos de Cristo no son alcanzados mediante nuestras obras o dinero,
sino mediante la fe por la Gracia; son ofrecidos con ausencia de todo dinero y
merecimiento, no por la fuerza del papa, sino mediante la predicación o la Palabra de
Dios.
Sobre la Invocación de los Santos
25 La invocación de los santos es también uno de los abusos introducidos por el
Anticristo, contradice el primer artículo principal y destruye el conocimiento de Cristo.
Tampoco es mandada ni aconsejada, ni hay ejemplo de ello en la Escritura. Aunque fuese
una cosa preciosa, lo que no lo es, tenemos todo mil veces mejor en Cristo.50
26 Aun cuando los ángeles del cielo, lo mismo que los santos que están sobre la tierra o
quizá también los del cielo interceden por nosotros (como Cristo mismo lo hizo también),
no se deduce por eso que debamos invocar y adorar a los ángeles, ayunar por ellos,
celebrar fiestas y misas, ofrecerles sacrificios, fundar templos, levantar altares, crear
cultos especiales para ellos y servirles de alguna otra manera más, considerándolos como
auxiliares atribuyéndoles diversa clase de poderes ayudadores,51 a cada uno un poder
especial, como enseñan y hacen los papistas. Tal cosa es idolatría, pues tal honor sólo le
corresponde a Dios. 27 En efecto, en cuanto cristiano y en cuanto santo viviente sobre a
tierra, puedes rogar por mí, no sólo en una determinada necesidad sino en todas. Pero, por
tal motivo, no debo adorarte, invocarte, celebrar fiestas, ayunar, sacrificar, celebrar misa
en tu honor y poner en ti mi fe para la salvación. Bien te puedo honrar de otras maneras y
amarte y agradecerte en Cristo. 28 Si se suprime tal honor idólatra de los ángeles y de los
santos muertos, entonces, el otro honor no tendrá efectos perjudiciales e incluso se
olvidará pronto. Porque una vez que no hay esperanza de conseguir ayuda corporal y
espiritual [de los santos], se dejará a los santos en paz, tanto en la tumba como en el cielo.
Por mero desinterés o por amor nadie se acordará mucho de ellos, ni los tendrá en estima
ni honrará.
29 En resumen, no podemos consentir y debemos condenar lo que es la misa, lo que de
ella se deduce y lo que de ella depende para que se pueda conservar el Santo Sacramento
en forma pura y segura, según la institución de Cristo, usado y recibido mediante la fe.
ARTICULO TERCERO
1 Que los capítulos52 y los conventos, fundados antiguamente con la buena intención de
formar hombres instruidos y mujeres honestas, deben ser nuevamente ordenados a tal uso,
a fin de que se pueda tener también pastores, predicadores y otros servidores de la iglesia,
lo mismo que personas necesarias para el gobierno secular en las ciudades y en los países,
también jóvenes muchachas bien educadas para llegar a ser madres de familia y amas de
casa, etcétera.
2 Si no quieren [los capítulos y conventos] servir a esto, es mejor dejarlos yacer en ruinas
y destruirlos, antes que verlos ser considerados, con su culto que es una ofensa a Dios y
una invención de los hombres, como superiores al estado común de cristianos, a las
funciones y órdenes53 que Dios ha fundado; porque todo está nuevamente contra el
primero y principal artículo de la redención realizada por Jesucristo. Además (como toda
invención humana), no son mandados, ni necesarios, ni útiles, más aún, constituyen un
fatigoso trabajo, peligroso y perjudicial y en vano, como dicen los profetas respecto a tales
cultos divinos llamándolos aven, 54 esto es, trabajo fatigoso.
ARTICULO CUARTO
1 Que el Papa no es de iure divino, es decir, en virtud de la Palabra de Dios,55 la cabeza
de toda la Cristiandad (porque esto le corresponde solamente a Jesucristo), sino sólo el
obispo o el pastor de la iglesia de [la ciudad] Roma o de todas aquellas que
voluntariamente o por obediencia a una institución humana (esto es la autoridad secular56)
se han supeditado a él, no bajo él como un señor, sino junto a él, hermanos y colegas,
como cristianos, como lo demuestran los antiguos concilios y los tiempos de San
Cipriano.57 2 No obstante, ningún obispo, ni siquiera un rey o emperador se atreven a
llamar al Papa “hermano”, como en aquellos tiempos, sino que tiene que nombrarlo “muy
clementísimo señor”. Esto no lo queremos, no lo debemos y no lo podemos admitir en
nuestra conciencia. El que lo quiera hacer, que lo haga sin nosotros.
3 De aquí se deduce que todo lo que el Papa ha realizado y emprendido basándose en tal
falso, perverso, blasfemo, usurpado poder, no ha sido ni tampoco hoy día más que cosas y
negocios diabólicos (salvo en lo que concierne al poder secular, donde Dios se sirve de un
tirano o de un malvado para hacer el bien a un pueblo) para perdición de toda la santa
iglesia cristiana (en cuanto de él depende) y para destruir este primer artículo principal de
la redención por Jesucristo.
4 En efecto, todas sus bulas y libros están ahí, en los que semejante a un león, ruge (como
lo representa el ángel del capítulo 12 del Apocalipsis58) que ningún cristia no puede ser
salvo, si no es obediente y se somete a él en todas las cosas, en lo que quiera, en lo que
diga, en lo que haga.59 Esto equivale a decir: “Aunque creas en Cristo y tengas todo en él
cuanto es necesario para la salvación, será en vano todo y de nada de ha de valer, sino me
consideras como a tu Dios y no te sometes y me obedeces”. Sin embargo es manifiesto
que la santa iglesia estuvo sin Papa por lo menos quinientos años60 y hasta hoy la iglesia
griega y muchas otras iglesias que hablan otros idiomas no han estado nunca ni están bajo
el dominio del Papa. 5 Esto, como se ha dicho a menudo, es una invención humana que no
está basada sobre ningún mandamiento, es innecesaria y vana, pues la santa iglesia
cristiana puede permanecer bien sin tal cabeza e incluso habría permanecido mejor, si tal
cabeza no se le hubiera agregado por el diablo. Además, el papado no es ninguna cosa útil
en la iglesia, ya que no ejerce ninguna función61 cristiana. 6 Por consiguiente, la iglesia
debe permanecer y subsistir sin el Papa.
7 Pongo el caso de que el Papa renunciase a ser el jefe supremo por derecho divino o por
mandato de Dios y que, en cambio para poder mantener mejor la unidad de la iglesia
contra las sectas y las herejías, se debiese tener una cabeza, a la cual se atuviesen todos los
demás. Tal cabeza sería, entonces, elegida por los hombres y estaría en la elección y el
poder humano modificar o destruir tal cabeza, como lo ha hecho exactamente en
Constanza el concilio con los papas; destituyeron tres y eligieron un cuarto.62 Pongo el
caso, pues que el Papa y la sede de Roma consintiesen y aceptasen tales cosas, lo cual es
imposible, porque tendría que permitir que se cambiara y destruyera todo su gobierno y
estado con todos sus derechos y libros. En resumen, no puede hacerlo. Sin embargo, con
ello, no se ayudaría en nada a la Cristiandad y surgirían más sectas que antes. 8 En efecto,
puesto que no se tendría que estar sometido a una tal cabeza por orden de Dios, sino por la
buena voluntad humana, sería pronto y fácilmente despreciada y finalmente no podría
retener a ningún miembro [bajo su dominación]. No debería estar en Roma o en otro lugar
determinado,63 sino donde y en qué iglesia Dios hubiera dado un hombre tal que fuese
capacitado para ello. ¡Oh, qué estado de complicación y desorden tendría que surgir!
9 Por lo tanto, la iglesia nunca puede estar mejor gobernada y mejor conservada que
cuando todos nosotros vivimos bajo una cabeza que es Cristo, y los obispos, todos iguales
en cuanto a su función64 (aunque desiguales en cuanto a sus dones65) se mantienen
unánimes en cuanto a la doctrina, fe, sacramentos, oraciones y obras del amor, etc. De este
modo escribe San Jerónimo66 que los sacerdotes de Alejandría gobernaban en conjunto y
en común las iglesias, como los apóstoles lo habían hecho también y después todos los
obispos en la cristiandad entera, hasta que el Papa elevó su cabeza por encima de todos.
10 Este hecho demuestra evidentemente que el Papa es el verdadero Anticristo,67 que se
ha colocado encima de Cristo y contra Él, puesto que no quiere que los cristianos lleguen
a ser salvados sin su poder, a pesar de que no vale nada, porque no ha sido ordenado ni
mandado por Dios. 11 Esto propiamente, como dice San Pablo, “se opone y se levanta
contra Dios” (2Ts. 2:4). Los turcos y los tártaros no actúan así, aunque sean muy
enemigos de los cristianos; al contrario, dejan creer en Cristo al que quiera y no exigen de
los cristianos sino el tributo y la obediencia corporales. 12 Pero el Papa no quiere dejar
creer [en Cristo], sino que se le debe obedecer para ser salvo. Eso no lo haremos, antes
moriremos en el nombre de Dios. 13 Todo esto viene porque el Papa ha exigido ser
llamado de jure divino jefe de la iglesia cristiana. Por eso se tuvo que colocar a la par de
Cristo y sobre Cristo, y ensalzarse como la cabeza y después como el señor de la iglesia y
finalmente también de todo el mundo y directamente un Dios terrenal,68 hasta a atreverse a
dar órdenes a los ángeles en el Reino de los Cielos.69
14 Y cuando se establece una distinción entre la doctrina del Papa y la Sagrada Escritura o
cuando se les confronta y se les compara, se encuentra que la doctrina del Papa en su
mejor parte está tomada del derecho imperial pagano,70 y enseña negocios y juicios
mundanos, como lo atestiguan sus decretales.71 Trata en seguida [la doctrina papal] de las
ceremonias eclesiásticas, de las vestiduras, de los alimentos, de las personas y similares
juegos pueriles, obras carnavalescas y necias, sin medida alguna, pero, en todas estas
cosas, nada de Cristo, de la fe y de los mandamientos de Dios.
Al fin y al cabo nadie sino el mismo diablo es quien con engaño de las misas, el
purgatorio, la vida conventual, realiza su propia obra y su propio culto (lo que es, en
efecto, el verdadero papado), sobreponiéndose y oponiéndose a Dios, condenando,
matando, y atormentando a todos los cristianos que no ensalzan y honran sobre todas las
cosas tales horrores suyos. Por lo tanto, así como no podemos adorar al diablo mismo
como un señor o un dios, tampoco podemos admitir como cabeza o señor en su gobierno a
su apóstol, el Papa o Anticristo. Pues su gobierno papal consiste propiamente en mentiras
y asesinatos, en corromper eternamente las almas y los cuerpos, como ya he demostrado
esto en muchos libros.
15 En estos cuatro capítulos tendrán [los papistas] bastante materia para condenar en el
concilio, ya que no pueden ni quieren concedernos ni un ápice en los mismos. De esto
debemos estar seguros y abrigar la esperanza de que Cristo, nuestro Señor, haya de atacar
a sus adversarios y se impondrá por medio de su Espíritu como por medio de su venida.72
Amén.
16 En el concilio no estaremos delante del emperador o de una autoridad secular (como en
Augsburgo, donde el emperador73 publicó un manifiesto tan clemente y con bondad
permitió examinar las cosas). Al contrario, estaremos en presencia del Papa y del diablo
mismo, que sin querer escuchar nada, va a querer sin vacilación alguna condenar, asesinar,
y obligar a la idolatría. Por lo tanto, no besaremos aquí74 sus pies o diremos: “Sois nuestro
clemente señor”, sino que igual que en Zacarías (Zac. 3:2) el ángel dice al diablo: “Jehová
te reprenda, oh Satanás”.75
TERCERA PARTE
Las partes o artículos que ahora siguen los podremos tratar con personas instruidas,
razonables o entre nosotros mismos, ya que el Papa y su imperio no los tienen en gran
estima, pues conscientia 76 no existe entre ellos, sino dinero, honores y poder.
Sobre el Pecado
1 Tenemos que confesar aquí, como San Pablo lo hace en el capítulo 5 de la Epístola a
los Romanos, que el pecado ha entrado al mundo por un solo hombre, Adán, por cuya
desobediencia todos los hombres han llegado a ser pecadores, sometidos a la muerte y al
diablo. Esto es lo que se llama pecado original o capital.
2 Los frutos de este pecado son las obras malas que están prohibidas en el Decálogo
como la incredulidad, la falsa fe, la idolatría, desconfianza frente a Dios, falta de temor a
Dios, presunción, desesperación, ceguedad y en resumen: No conocer o desprecia r a Dios.
Después viene el mentir, el jurar por el nombre de Dios, no orar, no invocar, despreciar la
Palabra de Dios, la desobediencia a los padres, el asesinar, la impudicia, el robar, el
engañar, etc.
3 Este pecado original es una corrupción tan profunda y perniciosa de la naturaleza
humana que ninguna razón la puede comprender, sino que tiene que ser creída basándose
en la revelación de la Escritura,77 como consta en el Salmo 50, en el capítulo 5 de la
Epístola a los Romanos, en el capítulo 33 de Éxodo y en el capítulo 3 de Génesis. Por eso,
no es más que error y ceguedad lo que los teólogos escolásticos han enseñado en contra de
este artículo:
4 1º A saber, que después de la Caída original78 de Adán las fuerzas naturales del hombre
quedaron íntegras e incorruptas y que el hombre, por naturaleza, tiene una razón recta y
una buena voluntad, como lo enseñan los filósofos.79
5 2º Igualmente, que el hombre posee una voluntad libre para hacer el bien y para
abstenerse del mal y a su vez para abstenerse del bien y para hacer el mal.
6 3º Del mismo modo que el hombre, por sus fuerzas naturales, puede cumplir y observar
todos los mandamientos de Dios.
7 4º De la misma manera que puede, por sus fuerzas naturales, amar a Dios por encima de
todas las cosas y a su prójimo como a sí mismo.
8 5º Igualmente, que si el hombre hace todo lo que le es posible, Dios le otorga con toda
certeza su Gracia.
9 6º Del mismo modo, que para participar del Sacramento no es necesario que el hombre
tenga una buena intención de hacer el bien, sino que basta que no tenga una mala
intención de cometer un pecado. Hasta tal punto es buena la naturaleza humana y eficaz el
Sacramento.
10 7º Que no está basado en la Escritura que [para hacer] buenas obras es necesario el
Espíritu Santo con sus dones.
11 Esas y otras afirmaciones semejantes han sido la consecuencia de la incomprensión y
de la ignorancia, tanto respecto del pecado como de Cristo nuestro Salvador. Son
verdaderas doctrinas paganas que no podemos admitir. En efecto, si esta doctrina debe ser
considerada correcta, entonces ha muerto en vano Cristo, porque no hay en el hombre ni
daño ni pecado, por los cuales Él habría tenido que morir, o habría muerto solamente por
[nuestro] cuerpo, pero no por el alma, ya que el alma estaría sana y sólo el cuerpo
sometido a la muerte.
Sobre la Ley
1 Aquí consideramos que la Ley ha sido dada por Dios, en primer término, para colocar
un freno al pecado con amenazas y por el temor al castigo y con promesas y ofrecimiento
de otorgarnos su Gracia y todo bien. Pero, a causa de la maldad que el pecado ha causado
en el hombre, todo esto ha quedado malogrado. 2 Algunos han llegado a ser peores y
enemigos de la Ley, porque les prohíbe lo que quisieran hacer con gusto y les manda lo
que les disgusta hacer. Por eso, en la medida en que el castigo no lo impida, cometen
trasgresión de la Ley, más aún que antes. Tales son las personas groseras y malvadas que
hacen el mal cuando tiene ocasión y lugar.
3 Otros llegan a ser ciegos y presuntuosos; pie nsan que observan la Ley y que la pueden
observar por sus propias fuerzas, como antes se ha dicho respecto a los teólogos
escolásticos. De aquí provienen los hipócritas y falsos santos.
4 La función80 principal o virtud81 de la Ley es revelar el pecado original con los frutos y
todo lo demás y mostrar al hombre cuán profunda y abismalmente a caído y está
corrompida su naturaleza. Pues la Ley le debe decir que no tiene a Dios ni lo venera, o que
adora a dioses extraños, lo cual antes y sin Ley no habría creído. Con ello el hombre se
espanta, es humillado, se siente fracasado, desesperado; quisiera ser socorrido y no sabe
dónde refugiarse; comienza a ser enemigo de Dios y a murmurar, etc. 5 Es lo que dice en
el II capítulo de la Epístola a los Romanos: “La Ley excita la cólera”,82 y en el capítulo 5
de la misma: “El pecado se abunda por la Ley” (Ro. 5:20).
Sobre el Arrepentimiento83
1 Esta función84 de la Ley la mantiene y la practica el Nuevo Testamento. Es lo que hace
Pablo cuando dice en el capítulo 1 de Romanos: “La ira de Dios se revela desde el cielo
contra los hombres” (Ro. 1:18); igualmente en el capítulo 3. El mundo entero es culpable
ante Dios y ningún hombre es justo ante Él (Ro. 3:19 y 20); Cristo mismo dice en el
capítulo 16 de Juan que el Espíritu Santo convencerá al mundo de pecado (Jn. 16:8).
2 Esto es el rayo de Dios con el cual destruye en conjunto tanto a los pecadores
manifiestos como a los falsos santos; a nadie deja ser justo, les infunde a todos el horror y
la desesperación. Es el martillo (como dice Jeremías): “Mi palabra es como martillo que
quebranta la piedra”) (Jer. 23:29). Esto no es una activa contritio, una contrición que sería
obra del hombre sino una pasiva contritio , el sincero dolor del corazón, el sufrimiento y el
sentir la muerte.
3 Y es así como comienza el verdadero arrepentimiento, debiendo el hombre escuchar la
siguiente sentencia: “Vosotros todos nada valéis; vosotros, ya seáis pecadores manifiestos
o santos, debéis llegar a ser otros de lo que sois ahora, y obrar de manera distinta que
ahora. Quienes y cuan grandes seáis, sabios, poderosos y santos, y todo cuanto queráis,
aquí no hay nadie justo, etcétera”.85
4 A esta función86 el Nuevo Testamento agrega inmediatamente la consoladora promesa
de la Gracia, promesa dada por el Evangelio y en la cual hay que creer. Como Cristo dice
en el capítulo 1 de Marcos: “Arrepentios y creed en el Evangelio” (Mr. 1:15). Esto es,
haceos otros y obrad de otra manera y creed mi promesa. 5 Y antes que él, Juan es
llamado un predicador del arrepentimiento, pero para la remisión de los pecados. Esto es,
[su misión] consistía en castigar a todos los hombres y presentarlos87 como pecadores,
para que supiesen lo que eran ante Dios y se reconociesen como hombres perdidos y para
que entonces estuviesen preparados para el Señor a recibir la Gracia, esperar y aceptar el
perdón de los pecados. 6 Cristo mismo lo dice en el último capítulo de Lucas: “Es
necesario que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecado en
todas las naciones” (Lc. 24:47).
7 Sin embargo, cuando la Ley ejerce tal función sola, sin el apoyo del Evangelio, es la
muerte, el infierno, y el hombre debe caer en desesperación, como Saúl y Judas,88 según
dice San Pablo: “Porque sin la Ley el pecado está muerto” (Ro. 7:10). 8 A su vez el
Evangelio no da una sola clase de consuelo y perdón, sino que por la Palabra, por los
Sacramentos y por otros medios semejantes, como lo explicaremos, de modo que la
redención sea tan abundante en Dios (como lo dice el Salmo 12989) frente a la gran
cautividad de los pecados.
9 Pero, ahora es necesario que comparemos el arrepentimiento verdadero con el
arrepentimiento falso de los sofistas,90 de manera que ambos sean entendidos mejor.
Sobre el Falso Arrepentimiento de los Papistas
10 Ha sido imposible para los papistas enseñar correctamente acerca del arrepentimiento,
ya que desconocen los verdaderos pecados. En efecto, como lo hemos dicho antes, captan
mal el pecado original; por lo contrario, dicen que las fuerzas naturales del hombre han
permanecido enteras e incorruptas; que la razón puede enseñar correctamente y la
voluntad cumplir correctamente lo que dicta la razón; que Dios da con toda certeza al
hombre la Gracia cuando hace todo lo que le es posible según su libre voluntad.
11 De esto necesariamente tenía que seguir que no se arrepentían sino solamente de los
pecados actuales, como los malos pensamientos a los cuales la voluntad del hombre no se
había resistido (pues los malos afectos,91 placeres, los deseos impuros, las malsanas
excitaciones no eran considerados pecados), malas palabras, malas obras, cosas todas de
las cuales podría haberse abstenido la libre voluntad.
12 En este arrepentimiento distinguían tres partes: Contrición, confesión y satisfacción,92
agregando este consuelo y esta promesa; Si el hombre siente una contrición verdadera, se
confiesa y da satisfacción, entonces ha merecido con ello el perdón y ha pagado sus
pecados ante Dios. Conducían de esta forma a los penitentes a confiar en sus propias
obras. 13 De aquí viene la fórmula que se pronunciaba desde el púlpito en la confesión
general al pueblo: “Oh, Dios, prolonga mi vida hasta que yo haya hecho penitencia por
mis pecados y haya mejorado mi vida”.93
14 Aquí no había mención alguna de Cristo o de la fe; por lo contrario, se esperaba por
medio de las propias obras vencer los pecados y borrarlos ante Dios. También nosotros
hemos llegado a ser sacerdotes y monjes, porque queríamos luchar nosotros mismos
contra el pecado.
15 Con la contrición sucedía lo siguiente: Como ningún hombre podía acordarse de todos
sus pecados (en particular los cometidos durante un año entero94), encontraron entonces la
siguiente escapatoria: al venir a la memoria los pecados olvidados, era preciso sentir
contrición también de ellos, y confesarlos, etc.; mientras tanto estaban encomendados a la
gracia divina.
16 Además, como nadie sabía cuán grande debía ser la contrición, para que fuese
satisfactoria ante Dios. daban el siguiente consuelo: El que no podía tener la contrición,
debía tener atrición, o sea, lo que yo podría llamar una contrición a medias o el comienzo
de una contrición, pues ellos mismos no han comprendido, ni saben lo que significan
ambas cosas, lo mismo que yo. Tal attritio era contada como contritio en la confesión.
17 Si ocurría que alguien afirmaba que no podía sentir contrición o pesar por sus pecados
–lo que podía acontecer en trato amoroso con rameras o afán de venganza, etc.- se le
preguntaba si acaso no deseaba o quisiera gustosamente sentir contrición. Si respondía sí
(en efecto, ¿quién sino el diablo diría no?), consideraban esto entonces como contrición y
le perdonaban los pecados en razón de esta su buena obra. Aquí citaban como ejemplo a
San Bernardo, etcétera.95
18 Aquí se ve que la ciega razón anda a tientas en las cosas de Dios y busca consuelo en
sus propias obras, según su antojo, sin que pueda pensar en Cristo o en la fe. Si se
examina esto a la luz del día, tal contrición es una idea fabricada e inventada por las
propias fuerzas, sin fe y sin conocimiento de Cristo. En ello, a veces, el pobre pecador, si
hubiera pensado en su placer o venganza, habría preferido reír que llorar, con excepción
de los que han sido tocados en lo más íntimo por la Ley o atormentados en vano por el
diablo con un espíritu de tristeza. De lo contrario, con certeza, tal contrición ha sido pura
hipocresía y no ha matado el deseo de pecado. En efecto, tuvieron que sentir contrición
cuando habrían preferido pecar si hubiesen tenido la libertad.
19 En relación con la confesión las cosas estaban del modo siguiente: Cada cual debía
relatar todos sus pecados (cosa completamente imposible), lo que era un gran tormento.
Sin embargo, los que había olvidado le eran perdonados bajo la condición de que los
confesara cuando los recordase.
No podía saber jamás si se había confesado con bastante pureza o cuando alguna vez
debería tener un fin la confesión. No obstante, era remitido a sus obras y se le decía que
cuanto con mayor pureza se confiese un hombre y cuanto más se avergüence y humille
ante el sacerdote, tanto más pronto y mejor satisfará por sus pecados, pues tal humildad
adquirirá con certeza la Gracia de parte de Dios.96
20 Aquí no había tampoco ni fe ni Cristo y no se le anunciaba la virtud de la absolución,97
sino que su consuelo consistía en recuentos de pecados y avergonzarse. Pero no es aquí el
lugar de relatar cuántas torturas, canalladas e idolatrías ha producido tal clase de
confesión. 21 La satisfacción es cosa aún más compleja, pues ningún hombre podía saber
cuánto debía hacer por un solo pecado y mucho menos por todos. Imaginaron entonces un
recurso, es decir, imponían escasas satisfacciones que se podían cumplir fácilmente, como
cinco padrenuestros, un día de ayuno, etcétera. El resto del arrepentimiento lo remitían al
purgatorio.
22 Aquí no había tampoco sino miseria y aflicción. Algunos pensaban que nunca saldrían
del purgatorio, porque de acuerdo con los antiguos cánones a un pecado mortal se le
adjudicaban siete años de penitencia.98 23 También aquí se depositaba la confianza en
nuestras obras de la satisfacción y si la satisfacción hubiera podido ser perfecta, entonces
la confianza se habría posado totalmente sobre ella y ni la fe ni Cristo habrían sido útiles;
pero tal satisfacción perfecta era imposible. Aun cuando alguien hubiese practicado tal
clase de arrepentimiento durante cien años, no obstante, no habría sabido cuándo habría
llegado a un arrepentimiento completo. Esto significaba arrepentirse constantemente y
nunca llegar al verdadero arrepentimiento.
24 Entonces vino a ayudar aquí la santa sede de Roma a la pobre iglesia e inventó las
indulgencias, por las cuales perdonaba y suprimía la satisfacción, primero por siete años
en casos particulares, después por cien años, etc.; y la s repartía entre los cardenales y los
obispos, de manera que uno podía dar cien años, otro cien días de indulgencia. Sin
embargo, la supresión de toda la satisfacción la santa sede la reservaba para ella misma.99
25 Dado que tal cosa comenzó a ser fuente de dinero y el mercado de bulas era bueno, la
santa sede inventó “el año áureo”100 y lo radicó en Roma. Esto significaba perdón de todos
los tormentos y culpas.101 Entonces acudió a la gente, pues cada uno quería verse librado
de la tan pesada e insoportable carga. Esto significaba descubrir y poner a la luz los
tesoros de la tierra.102 En seguida se apresuró el Papa a establecer muchos años áureos.103
Pero cuanto más dinero engullía tanto más se le ensanchaba su gaznate. Por eso envió sus
legados con estos años áureos a los países, hasta que cada iglesia y cada casa estuvieron
llenas de años de oro.104 26 Finalmente irrumpió hasta en el purgatorio, entre los muertos,
primero con fundaciones de misas y de vigilias, después con su indulgencia 105 con bulas y
con su jubileo y por fin las almas bajaron tanto de precio que liberaba a una por un
céntimo.106
27 Aquí vemos que el falso arrepentimiento comenzó con pura hipocresía y que terminó
con tan gran bajeza y maldad. Sin embargo, todo esto no sirvió de nada, pues aunque el
Papa enseñaba a la gente a depositar su confianza en tales indulgencias, por otra parte él
mismo las tornaba inciertas, ya que decía en sus bulas: “Quien quiera tener parte en las
indulgencias o en los años de oro, deberá sentir contrición, confesarse y dar su dinero”.107
Ya hemos escuchado arriba que tal contrición y confesión son inciertas entre ellas e
hipocresía. Asimismo nadie sabía qué alma estaría en el purgatorio y si había alguna,
¿Quién sabía cuál había sentido contrición y se había confesado correctamente? Entonces
tomaba el papa el dinero y remitía consoladoramente a las almas al poder e indulgencias
papales, y sin embargo, las encomendaba a las obras inciertas hechas por las almas
mismas. Esto significaba la justa recompen