CAPÍTULOS I a XXVII

CAPITULO XXVII

De la paz que tienen los que sirven a Dios, cuya perfecta tranquilidad se puede con, seguir en esta vida temporal

La paz, que es la propia de nosotros, no sólo la disfrutamos en esta vida con Dios por la fe, sino que eternamente la tendremos con él, y la gozaremos, no ya por la fe, ni por visión sino claramente. Pero en la tierra paz, así la común como la nuestra propia, es paz; de manera que es más consuelo de la nuestra miseria que gozo de la bienaventuranza. Y la misma justicia nuestra, aunque es verdadera, por el fin del verdadero bien a quien refiere, con todo en esta vida es de tal conformidad, que más consta de la remisión de los pecados que de la perfección de las virtudes.
Testigo es de esta verdad la oración que hace toda la Ciudad de Dios que es peregrina en la tierra, pues por todos sus miembros dama a Dios: «Perdónanos, Señor, nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Oración que tampoco es eficaz para aquellos cuya fe sin obras muerta, sino para aquellos cuya fe obra y se mueve por caridad. Pues aunque la razón esté sujeta a Dios, con todo en esta condición mortal y cuerpo corruptible que agrava y oprime el alma, no es ella perfectamente señora de los vicios, y por eso tiene necesidad los justos de hacer semejante oración.
Porque, en efecto, aunque parezca que manda, de ningún modo, manda, es señora de los vicios sin contraste repugnancia. Sin duda aparece en es cierta flaqueza, aun al que es valeroso y pelea bien, y aun al que es señor de tales enemigos vencidos ya y rendidos; de donde viene a pecar, si no tan fácilmente por obra, a lo menos por palabra, que ligeramente resbala, o con el pensamiento, que sin repararlo, vuela. Por lo cual, mientras hay necesidad de mandar y moderar a los vicios, a puede haber paz íntegra ni plena, pues los vicios que repugnan no se vence sin peligrosa batalla; y de los vencidos no triunfamos con paz segura, sino que todavía es indispensable reprimirlos con solícito y cuidadoso imperio.
En estas tentaciones, pues (de todas las cuales brevemente dice la Sagrada Escritura «que la vida del hombre está llena de peligros y tentaciones sobre la tierra»), ¿quién habrá que presuma que vive de manera que no tenga necesidad de decir a Dios perdónanos nuestras deudas, sino algún hombre soberbio? No un hombre grande, sino algún espíritu altivo, hinchado y presumido, a quien justamente se opone y resiste el que concede su divina gracia a los humildes. Por lo mismo dice la Escritura: «Que Dios resiste a los soberbios y a los humildes da su gracia.»
Así que en esta vida, la justicia que puede tener a cada uno es que Dios mande al hombre que le es obediente, el alma al cuerpo y la razón a los vicios, aunque repugnen, o sujetándolos, o resistiéndolos; y que así le pidamos al mismo Dios gracia meritoria y perdón de las culpas, dándole acción de gracias por los bienes recibidos.
Pero en aquella paz final, a la que debe referirse, y por la que se debe tener esta justicia, estando sana y curada con la inmortalidad e incorruptibilidad, y libre ya de vicios la naturaleza, ni habrá objeto que a ninguno de nosotros nos repugne y contradiga, así de parte de otro como de sí mismo; ni habrá necesidad de que mande y rija la razón a los vicios, porque no los, habrá, sino que mandará Dios al hombre, y el alma al cuerpo, y habrá allí tanta suavidad y facilidad en obedecer cuanta felicidad en el vivir y reinar. Esto allí en todos, y en cada uno será eterno, y de que es eterno estará cierto; por eso la paz de esta bienaventuranza, o la bienaventuranza de esta paz, será el mismo Sumo Bien.


CAPITULO  XXVIII

Qué fin han de tener los impíos

Pero, al contrario, la miseria de los que no pertenecen a esta ciudad será eterna, a la cual llaman también segunda muerte. Porque ni el alma podrá decirse que vive allí, pues estará privada de la vida de Dios, ni tampoco el cuerpo, puesto que estará sujeto a los dolores y tormentos eternos. Y será más dura e intolerable esta segunda muerte, porque no se podrá acabar la infelicidad de este estado con la misma muerte. Mas, porque así como la miseria es contraria a la bienaventuranza, y la muerte a la vida, así también parece que la guerra es contraria a la paz. Con razón puede preguntarse que, pues hemos celebrado la paz que ha de haber en los fines de los bienes, ¿qué guerra y de qué calidad será, por el contrario, la que ha de haber en los fines de los males? El que hace esta pregunta advierta y considere qué es lo que hay dañoso en la guerra, y verá que no es otra cosa que la adversidad y conflicto que tienen las cosas entre sí. ¿Qué guerra puede imaginarse más grave y más penosa que aquella en que la voluntad es tan adversa a la pasión, y la pasión tan opuesta a la voluntad, que con la victoria de ninguna de ellas pueden fenecer semejantes enemistades, y donde de tal manera combate con la naturaleza del cuerpo la violencia del dolor que jamás el uno cede y se rinde al otro? Porque aquí, cuando acontece esta lucha, o vence el dolor, y la muerte nos priva del sentido, o perseverando la naturaleza, vence, y la salud nos quita el dolor.
Pero en la vida futura el dolor permanece para afligir y la naturaleza persevera para sentir, porque lo uno ni lo otro falta ni se acaba, para que no acabe la pena.
Como a estos fines de los bienes y de los males, los unos que deben desearse, y los otros huirse, mediante el juicio final, han de pasar a los unos los buenos y a los otros los malos, trataré de dicho juicio final, con el favor de Dios, en el libro siguiente.

La Ciudad de Dios
por San Agustín

Libro Decimonoveno
Fines De Las Dos Ciudades
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