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La Ciudad de Dios
por San Agustín

Libro Decimooctavo
La Ciudad Terrena Hasta El Fin Del Mundo
CAPITULO PRIMERO

Sobre lo que queda dicho hasta los tiempos del Salvador en estos diecisiete libros

     Prometí escribir el nacimiento, progreso y fin de las dos Ciudades, la de Dios y la de este siglo, en la cual anda ahora peregrinando el linaje humano; prometí, digo, escribir esto después de haber convencido y refutado, con los auxilios de la divina gracia, a los enemigos de la Ciudad de Dios que prefieren y anteponen sus dioses a Cristo, autor y fundador de esta Ciudad, y con un odio, perniciosísimo para sí, envidian impíamente a los cristianos; lo cual ejecuté en los diez libros primeros. Y de las tres cosas prometidas, en los cuatro libros, XI-XIV, traté largamente del nacimiento de ambas Ciudades. Después, en otro, que es el XV, hablé del progreso de ellas desde el primer hombre hasta el Diluvio; y desde allí hasta Abraham, volvieron nuevamente las dos a concurrir y caminar, así como en el tiempo, también en nuestra narración. Pero después, desde el padre Abraham hasta el tiempo de los reyes de Israel, donde concluimos el Libro XVI, y desde allí hasta la venida de nuestro Salvador en carne humana, que es hasta donde llega el libro XVII, parece que ha caminado sola, en lo que hemos ido escribiendo, la Ciudad de Dios, siendo así que tampoco en este siglo ha caminado sola la Ciudad de Dios, sino ambas juntas a lo menos, en el linaje humano, como desde el principio; si bien con sus respectivos progresos han ido variando los tiempos.
      Esto lo hice para que corriera primero la Ciudad de Dios de por sí, sin la interpolación ni contraposición de la otra, desde el tiempo que comenzaron a declarársenos más las promesas de Dios hasta que vino aquel Señor que nació de la Virgen, en quien habían de cumplirse las que primero se nos habían prometido, para que así la viésemos más clara y distintamente; no obstante que hasta que se nos reveló el Nuevo Testamento, jamás caminó ella a la luz, sino entre sombras.
      Ahora, pues, me resta lo que dejé, esto es, tocar en cuanto pareciere bastante el modo con que la otra caminó también desde los tiempos de Abraham, para que los lectores puedan considerar exactamente a las dos y cotejarlas entre sí.

CAPITULO II

De los reyes y tiempos de la Ciudad terrena, que concuerdan con los
tiempos que calculan los Santos desde el nacimiento de Abraham

     En la sociedad humana (que por más extendida que esté por toda la tierra, y por muy apartados y diferentes lugares que ocupe, está ligada con la comunión y lazo indisoluble de una misma naturaleza), por desear cada cual sus comodidades y apetitos, y no ser bastante lo que se apetece para todos, porque no es una misma cosa la deseada, las más veces hay divisiones; y la parte que prevalece oprime, a . la otra. Porque la vencida se rinde y sujeta a la victoriosa, pues prefiere y estima más cualquiera paz y vida sosegada que el dominio, y aun que la libertad; de suerte que causan gran admiración los que han querido mejor perecer que servir. Porque casi en todas las naciones en cierto modo está admitido el natural dictamen de querer más rendirse a los vencedores los que fueron vencidos, que quedar totalmente aniquilados con los rigores de la guerra.
      De aquí provino, no sin alta providencia de Dios, en cuya mano está que cada uno salga, vencido o vencedor en la guerra, que unos tuviesen reinos y , otros viviesen sujetos a los que reinan.
      Pero entre tantos reinos como ha habido en la tierra, en que se ha dividido la sociedad por el interés y ambición terrena (a la cual con nombre genérico llamamos Ciudad de este mundo), dos reinos vemos que han sido más ilustres y poderosos que los otros: el primero el de los asirios, y después el de los romanos, distintos entre sí, así en tiempos como en lugares. Porque como el de los asidos fue el primero, y el de los romanos posterior, así también aquél floreció en el Oriente y éste en el Occidente; y, finalmente, al término del uno siguió luego el principio del otro. Todos los demás reinos y reyes, con más propiedad los llamaría yo jirones y retazos de éstos.
      Así que reinaba ya Nino, segundo rey de los asirios, habiendo sucedido a su padre, Belo, que fue el primero que reinó en aquel reino, cuando nació Abraham en la tierra, de los caldeos. En aquella, época era también bien pequeño el reino de los sicionios, de donde el doctísimo Marco Varrón, escribiendo el origen del pueblo ro'mano, comenzó como de tiempo antiguo. Porque de los reyes de, los sicionios vino a los atenienses, de éstos a los latinos y de allí a los romanos.
       Pero todo esto, antes de la fundación de Roma, en comparación del reino de los asiríos, se tuvo por cosa fútil y de poco, momento; aunque confiese también Salustio, historiador romano, que en Grecia florecieron mucho los atenienses, si bien más por la fama que en la realidad. Porque, hablando de ellos, dice : «Las proezas que hicieron los atenienses, a mi parecer, fueron bien grandes y manifiestas, aunque algo menores de lo que las celebra la fama: porque como hubo allí insignes y fainosos escritores, por todo el mundo, se ponderan por muy grandes las hazañas de los atenienses; así en tanto se estima la virtud y el valor de los que las hicieron, cuanto las pudieron engrandecer y celebrar con su pluma los buenos ingenios.» Y fuera de esto, alcanzó esta Ciudad no pequeña gloria por sus letras y por sus filósofos, porque allí florecieron principalmente estos estudios.
      Pero en cuanto al imperio, ninguno hubo en los siglos primeros mayor que el de los asirios, ni que se extendiese más por la tierra; pues reinando el rey Nino, hijo de Belo, cuentan que sojuzgó toda el Asia, hasta llegar a los términos de la Libia; y el Asia, aunque según el número de las partes del Orbe se dice la tercera, según la extensión, se halla que es la mitad; pues por la parte oriental solo los indios no le reconocieron señorío, a los cuales, con todo, después de muerto Nino, Semíramis, su esposa, comenzó a hacer la guerra. Y así, sucedió que todos cuantos pueblos o reyes había en aquellas comarcas todos obedecían al reino y corona de los asiríos y hacían todo los que les mandaban. Nació, pues, en aquel reino, entre los caldeos, en tiempo de Nino, el patriarca Abraham.
      Mas por cuanto de los hechos y proezas de los griegos, tenemos mucha más noticia que la de los asirios; y los que anduvieron investigando la antigüedad y origen del pueblo romano vinieron, según el orden de los tiempos, de los griegos a los latinos, y de éstos a los romanos, que también son latinos; debemos, donde fuere necesario, hacer relación de los reyes de Asiría, para que veamos cómo camina la ciudad de Babilonia corno una primera Roma con la Ciudad de Dios, peregrina en este mundo. Pero los asuntos que hubiéramos de insertar en esta obra, para comparar entre sí ambas Ciudades, es a saber, la terrena y la celestial, los iremos tornando mejor de los griegos y latinos, entre los cuales se halla la misma Roma corno otra segunda Babilonia.
      Cuando nació Abraham reinaba entre los asiríos Nino, y entre los sicionios, Europs, que fueron sus segundos reyes, por cuanto los primeros fueron allá Delo y aquí Egialeo. Y cuando prometió Dios a Abraham, habiendo ya salido de Babilonia, que de él nacería una numerosa nación y que en su descendencia había de recaer la bendición de todas las gentes, los asiríos tenían su cuarto rey y los sicionios el quinto; pues en Babilonia reinaba el hijo de Nino, después de su madre Semíramis, a quien dicen que quitó la vida por haberse atrevido a cometer incesto con él. Esta creen algunos que fundó a Babilonia. Y lo más probable es que la restaurase; pues cuándo y cómo fue su fundación, ya lo referimos en el libro VI.
      A este hijo de Nino y de Semíramis, que sucedió a su madre en el reino. algunos le llaman también Nino, y entre los sicionios, Europs, que fueron sus segundos reyes, por cuanto los primeros fueron allá Belo y aquí Egialeo. Y cuando prometió Dios a Abraham, habiendo ya salido de Babilonia, que dé él nacería una numerosa nación y que en su descendencia había de recaer la bendición de todas las gentes, los asirios tenían su cuarto rey y los sicionios el quinto; pues en Babilonia reinaba el hijo de Nino, después de su madre Semíramis, a quien dicen que quitó la vida por haberse atrevido a cometer incesto con él. Esta creen algunos que fundó a Babilonia, y lo más probable es que la restaurase; pues cuándo y cómo roe su fundación, ya lo referimos en el  libro VI.
A este hijo de Nino y de Semíramis, que sucedió a su madre en el reino, algunos le llaman también Nino, y otros Ninias, derivando su nombre del de su padre. En este tiempo reinaba entre los sicionios Telxión, y en su reinado fueron tan apacibles y lisonjeros los tiempos, que después de muerto le adoraron como a dios, ofreciéndole sacrificios y celebrando en su honor y memoria juegos y diversiones públicas. De éste dicen que fue el primero por cuyo respeto se instituyeron tales fiestas.

CAPITULO III

Quien reinaba en Asiria y Sicionia cuando, según la divina promesa, tuvo Abraham, siendo de cien años, a su tuvo Isaac, y cuándo tuvo este de Rebeca, su mujer los gemelos Esaú y Jacob

En estos tiempos, según la divina promesa, le nació a Abraham, siendo de cien años, su hijo Isaac, de Sara, su esposa, la cual, siendo estéril y anciana, estaba desahuciada de poder tener hijos. Entonces en Asiria reinaba Arrio, su quinto rey. El mismo Isaac, siendo de edad de sesenta años, tuvo sus dos hijos gemelos, Esaú y Jacob, de su esposa Rebeca, viviendo aún el abuelo de estos niños, que tenía entonces ciento sesenta y cinco años, el cual murió a los ciento setenta y cinco, reinando en Asiria Jerjes, el más antiguo, llamado también Baleo, y en Sicionia Turimaco, a quien algunos llaman Turimaco, que fueron sus séptimos reyes.
El reino de los argivos comenzó juntamente con los nietos de Abraham, y el primero que reinó fue macho. No debe pasarse en silencio lo que refiere Varrón, de que los sicionios acostumbraban ya ofrecer sacrificios junto a la sepultura de Turimaco, su séptimo rey. Reinando los octavos reyes, Armamitre en Asiria, Leucipo en Sicionia e Inacho el primero en Argos, se apareció Dios a Isaac, y le prometió también lo mismo que a su padre, es a saber: a su descendencia, la posesión de la tierra de Canaán, y en su descendencia la bendición de todas las gentes.
Estas mismas felicidades prometió asimismo a su hijo, nieto de Abraham, que primero se llamó Jacob, y después Israel, reinando ya Beloc, noveno rey en Asiria,  y Phoroneo, hijo de macho, segundo rey en Argos, y reinando todavía en Sicionia Leucipo.
En esta era, reinando en Argos el rey Phoroneo, principió la Grecia a ilustrarse más con algunos sabios estatutos promulgados en varias pragmáticas y leyes Con todo, habiendo muerto Phegoo, hermano menor de Phoroneo, le erigieron un templo donde estaba su cadáver y sepulcro, para que le adorasen como a dios y le sacrificasen bueyes. Creo que le juzgaron digno de tan singular honor porque, en la parte que le cupo del reino (pues su padre le repartió igualmente entre los dos, señalando a cada uno el país donde debía reinar, viviendo aún), edificó oratorios o templos para adorar a los dioses, enseñando también las observaciones de los tiempos por meses y años, y manifestando cómo los habían de distribuir y contar. Admirando en él los hombres que en eran muy idiotas estas cosas nuevas, creyeron o quisieron que después de muerto al punto fuete hecho dios. Porque el mismo modo dicen que lo, hija de Inacho, llamándose después Isis, fue adorada y venerada como grande diosa en Egipto; aunque otros escriben que de Etiopía vino a reinar a Egipto, y porque gobernó por muchos años y con justicia, y les enseñó muchas artes y ciencias, luego que falleció la tributaron el honor de tenerla por diosa, siendo esta honra tan particular, que impusieron la pena capital a quien se atreviese a proferir que había sido criatura humana.

CAPITULO IV

De los tiempos de Jacob y de su hijo José

Reinando en Asiria Baleo, su rey décimo; en Sicionia Mesapo, rey nono, a quien algunos llaman también Fefisos, si es que un hombre solo tuvo dos nombres (siendo más verosímil que tomaron un hombre por otro los que sus escritos pusieron otro nombre), y reinando Apis, tercer rey de los argivos, murió Isaac, de ciento y ochenta años, y dejó sus dos gemelos de ciento y veinte. El menor de ellos, que era Jacob, y pertenecía a la Ciudad de Dios, de que vamos escribiendo, habiendo Dios reprobado al mayor, tenía doce hijos entre los cuales, al que se llamó José le vendieron sus hermanos a unos mercaderes que pasaban a Egipto, viviendo aún su abuelo Isaac.
Llegó José a la presencia de Faraón y de los trabajos que sufrió, y de estado humilde en que se vio, fue ensalzado a otro más eminente y distinguido, siendo de edad de treinta años, porque interpretó, auxiliado de divino espíritu, los sueños del rey, y dijo que habían de venir siete años abundantes, cuya abundancia, por excesiva que fuese, la habían de consumir otros siete años estériles que se seguirían. Por esto le nombró el rey gobernador de todo Egipto, librándole de las duras penalidades de la cárcel donde le había llevado la integridad de su castidad, conservada con heroico valor al no consentir en el adulterio con su ama, que estaba torpemente enamorada de él, y le amenazaba que, no condescendiendo a su voluntad, diría a su amo que la había intentado forzar. Por huir de tan próxima ocasión y tan perjudicial, dejó en sus manos la capa, de que le tenía asido.
El segundo año de los siete estériles vino Jacob a Egipto con toda su familia a ver a su hijo, siendo ya de edad de ciento y treinta años, como lo dijo al rey cuando se lo preguntó; y contando José treinta y nueve años, sumados a los treinta que tenía cuando lo hizo el rey su gobernador, los siete de abundancia y los dos de hambre.

CAPITULO V

De Apis, rey de los argivos, a quien los egipcios llamaron Serapis, y le veneraron como a Dios

Por estos tiempos, Apis rey de los argivos, habiendo navegando a Egipto y muerto allí, le constituyeron aquellas gentes ilusas por uno de los mayores dioses de Egipto. Y la razón por que, después de muerto, no se llamó Apis, sino Serapis, la da bien obvia Varrón, pues como el arca o ataúd, dice, en que se coloca al difunto que al presente todos llaman sarcófago, se dice soros en griego, y cómo principiaron entonces a reverenciar en ella a Apis antes que le hubiesen dedicado templo, se dijo primero Sorsapis o Sorapis, y después, mudando una letra, como acontece, Serapis. Y establecieron también por su respeto la pena de muerte a cualquier que dijese que había sido hombre.
Como en casi todos los templos donde adoraban a Isis y a Serapis había también una imagen que, puesto el dedo en la boca, parecía que advertía que se guardase silencio, piensa el mismo Varrón que esto significaba que callasen el haber sido hombre.
El buey que con tan particular ilusión y engaño criaba Egipto el honor suyo con tan copiosos regalos, le llamaban Apis, y
no Serapis, porque sin el sarcófago o sepultura le reverenciaban vivo, y cuando muerto este buey, buscaban y hallaban algún novillo de su mismo color, esto es, señalado también con manchas blancas, lo tenían por singular portento enviado del cielo.
En efecto: no era dificultoso a los demonios, para engañar a estos hombres fanáticos e ilusos, señalar a una vaca, al tiempo que concebía y estaba preñada, la imagen de otro toro semejante, la cual ella sola viese, de donde el apetito de la madre atrajese lo que después viniera a quedar pintado en el cuerpo de su cría; como lo hizo Jacob con las varas de varios colores, para que las ovejas y cabras naciesen varias; pues lo que los hombres pueden con colores y cuerpos verdaderos, eso mismo pueden fácilmente los demonios, con fingidas figuras, representar a los animales que conciben.

CAPÍTULO VI

Quién reinaba en Argos y Asiria cuando murió Jacob en Egipto

Apis, rey, no de los egipcios, sino de los argivos, murió en Egipto, sucediéndole en el reino su hijo Argo, de cuyo nombre se apellidaron los argos, y de aquí los argivos; pues en tiempo de los reyes pasados, ni la ciudad ni aquella nación se denominaban así. Reinando éste en Argos, en Sicionia Erato y en Asiria todavía Baleo, murió Jacob en Egipto, de edad de ciento cuarenta y siete años, habiendo echado su bendición a la hora de su muerte a sus hijos y a sus nietos, los hijos de José; habiendo vaticinado claramente a Cristo, cuando dijo en la bendición que echó a Judá: «No faltará príncipe en Judá, ni cabeza de su descendencia, hasta que vengan todas las cosas que están a él reservadas, y él será a quien esperarán con ansia las gentes.»
Reinando Argo, principió Grecia a usar y gozar de legumbres y frutos de la tierra, y a tener mieses en la agricultura, habiendo conducido de fuera las semillas. También Argo, después de muerto, comenzó a ser venerado por dios, honrándole con templo y sacrificios. Lo mismo hicieron reinando él, y antes de él, con cierto hombre particular que murió tocado de un rayo, llamado Homogiro, por haber sido el primero que unció los bueyes bajo el yugo del arado.


CAPÍTULO VII

En tiempo de qué reyes falleció José en Egipto

Reinando Mamito, duodécimo rey de los asirios, y Plemneo, undécimo de los sicionios, y Argo todavía en Argos, falleció José en Egipto, de edad de ciento y diez años. Después de su muerte, el pueblo de Dios, creciendo maravillosamente, estuvo en Egipto ciento cuarenta y cinco años, viviendo al principio en quietud, hasta que se acabaron y murieron los que conocían a José.
Pasado algún tiempo, envidiando los egipcios su acrecentamiento y temiendo de él funestas consecuencias, hasta que salió libre de este país, padeció innumerables y rigurosas persecuciones, entre las cuales, no obstante, multiplicando Dios sus hijos, crecía, aunque oprimido bajo una intolerable servidumbre. En Asiria y Grecia reinaban por aquel tiempo los mismos que arriba insinuamos.


CAPÍTULO VIII

En tiempo de qué reyes nació Moisés, y la religión de algunos dioses que se fue introduciendo por aquellos tiempos

Reinando en Asiria Safro, rey décimocuarto; en Sicionia Orthópolis, duodécimo, y Criaso, quinto en Argos, nació en Egipto Moisés, por cuyo medio salió libre el pueblo de Dios de la servidumbre de Egipto, en la cual convino que así ese ejercitado para que pusiese sus deseos y confianza en el auxilio y favor de su Criador.
Reinando estos reyes, creen algunos que vivió Prometheo, de quien aseguran haber formado hombres del lodo, porque fue de los más científicos que se conocieron, aunque no señalan qué sabios hubiese en su tiempo.
Dicen que su hermano Atlas fue grande astrólogo, de donde tomaron ocasión los poetas para fingir que tiene a cuestas el cielo, aunque se halla un monte de su nombre, que más verosímilmente parece que, por su elevación, ha venido a ser opinión vulgar que tiene a cuestas el cielo.
Desde estos ¿tiempos comenzaron a fingirse otras fábulas en Grecia, y así hallamos hasta el tiempo de Cecróps, rey de los atenienses (en cuyo tiempo la misma ciudad se llamó Cecropia, y en él, Dios, por medio de Moisés, sacó á su pueblo de Egipto), canonizado por dioses algunos hombres difuntos, por la ciega y vana costumbre supersticiosa de los griegos; entre los cuales fueron Melantonice, mujer del rey Criaso; y Forbas, hijo de éstos, el cual, después de su padre, fue sexto rey de los argivos; y Jaso, hijo de Triopa, séptimo rey; y el rey nono Sthenelas, o Stheneleo, o Sthenelo, porque se halla escrito con variedad, en diversos autores.
En estos tiempos dicen también que floreció Mercurio, nieto de Atlante, hijo de su hijo Maya, como lo vemos en las historias más vulgares. Fue muy insigne por la noticia e instrucción que tuvo de muchas ciencias, las cuales enseñó a los hombres, por cuyo motivo, después de muerto, quisieron que fuese dios, o lo creyeron así.
Dicen que fue más moderno Hércules, que floreció en estos mismos tiempos de los argivos, bien que algunos le hacen anterior a Mercurio; los cuales imagina que se engaña. Pero en cualquiera tiempo que hayan vivido, consta de historiadores graves que escribieron estas antigüedades que ambos fueron hombres, y que por los muchos beneficios que hicieron a los mortales para pasar esta vida con más comodidad, merecieron que ellos los reverenciasen como a dioses. Minerva fue mucho más antigua que éstos, porque en tiempo de Ogigio dicen que apareció en edad de doncella junto al lago llamado de Tritón, de donde le vino a ésta el nombre de Tritonia, Fue, sinduda, inventora de muchas cosas útiles, y tanto más fácilmente tenida por diosa, cuanto menos noticia se tuvo de su nacimiento; pues lo que cuentan que nació de la cabeza de Júpiter se debe atribuir a los poetas y sus fábulas, y no a la historia y a los sucesos acaecido.
Tampoco respecto del tiempo en que vivió el mismo Ogigio concuerdan los historiadores; en el cual también hubo un grande diluvio, no aquel genera en que no escapo hombre a excepción de los que entraron en el Arca del cual no tuvieron noticia los historiadores gentiles, ni los griegos, ni los latinos, aunque fue mayor que el que hubo después, en tiempo de Deucalión
Desde aquí Varrón principió aquel libro de que hice mención arriba, y no propone o halla suceso más antiguo del cual poder partir y llegar a las cosas romanas, que el diluvio de Ogigio, esto es, el que sucedió en tiempo de Ogigio. Pero los nuestros que escribieron crónicas, Eusebio, y después San Jerónimo, en esta opinión siguieron seguramente a algunos otros historiadores precedentes, y refieren que fue el diluvio de Ogigio más de trescientos años después, reinando ya Foroneo, segundo rey de los argivos. En cualquier tiempo que haya sido, adoraban ya a Minerva como diosa, reinando en Atenas Cecróps, en cuya época aseguran que esta ciudad fue o restaurada o fundada

CAPITULO IX

Cuándo se fundó, la ciudad de Atenas, y la razón que da Varrón de su nombre

Para explicar que se llamase Atenas, que es nombre efectivamente tomado de Minerva, la cual en griego se llama Atena, apunta Varrón esta causa: habiéndose descubierto allí de improviso el árbol de la oliva, y habiendo brotado en otra parte el agua, turbado el rey con estos prodigios, envió a consultar a Apolo Délfico qué debía entenderse por aquellos fenómenos, o qué se había de hacer. El oráculo respondió que la oliva significaba a Minerva, y el agua a Neptuno, y que estaba en manos de los ciudadanos el llamar aquella ciudad con el nombre que quisiesen de aquellos dos dioses, cuyas insignias eran aquéllas. Cecróps, recibido este oráculo, convocó para que dieran su voto a todos los ciudadanos de ambos sexos, por ser entonces costumbre en aquellos países que se hallasen también las mujeres en las consultas y juntas públicas. Consultada, pues, la multitud popular, los hombres votaron por Neptuno, y las mujeres por Minerva; y hallándose un voto más en las mujeres, venció Minerva.
Enojado con esto Neptuno, hizo crecer las olas del mar e inundó y destruyó los campos de los atenienses; porque no es
difícil a los demonios el derramar y esparcir algo más de lo regular las aguas.
Para templar su enojo, dice este mismo autor que los atenienses castigaron a las mujeres con tres penas: la primera, que desde entonces no diesen ya su sufragio en los públicos congresos; la segunda, que ninguno de sus hijos tomase el nombre de la madre, y la tercera, que nadie las llamase ateneas. Y así aquella ciudad, madre de las artes liberales y de tantos y tan célebres filósofos, que fue la más insigne e ilustre que tuvo Grecia, embelecada y seducida por los demonios con la contienda de dos de sus dioses, el uno varón y la otra hembra, por una parte, a causa de la victoria que alcanzaron las mujeres, consiguió nombre mujeril de Atenas, y por otra, ofendida por el dios vencido, fue compelida a castigar la misma victoria de la diosa vencedora, temiendo más las aguas de Neptuno que las armas de Minerva. Porque en las mujeres así castigadas también fue vencida Minerva, hasta el punto de no poder favorecer a las que habían votado en su favor para que, ya que habían perdido la potestad de poder votar en lo sucesivo, y veían excluidos los hijos de los nombres de mis madres, pudiesen éstas siquiera llamarse ateneas, y merecer el nombre de aquella diosa a quien ellas hicieron vencedora, con sus votos, contra un dios varón.
De donde se deja conocer bien cuántas cosas pudiéramos decir aquí y cuán grandes, si la pluma no nos llevara de prisa a otros asuntos.

CAPITULO X

Lo que escribe Varrón sobre el nombre de Areópago y del diluvio de Deucalión

Marco Varrón no quiere dar crédito a las fabulosas ficciones en perjuicio de los dioses, por no indignarse contra la majestad, de estas falsas deidades. Por lo mismo, tampoco quiere que el Areópago (que es el lugar donde disputó San Pablo con los atenienses, del cual se llaman areopagitas los jueces de la misma ciudad) se haya llamado así porque Marte, que en griego se dice Ares, culpado y reo de un homicidio, siendo doce los dioses que juzgaban en aquel pago, fue absuelto por seis (pues en igualdad de votos se solía anteponer la absolución a la condenación); sino que, contra esta opinión, que es la más celebrada y admitida, procura alegar otra razón y causa de este nombre, tomada de la noticia de las ciencias más abstractas y misteriosas, para que no se crea que los atenienses llamaron al Areópago del nombre de Marte y Pago, así como Pago de Marte; o sea, en perjuicio y deshonor de los dioses, los cuales cree que no tienen entre sí litigios ni controversias; y dice que esta etimología de Marte no es menos fabulosa y falsa que lo que cuentan de las tres diosas, es a saber: de Juno, Minerva y Venus, quienes, por conseguir la manzana de oro, se dice que delante de París pleitearon y debatieron sobre la excelencia de su  hermosura. Estas culpas se cantan y celebran entre los aplausos del teatro, para aplacar con sus fiestas y juegos a los dioses que gustan de ellas, ya sean verdaderas, ya sean falsas.
Esto no lo creyó Varrón, por no dar asenso a cosas incongruentes a la naturaleza o a las costumbres de los dioses; y, con todo, dándonos é la razón, no fabulosa, sino histórica, del nombre de Atenas, refiere en sus libros una controversia tan ruidosa como la de Neptuno y Minerva sobre cuál de ellos daría su nombre a aquella ciudad, quienes disputaron entre sí con ostentación de prodigios, y aun el mismo Apolo, consultado, no se atrevió a ser juez de aquella causa, sino que, para poner fin a la pendencia de estos dioses, así como Júpiter remitió a París la decisión de la causa de las tres diosas, ya insinuada, así también Apolo remitió esta a los hombres, donde tuviese Minerva más votos con que vencer, y en la pena y castigo que dieron a las que le habían suministrado sus sufragios fuese vencida; la cual, en contradicción de los hombres, sus contrarios, pudo conseguir que se llamase Atenas la ciudad y no pudo lograr que las mujeres, sus afectas, se llamasen ateneas.
Por estos tiempos, según escribe Varrón, reinando en Atenas Cranao, sucesor de Cecróps, y, según nuestros escritores Eusebio y San Jerónimo, viviendo todavía el mismo Cecróps, sucedió el diluvio que llamaron de Deucalión, porque era señor de las tierras donde principalmente ocurrió; pero este diluvio de ningún modo llegó a Egipto ni sus comarcas.


CAPÍTULO XI

En qué tiempo sacó Moisés al pueblo de Israel dé Egipto; y Jesús Nave, o Josué, que le sucedió, en tiempo de qué reyes murió

Sacó, pues, Moisés de Egipto al pueblo de Dios en los últimos días de Cecróps, rey de Atenas, reinando en Asiria Astacades, en Sicionia Marato y en Argos Triopas.
Sacado el pueblo, le dio la ley que había recibido en el Monte Sinaí de mano de Dios, la cual se llamó Testamento Viejo, porque contiene promesas terrenas y porque, por medio de Jesucristo, habíamos de recibir el Testamento Nuevo, donde se nos prometiese el reino de los cielos. Pues fue muy conforme a razón que se observase el orden que se guarda en cualquier hombre que aprovecha en Dios, en el cual sucede lo que dice el Apóstol: «Que no es primero lo que es espiritual, sino lo que es animal, y después lo que es espiritual.» Porque como dice el mismo, y es verdadero: «El primer hombre de la tierra fue terreno, y el segundo, como vino del cielo, fue celestial.»
Gobernó Moisés el pueblo por tiempo de cuarenta años en el desierto, y murió a los ciento veinte de su edad, habiendo asimismo profetizado a Cristo por las figuras de aquellas observancias y ceremonias carnales que hubo en el tabernáculo, sacerdocio, Sacrificios y en otros varios mandatos místicos.
A Moisés sucedió Jesús Nave, o Josué, quien introdujo y estableció en sus respectivos territorios el pueblo de Dios en la tierra de promisión, después de conquistar con autoridad y auxilio divino las naciones que poseían aquellas tierras. El cual, habiendo gobernado al pueblo, después de la muerte de Moisés, por espacio de veintisiete años, murió, reinando a este tiempo en Asiria Amintas, rey XVIII; en Sicionia, Corax XVI; en Argos, Danao X, y en Atenas, Erictonio, rey cuarto.

CAPÍTULO XII

De las solemnidades sagradas que instruyeron a los falsos dioses, por aquellos tiempos, los reyes de Grecia, las cuales coinciden con los tiempos desde la salida de Israel de Egipto hasta la muerte de Josué

Por estos tiempos, es decir, desde la salida del pueblo de Israel de Egipto hasta la muerte de Josué, por cuyo medio entró el mismo pueblo en posesión de la tierra de promisión, los reyes de Grecia instituyeron a los falsos dioses ciertas solemnidades sagradas, con las cuales, en solemnes fiestas, celebraban la memoria del diluvio, y cómo los hombres se libertaron de él y de las calamidades que entonces sufrieron, ya subiéndose a lo más elevado de los montes, ya bajando a vivir en los valles. Porque la subida y bajada de los lupercos por la calle que llaman Vía Sacra así la interpretan, diciendo que significan los hombres que por la inundación de las aguas subieron a las cumbres de los montes, y al volver ésta  a su antiguo cauce descendieron aquéllos a los llanos.
Por estos tiempos dicen que Dionisio, que también se llama Padre Liber, tenido por dios después de su muerte, descubrió
en la tierra de Atenas el uso de la vid a un huésped suyo.
Por entonces se establecieron asimismo los juegos músicos dedicados a Apolo Délfico para aplacar su ira, por cuya causa pensaban que habían padecido esterilidad las provincias de Grecia, porque no defendieron su templo, quemado por el rey Danao cuando hizo guerra a aquellas tierras. Y que le instituyesen estos juegos, el mismo lo advirtió con su oráculo; pero en la tierra de Atenas el primero que le dedicó juegos fue el rey Erictonio (Y no sólo a él, sino también a Minerva), en los cuales a los vencedores les daban por premio aceite, porque dicen que Minerva fue la inventora y descubridora del fruto de la oliva, así como Liber del vino.
Por este tiempo, Janto, rey de Creta, cuyo nombre hallamos diferente en otros, dicen que robó a Europa, de la cual tuvo a Radamanto, Sarpedón y Minos, los cuales, sin embargo, es fama común que son hijos de Júpiter, habidos en esta mujer. Pero los que profesan la religión de semejantes dioses, lo que hemos insinuado del rey dé Creta lo juzgan verdadera historia; y lo que cuentan de Júpiter los Poetas, resuena en los teatros y celebran los pueblos, lo consideran como vanas fábulas, para que hubiese materia para inventar  juegos que aplacasen a los dioses, aun imputándoles culpas falsas.
Por estos tiempos corría la fama de Hércules en Tyria; pero éste fue otro, no aquel de quien hablamos arriba; porque en la historia más secreta y religiosa se refiere que hubo muchos Líberos padres y muchos Hércules. De este Hércules cuentan doce hazañas muy heroicas, entre las cuales no insertan la muerte del africano Anteo, por pertenecer esto al otro Hércules. Refieren en sus historias que él mismo se quemó en el monte Oeta, no habiendo podido sufrir y llevar con paciencia, y con aquella virtud y valor heroico con que había sujetado los monstruos, la enfermedad que padecía.
Por estos tiempos el rey, o, por mejor decir, el tirano Busiris, sacrificaba sus huéspedes a sus dioses, Dicen que fue hijo de Neptuno, tenido de Libia, hija de Epapho; pero no creemos que Neptuno cometió este estupro, ni acusamos a los dioses, sino atribúyase a los poetas y teatros, para que haya materia con que aplacar a aquéllos.
De Erictonio, rey de los atenienses, en cuyos últimos anos se halla que murió Josué, dicen que fueron sus padres Vulcano y Minerva; mas por cuanto quieren que Minerva sea doncella, explican que en la controversia y debate que tuvieron ambos, jugueteando Vulcano, con el movimiento violento de los saltos, cayó su semilla en la tierra, y a lo que nació de esta semilla le pusieron aquel nombre; porque en griego eris significa lid o porfía, y cton, la tierra, y de estos dos se compuso el nombre de Erictonio.
Con todo, lo que no debe olvidarse es que los más doctos refutan y niegan estas sutilezas de sus dioses, diciendo que esta opinión fabulosa nació de que se halló el muchacho expuesto en un templo que había en Atenas dedicado a Vulcano y Minerva, enroscado en una sierpe lo que significó, que había de ser un grande héroe, y porque el templo era común y se ignoraba quiénes eran sus padres, se dijo ser hijo de Vulcano y de Minerva,
Sin embargo, la otra que es fábula, nos declara y manifiesta con más claridad el origen de su nombre, que no ésta que es la historia. Pero ¿qué nos importa, que en sus libros verdaderos enseñen esto a los hombres religiosos, si en los juegos falsos y engañosos deleitan con aquello a los inmundos demonios, a quienes, sin embargo, los religiosos gentiles adoran y reverencian como a dioses? Y cuando nieguen de ellos todas estas cosas, no pueden absolverlos totalmente de la culpa, pues pidiéndolo ellos establecen y celebran unos juegos, en los que se representa con torpezas lo que al parecer con prudencia y discreción se niega. Y advirtiendo al mismo tiempo que con estas falsedades y disoluciones se aplacan los dioses, aunque la fábula nos cuente el crimen que falsamente, imputan a los dioses, el deleitarse con la culpa, aunque sea falsa, es culpa verdadera.

CAPITULO XIII

De las fabulosas ficciones que inventaron al tiempo que comenzaron los hebreos a gobernarse por sus jueces

Después de la muerte de Josué, el pueblo de Dios comenzó a gobernarse por jueces, en cuyos tiempos gustaron en ocasiones de la adversidad y calamidades por sus pecados, y a veces de la prosperidad en los consuelos por la misericordia de Dios.
Por este tiempo se inventaron algunas fábulas: la de Triptolemo, quien, por mandato de Ceres, conducido por unas sierpes que volaban, trajo trigo por el aire en ocasión que había escasez y carestía; la del Minotauro, que dicen fue una bestia encerrada en el laberinto, en el cual, luego que entraban los hombres, por los enredos y confusión de los lugares que se veían dentro, ya no podían salir; la de los Centauros, que dicen fue cierta especie de animal, compuesto de hombre y caballo; la del Cerbero, que es un perro de tres cabezas, que hay en los infiernos; la de Frigio y Helles, su hermana, de los cuales dicen que, llevados sobre un carnero, volaban; la de la Gorgona, que dicen tuvo las crines serpentinas, convirtiendo en piedras a los que la miraban; la de Belerofonte, que anduvo en un caballo que volaba con alas, llamado Pegaso; la de Anfión, que con la suavidad de su cítara, dicen, ablandó y atrajo las piedras; la de Dédalo y de su hijo Icaro, que poniéndose unas alas, volaron; la de Edipo, de quien cuentan que a un monstruo llamado Esfinge, que tenía el rostro humano y era una bestia de cuatro pies, habiéndole resuelto un enigma que solía proponer como irresoluble, hizo que se despeñase y pereciese; la de Anto, a quien mató Hércules, que dicen fue hijo de la tierra, por lo cual, creyendo y tocando la tierra, acostumbraba a levantarse más fuerte, y así otras que acaso me habré dejado.
Estas fábulas que hubo hasta la guerra de Troya, en la que Marco Varrón concluyó su libro segundo del origen de la nación romana, las fingieron así los ingenios perspicaces de los hombres, estresacando noticias de algunos sucesos que acaecieron, y constaban las historias, agregando las injurias y oprobios imputados a los dioses. Así fingieron de que Júpiter robó al hermoso joven Ganímedes (cuya execrable maldad la cometió el rey Tántalo, y la fábula la atribuye a Júpiter), y que descendiendo en una lluvia de oro durmió a Danae; en lo que se entiende que con el oro conquistó la honestidad de aquella mujer; cosa que o sucedió o se fingió en aquellos siglos heroicos, o habiéndolo hecho otros, se supuso y atribuyó a Júpiter.
No puede ponderarse cuán impíamente han opinado de los ánimos y corazones de los hombres, suponiendo que pudieran sufrir con paciencia estas mentiras; pero, ¡qué digo sufrirías!, si tos hombres las adoptaron también gustosamente, siendo así que con cuanta más devoción reverencian a Júpiter, con tanto más rigor debieran castigar a los que se atrevieron a decir de él tales torpezas. Pero no sólo no se indignan contra los que supusieron semejantes patrañas, sino que si no representaran tales ficciones en los teatros, pensaran tener enojados e indignados a los mismos dioses.
Por estos tiempos Latona dio a luz a Apolo, no aquel a cuyos oráculos dijimos arriba que solían acudir las gentes de todas partes, sino aquel de quien sé refiere que con Hércules apacentó los rebaños del rey Admeto; a quien, sin embargo, de tal suerte le tuvieron por dios, que muchos, y casi todos, piensan que éste y el otro fue un mismo Apolo.
Por entonces también el padre Libero o Baco hizo guerra a la India, y trajo en su ejército muchas mujeres que llamaban bacantes, no tan ilustres y famosas por su virtud y valor como por su demencia y furor. Alguno escriben que fue vencido y preso este Libero, y otros que fue muerto en una batalla por Perseo, y hasta señalan el lugar donde fue sepultado, y, con todo, en honor de su nombre, como si fuera Dios, han instituido los impuros demonios unas solemnidades religiosas, o, por mejor decir, unos execrables sacrilegios que llaman bacanales. De cuya horrible torpeza, después de transcurridos tantos años, se como y avergonzó tanto el Senado que prohibió su celebración en Roma.
Por estos tiempos, a Perseo y a su esposa Andrómeda, ya difuntos, en tal conformidad los admitieron y colocaron en el cielo, que no se avergonzaron ni temieron acomodar y designar sus imágenes a las estrellas, llamándolas con sus propios nombres.

CAPÍTULO XIV

De los teólogos poetas

En este mismo tiempo hubo también poetas que se llamaron teólogos porque componían versos en honor y elogio de los dioses; pero de unos dioses que, aunque fueron hombres sabios, fueron hombres o eran elementos de este mundo, que hizo y crió el Dios verdadero, o fueron puestos en el orden de algunos principados y potestades, según la voluntad del que los crió y no según sus méritos.
Y si entre tantas cosas vanas y falsas dijeron alguna del único y solo Dios verdadero, adorando juntamente con él a otros que no son dioses y haciéndoles el honor que se debe solamente a un solo Dios, sin duda que no le adoraron legítimamente, además de que tampoco éstos pudieron abstenerse de la infamia e ignominia fabulosa de sus dioses.
Entre estos teólogos poetas cítanse a Orfeo, Museo y Lino, quienes adoraron a los dioses, y ellos no fueron adorados por dioses, aunque; no sé como la ciudad de los impíos suele hacer, que presida Orfeo en las solemnidades sagradas, o, por mejor decir, en los sacrilegios que se celebran y dedican al infierno. Habiendo perecido la mujer del rey Athamante, llamada Ino, y despeñándose su hijo Melicertes voluntariamente al mar, la opinión de los hombres los divinizó y puso en el número de los dioses, como lo hizo igualmente con otros hombres de aquel tiempo, entre los cuales fueron Cástor y Pólux. Los griegos llamaron a la latinos, Matuta, y unos y otros la tuvieron por diosa.

CAPÍTULO XV

Del fin del reino de los argirvos, que fue cuando entre los laurentes, Pico, hijo de Saturno, sucedió el primero en el reino de su padre

Por estos tiempos se acabó el reino de los argivos, habiéndose transferido a Micenas, de donde fue Agamenón, y tuvo su origen el reino de los laurentes, donde el primero que reinó fue Pico, hijo de Saturno, siendo juez entre los hebreos Débora, mujer, aunque por su medio gobernaba aquella república el Espíritu Santo, y asimismo era profetisa, cuya profecía es tan oscura que apenas podríamos manifestar aquí que fue relativa a Cristo sin consumir mucho tiempo en exponerla.
Ya reinaban los laurentes en Italia, de quienes se deduce con más claridad el origen de los romanos después de los griegos, y,. sin embargo, permanecía todavía el reino de los asirios, en el cual reinaba Lampares, su rey XXIII, habiendo principiado Pico a ser el primero de los laurentes.
De Saturno, padre de éste, vean lo que opinan los que adoran semejantes dioses, que niegan fuese hombre; y de quien escriben otros que reinó también en Italia antes que Pico, su hijo. Y Virgilio lo insinúa bien claro en estas expresiones: «Éste civilizó a la gente indócil e inculta que vivía derramada por las asperezas de los montes, dándoles leyes para la dirección de sus acciones, y quiso mejor que aquel país se llamase Lacio, esto es, escondrijo, porque seguramente había estado escondido en él; y según la voz de la fama en su tiempo, esto es, reinando él, florecieron los siglos de oro.»
Pero dirán que esto es ficción poética, y que el Padre de Pico fue realmente Esterces, el cual, siendo un hombre muy intruido en la agricultura, dicen que halló el secreto de cómo debían fertilizarse los campos con el excremento de los animales el cual de su nombre se llamó estiércol. Del mismo modo dicen algunos que se llamó éste Estercucio; pero por cualquier motivo que hayan querido llamarle Saturno, a lo menos con razón, a Esterces o Estucio le hicieron dios de la agricultura Y asimismo a Pico, su hijo, le colocaron en el número de otros tales dioses y de él aseguran haber sido famoso agorero y gran soldado.
A Pico sucedió su hijo Fauno, segundo rey de los laurentes, a quien igualmente tienen o tuvieron por dios, y a todos estos hombres, después de su muerte, los honraron como a dioses antes de la guerra de Troya.


CAPÍTULO XVI

De Diómedes, a quien después de la destrucción de Troya pusieron en el número de los dioses, cuyos compañeros dicen que se convirtieron en aves

La ruina de Troya, celebrada y cantada por todo el orbe, tanto que hasta los niños la sabían, por su grandeza y por la excelencia del ingenioso lenguaje de los escritores, se extendió y divulgó. Sucedió, reinando ya Latino hijo de Fauno, de quien tomó nombre el reino de los latinos, cesando ya de llamarse de los laurentes.
Los griegos, victoriosos, dejando asolada a Troya y regresando a sus casas, padecieron un fuerte descalabro en el camino, siendo rotos y deshechos con diversas y fatales pérdidas y desastres, y, sin embargo, aun con algunos de ellos acrecentaban el número de sus dioses, pues instituyeron por dios a Diómedes y por disposición y castigo del cielo, dicen, que no volvió a su tierra; afirmando también que sus compañeros se convirtieron en, aves y testificando este suceso, no con ficción fabulosa o poética, sino con autoridad histórica; a los cuales compañeros, siendo ya dios, según creyeron los ilusos, no les pudo restituir la forma humana, o a lo menos, como recién entrado en el cielo, no pudo conseguir esta gracia de su rey Júpiter.
Además, aseguran haber un templo suyo en la isla Diomedea, no muy distante del monte Gargano, situado en Apulia, y que estas aves andan volando alrededor de este templo, y que asisten allí continuamente, ocupándose en un ministerio tan santo y admirable como es tomar aguas en los picos y rociarle; y si acontece llegar allí algunos griegos, o descendientes de griegos, no sólo están, quietas, sino que los halagan y acarician; pero si acaso llegan otros de otra nación, acometen a sus cabezas y los hieren tan gravemente que a veces los matan; porque aseguran que con sus fuertes y grandes picos están suficientemente armadas para poder realizar esta empresa.


CAPÍTULO XVII

Lo que creyó Varrón de las increíbles transfiguraciones de los hombres

En confirmación de esto, refiere Varrón otras particularidades no menos increíbles de aquella famosísima maga, llamada Circe, que convirtió los compañeros de Ulises en bestias; y asimismo de los arcades, que, llevados por suerte, atravesaban a nado un estanque donde se transformaban en lobos y con otras fieras semejantes pasaban su vida por los desiertos de aquella región; pero si acontecía que no comiesen carne humana, otra vez al cabo de nueve años, volviendo a pasar a nado el mismo estanque, recobraban su primera forma de hombres.
Finalmente, refiere asimismo en particular de cierto hombre llamado Demeneto, que habiendo comido del sacrificio que los arcades solían hacer a su dios Lico, inmolándole un niño, se convirtió en lobo, y que pasados diez años, vuelto a su propia figura, se había ejercitado en el arte de la lucha, saliendo victorioso en los juegos olímpicos.
No por otra causa piensa el historiador que en Arcadia llamaron Liceo a Pan y a Júpiter, sino por la transformación de hombres en lobos, la cual entendían que no podía hacerse sino con virtud divina; porque lobo en griego se dice lycos, de donde Parece haberse derivado el nombre de Liceo.
También dice que los lupercos romanos nacieron de la semilla de estos misterios.

CAPÍTULO XVIII

Qué es lo que debe creerse de las transformaciones que, por arte o ilusión de los demonios, parece a los hombres que realmente se hacen

Pero acaso los que leyesen esto gustarán saber lo que decimos y sentimos acerca de un embeleso y engaño tan grande de los demonios, y lo que deben hacer los cristianos cuando oyen que los ídolos de los gentiles hacen milagros. Lo que diremos es que debe huirse de en medio de Babilonia. Este precepto profético debe entenderse espiritualmente, de forma que de la ciudad de este sitio, que, sin duda, es una sociedad  e ángeles malos y hombres impíos, nos apartemos, siguiendo la verdadera fe, que obra por amor, con sólo aprovechar, espiritualmente en Dios vivo.
Cuanto mayor viésemos que es la potestad de los demonios en estas cosas terrenas, tanto más firmemente debemos estar asidos del Medianero, porque subimos de estas cosas bajas y despreciables a las sumas y necesarias. Pues si dijésemos que no debe darse crédito a semejantes sutilezas, no falta ahora quien diga que sucesos como éstos, o los ha oído por muy ciertos, o los ha visto por experiencia, pues aun nosotros, estando en Italia, hemos oído algunas cosas como éstas de una provincia de aquellas regiones, donde decían que las mesoneras, instruidas en tales artes malas, solían dar en el queso a los viajeros que querían o podían cierta virtud con que inmediatamente se convertían en asnos, en que conducían lo que necesitaban, y, concluida su comisión, volvían en sí y a su antigua figura, y que no por eso su alma se transformaba en bestias, sino que se les conservaba la razón y humano discurso; así como Apuleyo, en los libros que escribió del Asno de oro, enseñó, o fingió haber sucedido a si mismo, que, tomando el brebaje o porción destinada a este efecto, quedando en su estado la razón del hombre, se convirtió en asno estas transformaciones, o son falsas, o tan inusitadas, que, con razón no merecen crédito.
Sin embargo, debemos creer firmemente que Dios Todopoderoso puede hacer todo cuanto quiere, ya sea castigando, ya sea premiando, y que los demonios no pueden obrar maravilla alguna, atendida solamente su potencia natural (porque ellos son asimismo en la naturaleza ángeles, aunque por su propia culpa malignos y reprobados), sino lo que el Señor les permitiere, cuyos juicios eternos muchos son ocultos, pero ninguno injusto.
Aunque los demonios no crían ni pueden criar naturaleza alguna cuando hacen algún portento, como los que ahora tratamos, sino que sólo en cuanto a la apariencia mudan y convierten lo que ha criado el verdadero Dios, de manera que nos parezca lo que no es.
Así que por ningún pretexto creerá que los demonios puedan convertir realmente con ningún arte ni potestad, no sólo el alma, pero ni aun el cuerpo humano en miembros o formas de bestias, sino que la fantasía humana, que varía también, imaginando o soñando innumerables diferencias de objetos y, aunque no es cuerpo, con admirable presteza imagina formas semejantes a los cuerpos, estando adormecidos u oprimidos los sentidos corpóreos del hombre puede hacerse que llegue por un modo inefable y que se represente en figura corpórea el sentido de los otros, estando los cuerpos de los hombres, aunque vivos, predispuestos mucho más gravemente y con más eficacia que si tuvieran los sentidos cargados y oprimidos de sueño.
Y que aquella representación fantástica, como si fuera corpórea, se aparezca y represente en figura de algún animal a los sentidos de los otros, y que a sí propio le parezca al hombre que es tal como le pudiera suceder y parecer en suelos, y que le parezca que trae a cuestas algunas cargas, cuyas cargas, si son verdaderos cuerpos, los traen los demonios para engañar a los hombres, viendo por una parte los verdaderos cuerpos de las cargas, y por otra los falsos cuerpos de los jumentos.
Porque cierto hombre, llamado Prestancio, contaba que le había sucedido a su padre, que, tomando en su casa aquel hechizo o veneno en el queso, se tendió en su cama como adormecido al cual, sin embargo, de ningún modo pudieron despertar, y decía que al cabo de algunos días volvió en sí como quien despierta, y refirió como sueño lo que había padecido, es a saber: que se había vuelto caballo y que habla acarreado y conducido a los soldados, en compañía de otras bestias y jumentos, su vianda, que en latín se dice retica, porque se lleva en las redes, o mochilas; todo lo cual se supo que había sucedido así como lo contó, y a él, sin embargo, le parecía haber soñado.
También refirió otro que estando en su casa, de noche, antes de dormirse, vio venir hacia él un filósofo muy amigo suyo, quien le declaró algunos secretos y doctrinas de Platón, las cuales, pidiéndoselo antes, no se las había querido declarar. Y preguntándole al mismo filósofo por qué había hecho en casa del otro lo que, rogándoselo, no había querido hacer en la suya propia, «no lo hice yo, dice, sino que soñé haberlo hecho.» Así se presentó al que velaba por imagen fantástica lo que el otro soñó. Estas simplezas llegaron a mi noticia, contándolas, no alguno a quien creyera indigno de darle crédito, sino personas que imagino no mentirían.
Y por eso, lo que dicen y escriben de que en Arcadia los dioses, o por mejor decir, los demonios, suelen convertir a los hombres en lobos, y que con sus encantamientos transformó Circe a los compañeros de Ulises del modo que va he dicho, me parece que pudo ser, si es que así fue, y que las aves de Diómedes, supuesto que dicen que todavía dura su generación sucesivamente, no fueron convertidas de hombres en aves, sino que presumo las pusieron en lugar de aquella gente que se perdió o murió, como pusieron allá a la cierva en lugar de Ifigenia, hija del rey Agamenón; pues para los demonios no son dificultosos semejantes engaños cuando Dios se los permite Come hallaron después viva aquélla doncella, fue fácil de entender
que en su lugar pusieron la cierva; pero los compañeros de Diómedes, porque de repente desaparecieron, y después jamás
los vieron, pereciendo, por sus culpas, a manos de los ángeles malos, creyeron los crédulos que fueron transformados en aquellas aves, que ellos trajeron allí de otras partes donde las había y de improviso las pusieron en lugar de los muertos.
Y acerca de lo que dicen que en los picos traen agua, rocían y purificar el templo de Diómedes, que acariciar a los griegos y persiguen a las otras naciones, no es maravilla que sucedió así por instinto de los demonios, pues a ellos toca el persuadir que Diómedes fue hecho dios para engañar a los hombres, a fin de que adoren muchos dioses falsos en perjuicio del verdadero Dios, y sirvan con templos, altares, sacrificios y sacerdotes (todo lo cual cuando es correspondiente y bueno, ni se debe sino a un solo Dios vivo y verdadero), hombres muertos, que ni cuando vivieron, vivieron verdaderamente.

CAPÍTULO XIX

Que Eneas vino a Italia en tiempo que Labdón era juez entre los hebreos

Por este tiempo, después de entrada a sangre y fuego y arruinada Troya, vino Eneas con una armada de veinte naves, en las que se habían embarcado las reliquias de los troyanos, a Italia, reinando allí Latino; en Atenas, Menestheo; en Sicionia, Polífices; en Asiria, Tautanes, y siendo juez entre los hebreos Labdón.
Muerto Latino, reinó Eneas tres años, reinando los referidos reyes en los mismos pueblos, a excepción de Sicionia, donde a la sazón reinaba ya Pelasgo, y entre los hebreos era juez Sansón, del que como fue tan fuerte y valeroso, se creyó haber sido Hércules. Como Eneas no pareció cuando murió, le hicieron su dios los latinos.
Los sabinos, a su primer rey, Sango, o como otros le llaman, Santo, le pusieron asimismo en el catálogo do los dioses.
Por el mismo tiempo, Codro, rey de Atenas, se ofreció de incógnito a los peloponesos, enemigos de sus vasallos, para que le matasen, y así sucedió; y de este modo blasonan que libertó a su patria; porque los peloponesos supieron por un oráculo que saldrían victoriosos si lograban no matar al rey de contrarios; pero éste los engañó, vistiéndose un traje común y provocándolos a que le matasen, trabando con ellos una pendencia. De aquí la frase de Virgilio «las pendencias de Codro». También a éste le honraron los atenienses con sacrificios como a dios.
Siendo rey cuarto de los latinos Silvio, hijo de Eneas (no tenido de Creusa, cuyo hijo fue Ascanio, el tercero que allí reinó, sino de Lavinia, hija de Latino, quien dicen haber nacido después de muerto su padre Eneas), y reinando en Asiria Oneo el XXIX, en Atenas Melanto el XVI, y siendo juez entre los hebreos el sacerdote Helí, se acabó el reino de los sicionios, el cual aseguran que duró novecientos cincuenta y nueve años.

CAPÍTULO XX

De la sucesión del reino de los israelitas después de los jueces

Después, reinando los mismos en los insinuados pueblos, concluido el gobierno republicano de los jueces, principió el reino de los israelitas en Saúl, en cuyo tiempo floreció el profeta Samuel, desde el cual comenzó a haber entre los latinos los reyes que llamaban silvios, por el hijo de Eneas, que se llamó Silvio.
Los demás que procedieron de él, aunque tuvieron sus nombres peculiares, sin embargo, no dejaron este sobrenombre, así como mucho después vinieron a llamarse césares los que sucedieron a Julio César Augusto.
Habiendo, pues, reprobado Dios a Saúl para que no reinase ningún descendiente suyo muerto el sucedió en el reino David, cuarenta años después que empezó a reinar el impío Saúl. Entonces los atenienses, después de la muerte de Codro, dejaron de tener reyes y comenzaron a tener magistrados para gobernar la república
Después de David, que reinó también cuarenta años, su hijo Salomón fue rey de los israelitas, el cual edificó el suntuoso y famoso templo de Jerusalén; en cuyo tiempo entre los latinos se fundó la ciudad de Alba, de la cual en lo sucesivo comenzaron a llamarse los reyes, no de los latinos, sino de los albanos, aunque era en el mismo Lacio.
A Salomón sucedió su hijo Roboán, en cuyo tiempo el pueblo de Dios se dividió en dos parcialidades, y cada una de ellas comenzó a tener sus respectivos reyes.


CAPÍTULO XXI

Cómo entre los reyes del Lacio, el primero, Eneas, y el duodécimo Aventino, fueron tenidos por dioses

En el Lacio, después de Eneas, a quien hicieron dios, hubo once reyes, sin que a ninguno de ellos constituyesen por dios; pero Aventino, que es el duodécimo, habiendo muerto en la guerra y sepultándole en aquel monte que hasta la actualidad se llama Aventino, de su nombre, fue añadido al número de los dioses, que ellos asimismo se formaban, aunque hubo otros que no quisieron escribir que le mataron en la guerra, sino dijeron que no pareció,  y que tampoco el monte se llamó así de su nombre, sino por la venida de las aves, le pusieron Aventino.
Después de éste no lucieron dios alguno en el Lacio, Sino a Rómulo, fundador de Roma, y entre éste y aquél se hallan dos reyes, el primero de los cuales, por nombrarle con las mismas palabras de Virgilio, diremos: «Es Procas el valiente, gloria y honor de la gente troyana.» En cuyo tiempo, porque ya, en algún modo se iba disponiendo el principio y origen de la ciudad de Roma, aquel reino de los asirios, que en grandeza excedía a todos, acabó al fin, habiendo durado tanto. Porque se trasladó a los medos casi después de mil trescientos cinco años, contando también el tiempo de Belo, padre de Nino, que fue el primero que reinó allí, contentándose con un pequeño reino.
Procas reinó antes de Amulio, y éste hizo incluir entre las religiosas vírgenes vestales a una hija de su hermano Numitor, llamada Rea, que se decía también Ilia, la cual vino a ser madre de Rómulo. Suponen que concibió de Marte dos hijos gemelos, honrando y excusando de este modo su estupro, y apoyándolo con que a los muchachos o niños expuestos los crió una loba. Porque este género de animales sostienen que pertenece a Marte, para que efectivamente se área que les dio los pechos a los niños porque conoció que eran hijos de Marte, su señor; aunque no falta quien diga que estando los niños expuestos a la fortuna, llorando amargamente, los recogió al principio cierta ramera, que fue la primera que les dio de mamar. Entonces a las rameras llamaban lupas o, lobas, y así los lugares torpes donde ellas habitaban se llaman aun ahora lupanares. Consta en la historia que estos tiernos infantes vinieron después a poder del pastor Faústulo, cuya esposa, Acca, los crió. Aunque ¿qué maravilla es que para confusión y corrección de un rey de la tierra, que inhumanamente los mandó echar al agua, quisiera Dios librar milagrosamente a aquellos niños, por quienes había de ser fundada una ciudad tan grande, y socorrerlos por medio de una fiera que les diese de mamar? A Amulio sucedió en el reino del Lacio su hermano Numitor, abuelo de Rómulo, y en el ano primero, del reinado de Numitor se fundó la ciudad de Roma, por lo cual en lo sucesivo reinó Numitor juntamente con su nieto Rómulo.

CAPÍTULO XXII

Cómo Roma fue fundada en el tiempo que feneció el reino de los asirios, reinando Ecequías en Judea

Por no detenerme demasiado, diré que se fundó la ciudad de Roma como otra segunda Babilonia, y como una hija de la primera Babilonia, por medio de la cual fue Dios servido conquistar todo el ámbito de la tierra, y ponerle en paz, reduciéndole todo bajo el gobierno de una sola república y bajo unas mismas leyes. Estaban ya entonces los pueblos poderosos y fuertes, y las naciones acostumbradas al ejercicio de las armas, de forma que no se rindieran fácilmente, y era necesario vencerlos con gravísimos peligros, destrucciones y asolaciones de una y otra parte, y con horrendos trabajos.
Cuando el reino de los asirios sujetó a casi toda el Asia, aunque se hizo con las armas, no pudo ser con guerras tan ásperas y dificultosas, porque todavía eran rudas y bisoñas las gentes para defenderse, y no tan numerosas y fuertes. Porque desde el grande y universal Diluvio, cuando en el Arca de Noé se salvaron sólo ocho personas, no habían pasado más de mil años cuando Nino sujeto a toda el Asia, a excepción de la India; pero Roma, a tantas naciones como vemos sujetas al Imperio romano, así del Oriente como del Occidente, no las domó con aquella misma presteza y facilidad, porque por cualquiera parte que se iba dilatando y creciendo, poco a poco las halló robustas y belicosas.
Al tiempo, pues, que se fundó Roma, hacía setecientos dieciocho años que el pueblo de Israel estaba en la tierra de Promisión; de los cuales, veintisiete pertenecen a Josué, y de allí adelante los trescientos veintinueve al tiempo de los jueces. Y desde que principió a haber allí reyes, han transcurrido trescientos sesenta y dos años, reinando entonces en Judá Achaz, o, según la cuenta de otros, Ezequías, que sucedió a Achaz; del cual consta que, siendo un príncipe lleno de bondad y religión, reinó en los tiempos de Rómulo. Y en la otra parte del pueblo hebreo, que se llamaba Israel, había empezado a reinar Oseas.

CAPÍTULO  XXIII

De la sibila Erithrea, la cual, entre las otras sibilas, se sabe que profetizó cosas claras y evidentes de Jesucristo

Por este tiempo dicen algunos que profetizó la sibila Erithrea. De las Sibilas, escribe Varrón que fueron muchas y una sola. Esta Erithrea escribió, efectivamente, algunas profecías bien claras sobre Jesucristo, las cuales también nosotros las tenemos en el idioma latino en versos mal latinizados; pero no consta si todos ellos son suyos, como después llegué a entender. Porque Flaviano, varón esclarecido, que fue también procónsul, persona muy elegante y de una dilatada instrucción en las ciencias, hablando un día conmigo de Cristo, sacó un libro diciendo que eran los versos de la sibila Erithrea, mostrándome un lugar donde en los principios de los versos habla cieno orden de letras dispuestas en tal conformidad, que decían así: Jesus Christos Ceu Yos Soter, que quiere decir en el idioma latino: Jesus-Christus, Dei Filius Salvator; Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador del mundo.
Estos versos, cuyas primeras letras hacen el sentido que he explicado, del mismo modo que los interpretó un sabio en versos latinos, que existen, contienen lo que sigue: «Sudará la tierra, será señal del juicio. Del Cielo bajará el Rey Sempiterno, vestido como esta de carne, a juzgar a todos los hombres; en cuyo acto verán los fieles y los infieles a Dios al fin del Siglo sentado en un elevado trono, y acompañado de los santos. Delante de cuya presencia se presentarán las almas con sus propios cuerpos para ser juzgadas; estará el orbe inculto con espesos matorrales, desecharán los hombres los simulacros, y todas las riquezas y tesoros escondidos. Abrasará la tierra el fuego, y discurriendo por el cielo y por el mar, quebrantará las puertas del tenebroso infierno. Entonces todos los cuerpos de los santos, puestos en libertad, gozarán de la luz; y a los malos y pecadores los abrasará la llama eterna. Todos descubriendo los secretos de sus conciencias, confesarán sus culpas, y Dios pondrá patente lo más escondido del corazón. Habrá llantos, estridor y crujido de dientes. Se oscurecerá el sol, y las estrellas perderán su alegría. Se deshará el cielo, la luna perderá su resplandor. Abatirá los collados, y alzará los valles; no habrá en las cosas humanas cosa alta ni encumbrada. Se igualarán los montes con los campos, el mar no podrá se surcado ni navegado; la tierra se abrasará con rayos, las fuentes y los ríos se secarán con la violencia del fuego. Entonces sonará desde el cielo la trompeta con eco lamentable y triste, llorando la culpa del mundo, sus dolores y trabajos; y abriéndose la tierra, descubrirá el profundo caos del abismo infernal Los reyes comparecerán ante el Tribunal del Señor. Lloverá el Cielo fuego, mezclado con arroyos de azufre.» En estos versos latinos, traducidos imperfectamente del griego, no se pudo encontrar el sentido que se encuentra cuando vienen a unirse las letras con que principian los versos, donde en el griego se pone la letra ypsilón, por no haberse podido hallar palabras latinas que comenzasen con esta letra y fuesen a propósito para el sentido. Estos son tres versos, el 5, el 18 y el 19. En efecto, si uniésemos todas las letras que se hallan en el principio de todos los versos, sin que leamos las tres que hemos dicho, sino que en su lugar nos acordemos de la ypsilón; como si estuviera puesta en aquellos versos, se hallará en cinco palabras Jesus-Christus, Dei Filius Salvator, Jesucristo Hijo de Dios, Salvador del mundo; pero diciéndolo en el idioma griego, no en el latino. Siendo, como son, veintisiete los versos, este número forma un ternario cuadrado integro, porque multiplicados tres por tres hacen nueve, y si multiplicásemos las nueve partes, para que de lo ancho se levante la figura en alto, serán veintisiete. Y si de estas cinco palabras griegas, que son Jesus-Christos Ceu Yos Soter, que en castellano quiere decir: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador del mundo, juntásemos las primeras letras, dirán ixtios, esto es, pez; en cuyo nombre se entiende místicamente Cristo, porque en el abismó de la mortalidad humana, como en un caos profundo de aguas, pudo vivir, esto es, sin pecado.
Esta sibila, ya sea la Erithrea, o, como algunos opinan, la Cumana, no sólo no tiene en todo su poema, cuya mínima parte es ésta, expresión alguna que pertenezca al culto de los dioses falsos, sino que de tal manera raciocina contra ellos y contra los que los adoran, que parece que nos obliga a que la pongamos en el número de los que tocan a la Ciudad de Dios.
Lactancio Firmiano, en sus obras,  pone igualmente algunas profecías de la sibila que hablan de Cristo, aunque no declara su nombre; pero lo que él puso por partes, a mi me pareció ponerlo todo junto, como si fuera una profecía larga, la que él refirió como muchas, concisas y compendiosas. Dice: «El vendrá a manos inicuas e infieles. Darán a Dios bofetadas con manos sacrílegas, y de sus inmundas bocas le arrojarán venenosas salivas. Ofrecerá el Señor sus santas espaldas para ser azotadas. Y siendo abofeteado, callará, porque acaso ninguno sepa quién es, ni de dónde vino a hablar a los mortales, y le coronarán con corona de espinas. Le darán a comer hiel, y a beber vinagre, y mostrarán con estos manjares su bárbara inhumanidad. Porque tú, pueblo ciego y necio, no conociste a tu Dios, disfrazado a los ojos de los mortales; antes le coronaste de espinas, y le diste a beber amarga hiel. Él velo del templo se rasgará, y al mediodía habrá una tenebrosa noche, que durará tres horas. Y morirá con muerte, echándose a dormir por tres días, y después, volviendo de los infiernos, resucitará, siendo el primero que mostrará a los escogidos el principio de la resurrección.»
Estos testimonios de las sibilas alegó Lactancio en varios fragmentos y retazos, colocándolos a trechos en el discurso de su disputa, según que le pareció que lo exigía el asunto que intentaba probar, los cuales, sin interponer ni mezclar otra materia, los hemos puesto a continuación en una lista, procurando solamente distinguirlos Con sus principios, por si los que después los escribieran gustaren hacer lo mismo. Algunos escribieron que la sibila Erithrea no floreció en tiempo de Rómulo, sino en el que acaeció la guerra y destrucción de Troya.

CAPÍTULO XXIV

Cómo reinando Rómulo florecieron los siete sabios. Al mismo tiempo las diez tribus de Israel fueron llevadas en cautiverio por los caldeos. Muerto Rómulo, le honraron como a dios

Reinando Rómulo, escriben que vivió Thales Milesio, uno de los siete sabios, que después de los teólogos poetas (entre quienes el más famoso e ilustre fue Orfeo) se llamaron sofos, que en latín significa sapientes (sabios). En este mismo tiempo las diez tribus que en la división del pueblo se llamaron Israel fueron sojuzgadas por los caldeos y conducidas en cautiverio a aquel país quedándose en la provincia de Judea las dos tribus que se llamaban de Judá y tenían su corte y capital del reino en Jerusalén.
Muerto Rómulo, como tampoco Pareciese vivo ni muerto por parte alguna, los romanos, como saben todos, le inscribieron en el número de los dioses, lo cual había ya cesado en tanto grado (y después tampoco, en los tiempos de los césares, se hizo por yerro de cuenta, como dicen, sino por adulación y lisonja) que Cicerón atribuye a una particular gloria de Rómulo haber merecido este honor, no en tiempos oscuros e ignorantes, cuando fácilmente se dejaban engañar los hombres, sino en tiempos de mucha policía y erudición, aunque por entonces aun no había brotado, ni se había divulgado la sutil y aguda locuacidad de los filósofos.
Aunque en la época inmediata no hicieron a los hombres, después de muertos, dioses, sin embargo, no dejaron de adorar y tener por dioses a los que los antiguos habían hecho; y con simulacros y estatuas, que no tuvieron los antiguos, acrecentaron este vana e impía superstición, poniéndoles tal cosa en su corazón los malignos espíritus, engañándolos también con los embustes y patrañas de sus falsos oráculos; de forma que las supuestas culpas de los dioses, que ya como en siglo más político, ilustrado y cortesano, no se atrevían a fingir, en los juegos públicos las representaban con demasiada torpeza en reverencia de los mismos falsos dioses.
Después de Rómulo reinó Numa, quien con haber querido reforzar y guarnecer aquella ciudad suntuosa con un excesivo número de dioses, sin duda falsos, no mereció, después de muerto, que le colocasen entre aquella turba, como si hubiese llenado el cielo con tanta multitud de dioses, que no pudo hallar allí lugar para sí; Reinando éste en Roma, y empezando a reinar entre los hebreos Manases, rey impío y malo, quien aseguran que mandó quitar la vida al santo profeta Isaías, escriben también que floreció la sibila Samia.

CAPÍTULO XXV

Qué filósofos florecieron reinando en Roma Tarquino Prisco, y entre los hebreos Sedecías, cuando fue tomada Jerusalén y arruinado el templo

Reinando entre los hebreos Sedecías, y en Roma Tarquino Prisco, que sucedió a Anco Marcio, fue llevado en cautiverio a Babilonia el pueblo judaico, asolada Jerusalén y destruido el famoso templo edificado por Salomón. Porque amonestándolos y reprendiéndolos los profetas por sus abominables pecados y maldades, les anunciaron habían de sobrevenirles estas desdichas, especialmente Jeremías, que les señaló puntualmente hasta el número de los años que habían de vivir en dura servidumbre.
Por aquel tiempo dicen que floreció Pitaco Mitileno, uno de los siete sabios; y los otros cinco restantes (a los cuales, por hacerlos siete, les añaden a Thales, de quien arriba hicimos mención, y a Pitaco), escribe Eusebio que florecieron en tiempo que estuvo cautivo el pueblo de Dios en Babilonia; los cuales son: Solón, ateniense; Quilón, lacedemonio; Periandro, corintio; Cleobulo, lidio; Bías, prieneo. Todos estos, que llamaron los siete sabios, fueron esclarecidos y famosos, después de los poetas teólogos, porque se aventajaron a los demás hombres en cierto modo y género de vivir virtuosa y loablemente; porque compendiaron algunos preceptos tocantes a las costumbres, bajo la forma de adagios o sentencias breves, aunque no dejaron, en cuanto a la literatura, escrita obra alguna, a excepción de lo que dicen, que Solón dejó escritas algunas leyes a los atenienses; pero Thales, que fue físico, dejó varios libros de sus dogmas.
En el mismo tiempo de la cautividad judaica florecieron Anaximandro, Anaxímenes y Xenófanes, físicos, y también Pitágoras, desde quien principiaron a llamarse filósofos.

CAPITULO XXVI

Cómo al mismo tiempo en que, cumplidos setenta años, se acabó el cautiverio de los judíos, los romanos también salieron del dominio de sus  reyes

Por este mismo tiempo, Ciro rey de los persas, que lo era también de los caldeos y asirios, mitigándose algún tanto el cautiverio de los judíos, hizo que cincuenta mil de ellos volviesen a Jerusalén con el encargo de restaurar el templo; los cuales comenzaron solamente a poner los primeros fundamentos y edificaron el altar; porque inquietados y molestados por los enemigos, no pudieron continuar su obra, y la suspendieron hasta el reinado de Darío.
Por este mismo tiempo también sucedió lo que se refiere en el libro de Judit, el cual dicen que los judíos no lo admiten entre las Escrituras canónicas.
Así, pues, en tiempo de Darío, rey de los persas, cumplidos los setenta años que había anunciado el profeta Jeremías, se concedió libertad a los judíos, eximiéndolos de su cautiverio. Reinaba entonces Tarquino, séptimo rey de los romanos, quienes, desterrando a éste, comenzaron a vivir libres del dominio de sus reyes; y hasta este tiempo hubo profetas en el pueblo de Israel, los cuales, aunque han sido muchos, con todo, así entre los judíos como entre nosotros, se hallan pocas escrituras canónicas suyas; de ellos prometí insertar algunas en este libro cuando estaba para concluir el anterior, y ya me parece estoy en estado de cumplir mi oferta.

CAPITULO XXVII

De los tiempos de los profetas, cuyos vaticinios tenemos por escrito, quienes dijeron muchas cosas sobre la vocación de los gentiles al tiempo que comenzó el reino de los romanos y feneció el de los asirios

Para que podamos notar sin equivocación los tiempos, retrocederemos algún tanto. Al principio del libro del profeta Oseas, que es el primero de los doce profetas, se lee lo siguiente: «Lo que dijo el Señor a Oseas en tiempo de Ozías, Joathán, Achaz y Ezequías, reyes de Judá.» Amós también escribe que profetizó en tiempo del rey Ozías, y añade igualmente a Jeroboán, rey de Israel, que floreció en la misma época.
Asimismo, Isaías, hijo de Amós, ya sea este Amós el profeta que hemos indicado o, lo que es más aceptado, Otro que, no siendo profeta, se llama ha con el mismo nombre, en el exordio de su libro pone los mismos cuatro reyes que designó Oseas, en cuyo tiempo dice que profetizó.
Las profecías de Miqueas se hicieron también en estos mismos tiempos, después de los días de Ozías, pues nombra a los tres reyes que siguen, los que nombró igualmente Oseas: a Joathán, Achaz y Ezequías.
Estos son los qué, según resulta de sus escritos, profetizaron a un mismo tiempo. A éstos se añade Joás, reinando el mismo Ozías, y Joel, reinando ya, Joathán, que sucedió a Ozías. Los tiempos en que florecieron estos dos profetas los hallamos en las Crónicas y no en sus libros, porque ellos no hicieron mención de la época en que vivieron. Extiéndense estos tiempos desde Proca, rey de los latinos, o desde su antecesor Aventino, hasta Rómulo, rey ya de los romanos, o también hasta los principios del reinado de su sucesor Numa Pompilio, pues hasta este tiempo reinó Esequias; rey de Judá.
En este era nacieron, pues, éstos, que fueron como unas fuentes proféticas cuando feneció el reino, de los asirios y principió el de los romanos, para que, así como al principio del reino de los asirios fue a Abraham a quien con toda expresión y claridad se le hicieron las promesas de que en su descendencia habían de ser benditas todas las naciones, así también se cumpliesen al principio de la Babilonia occidental, en cuyo tiempo, y reinando ella, había de venir al mundo Jesucristo, realizándose las promesas de los profetas, los cuales, en testimonio y fe de un portento tan grande que había de suceder no sólo lo dijeron, sino también lo dejaron escrito.
Aunque en casi todas las épocas hube profetas en. el pueblo de Israel, desde que empezó a tener reyes que lo gobernasen, sólo fueron para utilidad, de aquel, pueblo, y no de las otras naciones; pero comenzó esta escritura profética a formarse con mayor claridad, para aprovechar en algún tiempo a las gentes, cuando se fundaba esta ciudad de Roma, que había de ser en lo sucesivo señora de las naciones.

CAPITULO XXVIII

Qué es lo que Oseas y Amós profetizaron muy conforme acerca del Evangelio de Cristo

El profeta Oseas, cuanto es más profundo y misterioso en lo que dice, con tinta más dificultad se deja penetrar y entender; con todo, tomaremos algunas expresiones suyas y las insertaremos aquí en cumplimiento de nuestra promesa: «Y sucederá - dice- que en el mismo lugar donde se les dijo primeramente: Vosotros no sois mi pueblo, allí son llamados hijos de Dios vivo.» Este testimonio de Oseas lo entendieron igualmente los apóstoles de la vocación del pueblo gentílico, que antes no pertenecía a Dios. Y porque este pueblo gentílico se contiene espiritualmente en los hijos de Abraham, por lo que con mucha propiedad se llama Israel, prosigue, y dice: «Se congregarán los hijos de Judá y los hijos de Israel en un solo pueblo, harán que sobre los unos y los otros reine un solo príncipe, y subirán de la tierra.» Si por lo ocurrido hasta la actualidad intentáramos exponer este pasaje, se tergiversaría el genuino sentido de la expresión profética. Sin embargo, acudamos a la piedra angular y a aquellas dos paredes, la una de judíos y la otra de gentiles, la una con nombre de los hijos de Judá y la otra con nombre de los hijos de Israel, sujetos juntamente unos y otros bajo un mismo principado, y miremos cómo suben de la tierra.
Que estos israelitas carnales, que al presente están pertinaces y obstinados y no quieren creer en Jesucristo, han de venir después a creer en él, es decir, sus hijos y descendientes (porque éstos seguramente han de venir a suceder en lugar de los muertos), lo afirma el mismo profeta diciendo: «Muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, sin príncipe, sin sacrificios, sin altar, sin sacerdocio y sin manifestaciones.» Y ¿quién no advierte que así están hoy día los judíos?